Una estrella en el ejercito.

Capítulo 21: Resaca de amor.

Leyha Eysmar.

Hay una regla que nadie te enseña sobre las noches perfectas: al día siguiente, el mundo te cobra la factura con intereses.

La mía llegó a las siete y diez de la mañana, en forma de un rayo de sol que se coló por la ventana, me dio en un ojo y me despertó con la sensación de que alguien me había apuñalado la retina con un tenedor.

—Ay —gemí.

—Cierra la cortina —murmuró una voz grave a mi lado.

—No alcanzo.

—Pues levántate.

—Levántate tú.

—Soy el general.

—Eso no te impide mover un brazo.

—Me impide mover el que está debajo de tu cabeza.

—¿Cuál?

—El izquierdo.

—¿Está entumecido?

—Está muerto.

—Qué dramático.

—Se llama circulación, Eysmar.

Me incorporé de golpe, con el pelo (corto, pero ya con una ligera pelusa, lo juro) de punta, la manta arrastrándose por el suelo y un dolor de cuello que me llegaba hasta los tobillos. El sofá de cuero, que de noche me había parecido un nido de plumas, resultó ser un instrumento de tortura medieval, con un muelle clavado en un riñón y una costura diabólica a la altura de la cadera.

—Mi espalda —gemí.

—Mi cadera —gruñó él.

—Mi dignidad —suspiré.

—Esa la perdimos ayer.

—¿Dónde?

—En el lago.

—Es verdad.

Nos miramos. Él tenía el pelo revuelto, los ojos hinchados, una marca de costura en la mejilla y una expresión de hombre que acaba de despertar en el cuerpo de otro. Yo, supongo, tenía una pinta peor. Durante un largo segundo, ninguno de los dos dijo nada.

—Buenos días —dije, por fin.

—Buenos días.

—¿Dormiste bien?

—Fatal.

—Yo también.

—Es el sofá.

—Es la edad.

—Eysmar...

—¿Sí?

—Tengo treinta y cuatro años.

—Lo sé. Ya me lo dijiste. Eras viejo cuando te conocí.

—No soy viejo.

—Eres un anciano.

—Soy un hombre en la plenitud de mi carrera.

—Eres un hombre que se queja de su cadera.

—Tengo una lesión de guerra.

—Te la hiciste anoche.

—No es verdad.

—Cuando tiraste la silla.

—Fue un accidente.

—Con ganas.

—¡Con pasión!

—Con torpeza.

—Con... —se detuvo, rojo hasta las orejas—. Eso no se menciona.

—Tú empezaste.

—Yo no empecé nada.

—Dijiste "es la edad".

—Dijiste tú "es la edad".

—No. Dije "es la edad" después de que tú dijeras "es el sofá".

—Yo dije "es el sofá" porque era el sofá.

—Y yo dije "es la edad" porque es la edad.

—¡Mi edad no tiene nada que ver!

—¡Entonces deja de quejarte!

—¡No me quejo!

—¡Te quejas del brazo!

—¡Porque tu cabeza pesa!

—¡¿MI CABEZA?!

—Pesa mucho.

—¡Es una cabeza normal!

—Es una cabeza llena de ideas locas, planes absurdos y canciones desafinadas.

—¡Yo no desafino!

—Anoche cantabas.

—¿Cuándo?

—Mientras... —se aclaró la garganta— ...mientras dormías.

—¿Y qué cantaba?

—Algo sobre un gallo.

—¡Mentira!

—Con muchos agudos.

—¡NO ES CIERTO!

—Y con gestos.

—¡SAMUEL!

—Fue muy emotivo.

Le lancé un cojín. Él lo esquivó con la agilidad de un felino y el cojín fue a estrellarse contra una estantería, derribando una pila de carpetas, un trofeo de tiro y una foto enmarcada de un general anciano con bigote de morsa.

—¡Mi padre! —gritó Samuel, saltando del sofá.

—¿Ese es tu padre?

—¡Era! ¡Está en el suelo!

—¡Perdón!

—¡Es de cristal!

—¡Entonces no se habrá roto!

—¡Se ha roto!

Se arrodilló junto al marco hecho añicos, con los hombros hundidos. Yo me quedé inmóvil, con el corazón en un puño, y por un segundo creí haber destrozado, en cinco segundos, todo lo que habíamos construido durante meses.

Entonces, él levantó el marco, miró la foto, y se echó a reír.

—Qué gran alivio —dijo, entre carcajadas.

—¿Cómo?

—Nunca me gustó este retrato.

—¿En serio?

—Mi padre tenía una cara de pocos amigos horrible.

—Es verdad. Parece un cangrejo con medallas.

—Un cangrejo estreñido.

—¡SAMUEL!

—Perdón.

Reímos. Reímos mucho. Pero cuando las risas se apagaron, algo había cambiado en la habitación. Una especie de cautela. Un silencio incómodo. Como si ambos hubiéramos despertado de un sueño y no supiéramos qué sigue.

—Leyha —dijo él, poniéndose de pie.

—¿Sí?

—Debemos hablar.

—Qué frase tan horrible.

—Es una frase necesaria.

—Nunca han dicho "debemos hablar" para anunciar algo bueno.

—Siempre hay una primera vez.

—No me lo creo.

—Anoche —empezó, con el ceño fruncido— cometimos un error.

El corazón se me paró en seco.

—¿Un error?

—Una infracción.

—¿Una qué?

—De la disciplina militar. Del reglamento. De mis principios.

—Ah.

—Yo soy tu superior.

—Eso ya lo sabía.

—Y tú eres mi subordinada.

—Eso también.

—Hay una cadena de mando.

—Qué romántico.

—Hay un código de conducta.

—Tú no lo cumpliste.

—Exacto.

—Yo tampoco.

—Entonces, hemos fallado ambos.

—Y fue bonito.

—Fue... —se pasó una mano por la nuca— ...demasiado bonito.

—¿Y eso es malo?

—Es peligroso.

—¿Por qué?

—Porque me hace olvidar quién soy.

—¿Y quién eres?

—Un general.

—Anoche eras un hombre.

—Un hombre que no puede permitirse perder el control.

—¿Y por qué no?

—Porque... —se detuvo, buscando las palabras— ...porque si pierdo el control, pierdo todo.

—¿Todo qué?

—Todo lo que he construido.

—¿Y qué has construido?

—Una carrera. Una reputación. Una vida ordenada.

—Una vida solitaria.

—Una vida segura.

—Una vida triste.

—Eysmar...

—Samuel, lo dije anoche y lo repito hoy: es una vida triste.

Él apretó la mandíbula. Yo me puse de pie, con la manta enrollada alrededor del cuerpo como una toga, y lo miré a los ojos.




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