Leyha Eysmar.
Hay tres cosas en el mundo capaces de paralizar a un ejército entero: una invasión extranjera, una epidemia de gripe y una abuela con una maleta.
La mía llegó un miércoles, a las once menos cuarto de la mañana, en un taxi amarillo que olía a pino sintético y a mala conciencia.
Yo estaba en el patio, haciendo flexiones como castigo por haber llegado cuatro minutos tarde a formación (cuatro minutos que, por cierto, nadie sabía explicar sin ruborizarse). A mi lado, Pipe contaba las repeticiones con un entusiasmo sospechoso.
—Veintiuna —dijo—. Veintidós. Veintitrés...
—¿Por qué sonríes tanto?
—Porque es un día precioso.
—Está nublado.
—Precioso y nublado.
—Pipe, desde esta mañana todos me miran como si fuera un cuadro de museo.
—Es que lo eres.
—Me siguen por los pasillos.
—Es admiración.
—Me aplauden en el comedor.
—Es respeto.
—El cabo Pinzón me regaló un pastel con forma de corazón.
—Es... cariño.
—Tenía las iniciales S. y L. con una flecha.
—Es una coincidencia.
—Y el teniente Ballesteros me hizo un retrato.
—Los artistas son así.
—Con un jilguero en el hombro y un general en el fondo.
Pipe abrió la boca para contestar, pero se quedó inmóvil. Estaba mirando hacia la entrada del cuartel, con los ojos desorbitados y el rostro de un hombre que acaba de ver un fantasma.
—Leyha —susurró.
—¿Qué?
—Mira.
Giré la cabeza. En la barrera de entrada, un taxi amarillo discutía con el soldado de guardia, el muchacho de dieciocho años, que sudaba con la gorra torcida y la voz temblorosa.
—Pero señora —decía—, no puede pasar sin autorización.
—Hijo, tengo setenta y ocho años. He pasado por sitios más difíciles que este.
—Es una base militar.
—Y yo soy una abuela. Gano yo.
—Señora...
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Emiliano.
—Pues, Emiliano, ve a buscar a mi nieta antes de que te baje los humos con un cucharón.
Se me paró el corazón.
—No —murmuré.
—Sí —dijo Pipe.
—No puede ser.
—Es ella.
—¡ABUELA!
Del taxi emergió, con la lentitud majestuosa de una reina que baja de su carroza, una mujer pequeña, redonda y enérgica, vestida con un abrigo morado, un pañuelo de flores en la cabeza y unas gafas con cadena dorada. En la mano derecha, una maleta de cuero del tamaño de un ataúd. En la izquierda, una bolsa de tela de la que asomaban el cuello de un termo, una barra de pan y un bote de membrillo.
Se detuvo en medio del camino, apoyó la maleta en el suelo, se ajustó las gafas y recorrió el patio con una mirada de general en revista. Los soldados que cruzaban por allí se cuadraron automáticamente, sin saber por qué.
—Leyha Eysmar —dijo con una voz que habría detenido un tren—. Ven aquí ahora mismo.
—Abuela...
—Ahora.
Corrí hacia ella. No pude evitarlo. Eché a andar y, cuando me quise dar cuenta, estaba corriendo, con las botas golpeando el cemento y los brazos abiertos, hasta que me estrellé contra su pecho y la abracé con una fuerza tan desmedida que casi la derribo.
—¡Abuela! ¡Qué haces aquí!
—¡Ay, criatura! ¡Que me aplastas!
—¡Perdón!
—¡Me vas a romper la bolsa!
—¡Perdón!
—¡Y el membrillo!
—¡Perdón, perdón, perdón!
Me apartó con una mano firme, me tomó el rostro entre las palmas y me examinó con una atención clínica. Sus ojos, pequeños, oscuros y chispeantes, recorrieron mi cara, mis mejillas, mi cabeza rapada, mi uniforme, mis botas, y volvieron a mis ojos.
—Estás flaca —dictaminó.
—Estoy fuerte.
—Estás morena.
—Es el sol.
—Estás sin pelo.
—Es reglamentario.
—Y estás... —entornó los ojos— ...enamorada.
—¿Qué?
—No me mientas, Leyha. Tengo setenta y ocho años y un olfato infalible.
—No estoy...
—Estás roja como un tomate.
—Es el calor.
—Hace doce grados.
—Es un calor interior.
—Eso mismo decía tu abuelo.
—¿Cuándo?
—Cuando lo conocí.
—Abuela...
—Cállate, mija. Primero lo primero.
Me soltó, se alisó el abrigo, se recolocó el pañuelo y se volvió hacia el soldado de guardia, que había llegado corriendo detrás de nosotras, sin aliento.
—Emiliano.
—¿Sí, señora?
—Dime, hijo, ¿dónde puedo conseguir un buen café?
—En el comedor, señora. Pero no se lo recomiendo.
—¿Por qué?
—Es... una experiencia.
—Prefiero el mío.
Sacó el termo de la bolsa, destapó el tapón, sirvió un chorrito en la tapa y se lo tendió.
—Prueba.
—No puedo, señora, estoy de guardia.
—Prueba.
—Es que...
—Hijo.
—Sí, señora.
Bebió. Una luz de iluminación celestial le cruzó el rostro. Cerró los ojos, suspiró y, con una voz quebrada de emoción, murmuró:
—Esto es lo mejor que he probado en mi vida.
—Lo sé. Es de olla con canela.
—¿Y puedo repetir?
—Cuando termines la guardia.
—¡Gracias, señora!
—Abuela Eulalia, para los amigos.
—¡Abuela Eulalia!
Detrás de nosotras, el patio entero había quedado en silencio. Treinta, cuarenta, cincuenta soldados observaban la escena, inmóviles, como espectadores de una obra de teatro. En un rincón, Brunilda y el Oso cuchicheaban con los ojos como platos. El cabo Pinzón se había quitado el delantal y se alisaba el pelo con las manos. El teniente Ballesteros, con la cámara en la mano, parecía a punto de desmayarse de emoción.
—Leyha —me susurró Pipe al oído—. ¿Esa es tu abuela?
—Esa es mi abuela.
—Es... imponente.
—Lo sé.
—Da más miedo que el general.
—Mucho más.
—¿Qué hacemos?
—Reza.
—¿A quién?
—A quien sea.
Mi abuela me hizo una visita guiada por la base. O, mejor dicho, yo la guié a ella, ella inspeccionó y todo el mundo se apartó a su paso como si pasara una apisonadora con pañuelo.