Leyha Eysmar.
El hombre del helicóptero apuntó. El general me cubrió con su cuerpo. Yo cerré los ojos y pensé, con una claridad pasmosa, que si iba a morir en medio de un lago, abrazada a un general, con un criminal atado a mis pies y una olla de cobre clavada en las costillas, al menos tendría una anécdota excelente para el cielo.
El disparo retumbó sobre el agua.
Esperé el dolor. No llegó. En su lugar sonó un *¡CLANG!* metálico y potente, seguido de un chorro de espuma blanca que subió por los aires como una fuente de feria.
Abrí un ojo. La bala había dado en el barril de al lado, que no era de lentejas, como yo creía, sino de crema de afeitar industrial del almacén, y que ahora escupía una montaña de espuma perfumada con olor a mentol. La espuma cubrió la cubierta, la proa, el motor, a Ricardo y a nosotros, hasta que parecíamos cinco pastelitos de nata navegando a la deriva.
—¡NO VEO NADA! —gritó el hombre del helicóptero, y soltó el revólver, que cayó al lago con un plop discreto.
—¿Por qué? —preguntó el piloto, desde la cabina.
—¡ME HA ENTRADO ESPUMA EN LOS OJOS!
—¡ESTAMOS A VEINTE METROS!
—¡ES UN VIENTO MUY TRAICIONERO!
El helicóptero se tambaleó. La escalera de cuerda se balanceó sobre nuestras cabezas como un péndulo borracho. Y entonces, con una agilidad que jamás habría sospechado en un hombre de su clase, Ricardo se retorció, zafó un brazo de la soga, estiró la mano hacia el último peldaño y, con una sonrisa de oreja a oreja que asomaba entre la espuma, gritó:
—¡Adiós, queridos! ¡Ha sido un placer hacer negocios!
—¡NO! —rugió el general, abalanzándose sobre él.
Fue inútil. Ricardo, resbaladizo como una anguila enjabonada, se escurrió entre sus manos, se aferró a la escalera y empezó a elevarse hacia el cielo, con la soga colgándole de la cintura como una cola ridícula, la camisa llena de espuma y los calcetines (sin zapatos) agitándose al viento.
—¡ME LAS PAGARÁS, RICARDO! —aullé, con el puño en alto.
—¡Cuando quieras, preciosa! —respondió, desde las alturas—. ¡Hay un cheque en el correo!
—¡NO ME FÍO!
—¡Haces bien!
El helicóptero ganó altura, giró hacia el norte y se perdió tras las copas de los pinos con un zumbido burlón, dejándonos solos en medio del lago, sin gasolina, sin brújula, sin mapa y sin criminal.
Nos quedamos callados un largo rato, flotando entre la espuma, con el sol cayéndonos sobre las cabezas.
—Se escapó —dije al fin.
—Sí.
—Otra vez.
—Sí.
—Y ni siquiera nos quedó la olla.
—La olla sí.
—¿Dónde está?
—Debajo de tu codo.
Miré. Efectivamente, la olla de cobre, aplastada como una tortilla, asomaba bajo mi brazo, con la tapa abollada y un cable colgando.
—El transmisor —murmuré.
—Roto.
—¿Del todo?
—Del todo.
—Entonces, ¿ya no podemos rastrearlo?
—No.
—Perdimos.
—Perdimos.
Me dejé caer de espaldas sobre la espuma, mirando el cielo azul, con la cara cubierta de nata de mentol, y sentí que algo se desinflaba dentro de mí. No era solo la rabia, ni el cansancio. Era algo más profundo, una especie de vacío extraño, una tristeza que no sabía nombrar.
—Samuel —dije, bajito.
—¿Sí?
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Por todo. Por haberte metido en esto. Por tu jeep, tu puente, tu olla, tu cabo, tu cerdo.
—El cerdo no es mío.
—Por tu tiempo, entonces.
—Eysmar...
—Por haberte hecho perder la compostura delante de todos. Por haber manchado tu reputación. Por...
—Leyha.
—...por no ser capaz de hacer nada bien.
—Leyha, mírame.
Giré la cabeza. Estaba sentado a mi lado, con las rodillas dobladas y la camisa empapada, con espuma en el pelo y una mancha de nata sobre la ceja. Parecía un santo de pastelería. Pero sus ojos eran serios, graves, de un gris profundo y limpio.
—No tienes de qué disculparte —dijo.
—Sí tengo.
—No. —Su voz sonó firme—. Esta mañana, cuando te lancé la orden de saltar, tú saltaste. Sin dudarlo. Sin preguntar. Sin una sola queja.
—Tenía mucho miedo.
—Pero saltaste.
—Porque confío en ti.
Se hizo un silencio. Una libélula se posó en el borde de la lancha, brilló un instante bajo el sol y se alejó volando.
—Yo no merezco esa confianza —murmuró él.
—¿Por qué dices eso?
—Porque yo no sé cómo se hace.
—¿El qué?
—Esto.
—¿Esto qué?
—Confiar en alguien. Querer a alguien. —Apartó la mirada hacia el horizonte—. En treinta y dos años solo he aprendido a mandar, a obedecer y a callar. No sé hacer otra cosa.
—Eso no es cierto.
—Lo es.
—Sabes hacer sopa.
Soltó una risa corta, apenas un resoplido.
—Sopa.
—Y té.
—Té.
—Y manzanas peladas.
—Eso es técnica militar.
—Y sabes sostenerme cuando me caigo.
Se quedó callado. Muy callado. Y entonces, muy despacio, extendió una mano manchada de espuma y me rozó la mejilla con los nudillos.
—Eso —susurró— es lo único que he hecho bien.
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Nos rescató el cabo Pinzón, en una barca de remos que alguien había rescatado del fondo del almacén, con Pipe, el Oso y Brunilda sentados en la proa, remando con aire solemne, como vikingos de opereta. Detrás, nadando con elegancia y resoplando de felicidad, venía Cornelio, el cerdo, que había decidido unirse a la expedición de rescate por iniciativa propia.
—¡Mi general! —gritó Pipe, agitando los brazos—. ¡Lo vimos todo!
—¿Desde dónde?
—Desde el muelle.
—¿Con qué?
—Con unos prismáticos.
—¿Quién los tenía?
—El teniente Ballesteros.
—¿Para mirar pájaros?
—Y helicópteros.
—¿Y por qué no nos ayudaron?
—Es que estábamos ocupados.
—¿En qué?
—En apostar.
—¿Apostar sobre qué?
—Sobre si saltarían al agua.
—¿Y quién ganó?
—Brunilda.
—Qué suerte.