Una estrella en el ejercito.

Capítulo 23: Traición.

Leyha Eysmar.

La felicidad, en mi experiencia, es como un soufflé: sube muy alto, se ve precioso y se desploma en cuanto alguien abre la puerta del horno.

Llevaba tres días flotando. Tres días de desayunos con mi abuela en la cocina, de paseos al atardecer con el general por el sendero del bosque (con escolta involuntaria de dos reclutas escondidos en cada arbusto), de partidas de cartas en las que el cabo Pinzón perdía su paga y la abuela Eulalia ganaba hasta los calcetines de los demás. Tres días en los que nadie explotó, nadie se cayó al agua y ningún gallo de bronce perdió la vida.

El cuarto día amaneció con un olor raro en el aire.

Lo noté al salir del dormitorio: algo en el patio había cambiado. Los soldados caminaban en grupos pequeños, cuchicheando, con periódicos doblados bajo el brazo. Al verme, callaban de golpe, se separaban y fingían mirar el cielo con gran interés.

—Buenos días —dije, con una sonrisa insegura.

—Buenos días, Leyha —respondió un cabo, sin mirarme, mientras escondía algo tras la espalda.

—¿Qué llevas ahí?

—Nada.

—¿Un periódico?

—Es... un menú.

—¿De qué?

—De la cantina.

—Los menús no tienen fotos.

—Este sí.

—Enséñamelo.

—No creo que sea buena idea.

—Cabo.

—Mejor hable con el general.

Un nudo helado se me instaló en el estómago. Corrí hacia el comedor, esquivando miradas, y en la puerta me encontré a Pipe, que salía con una expresión de funeral, un periódico arrugado en la mano y los ojos enrojecidos.

—Leyha —murmuró.

—¿Qué pasa?

—No lo mires.

—¿El qué?

—Nada.

—Pipe, dámelo.

—Por favor, no.

—DÁMELO.

Me lo entregó. Era un diario nacional, de esos que se venden a montones en los quioscos, con un titular enorme en rojo sobre toda la portada:

**"¡LA REINA DE LOS CONCIERTOS, CALVA, EMBARRADA Y CON UNA GALLINA EN LA CABEZA!"**

Debajo, una fotografía a todo color, nítida, cruel, imposible de confundir. Era yo, en el gallinero, con las plumas pegadas al uniforme, la cabeza rapada, la cara sucia de barro y una gallina enorme instalada sobre mi cráneo como un sombrero. Sonreía con los dientes apretados y una expresión de pánico absoluto. Al fondo, borroso, asomaba el hocico de un jabalí.

Debajo, en letras más pequeñas: *"LEYHA EYSMAR, DE ESTRELLA A RECLUTA FALLIDA. ¿LA CAÍDA DEL SIGLO? EXCLUSIVA EN PÁGINAS 2, 3, 4, 5 Y 6."*

Se me cayó el periódico.

—Es mentira —susurré.

—Es una foto —dijo Pipe, con voz rota.

—La tomaron aquí.

—Sí.

—En la base.

—Sí.

—En el gallinero.

—Sí.

—Solo había una persona con una cámara aquella noche.

Pipe se puso pálido.

—Leyha...

—El teniente Ballesteros.

—No fue él.

—Era el único.

—Te lo juro...

—¡LA TOMÓ ÉL!

—¡No!

—¡PERO SI ES SU ESTILO! ¡Un pájaro, un detalle, un ángulo extraño!

—¡Leyha, escúchame!

—¡Ese bigotudo traidor!

Salí corriendo. No sé adónde. Atravesé el patio como una flecha, derribé una pila de cajas, saltué un charco, esquivé a dos sargentos y me planté, con la respiración entrecortada, frente a la puerta del cuarto oscuro de fotografía, un cubículo sin ventanas que el teniente había montado detrás del almacén.

Golpeé con los puños.

—¡BALLESTEROS! ¡ABRA!

La puerta se abrió una rendija. Asomó un ojo enorme, detrás de unos lentes, y un bigote tembloroso.

—Señorita Eysmar...

—¡TRAIDOR!

—¿Cómo?

—¡SABE LO QUE HIZO!

—No sé de qué me habla.

—¡LA FOTO!

—¿Qué foto?

—¡LA DEL GALLINERO!

—¿Qué gallinero?

—¡NO SE HAGA EL TONTO!

—¡No me hago el tonto! ¡Soy tonto de nacimiento!

Empujé la puerta con el hombro. Entré. El cuarto estaba oscuro, iluminado por una luz roja, con olor a químicos y a papel mojado. En las paredes colgaban decenas de fotografías secándose en cuerdas: jilgueros, gorriones, un búho, un martín pescador, un gato gris sobre un saco de harina. Ni rastro de gallinas ni de calvas.

—¿Dónde está el carrete? —pregunté, con voz de acero.

—¿Cuál?

—El de aquella noche.

—Mi general lo destruyó.

—¿Todos?

—Los de la cena. Los del concierto. Los del búnker.

—¿Y los del gallinero?

—Esos... —el teniente tragó saliva— ...no los tomé yo.

—Mentira.

—Le juro por mis pájaros.

—¡No jure por los pájaros!

—Es un juramento muy serio.

—¿Entonces quién fue?

—No lo sé.

—¡Alguien tuvo que ser!

—Le aseguro que no fui yo. Mis fotografías son artísticas. No habría publicado una imagen tan mal encuadrada.

—¿Mal encuadrada?

—Mire cómo está cortada la gallina.

Miré. Ahora que lo decía, el encuadre era pésimo.

—Además —añadió, con timidez—, mi cámara tiene un sello de agua en la esquina inferior derecha. Esa foto no lo tiene.

—Eso no significa nada.

—Significa que la tomó otra cámara.

—¿Cuál?

—Una de mejor calidad.

—Eso es un insulto.

—Es una constatación técnica.

Me quedé inmóvil, con las manos aún cerradas en puños. El teniente me miraba con una expresión tan desamparada, tan sincera, tan parecida a la de un perro que ha sido regañado injustamente, que me sentí la mujer más cruel del mundo.

—Teniente —murmuré.

—¿Sí?

—Lo siento.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Le acusé sin pruebas.

—Es comprensible.

—No debí.

—Ha sido un golpe duro.

—Fue una injusticia.

—¿Quiere un té?

—Quiero... —se me quebró la voz— ...quiero que esto sea una pesadilla.

—Pues no lo es.

—Lo sé.

—Pero tengo una teoría.

—¿Cuál?

—Que quien tomó esa foto no era de aquí.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque en la foto, detrás del jabalí, hay un reflejo.

—¿Qué reflejo?

—Uno dorado. De un reloj de pulsera.

Se me heló la sangre. Un reloj dorado. Un puño de camisa blanco. Un brazo elegante asomando por la ventanilla de un camión...




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