Leyha Eysmar.
Hay una regla no escrita que dice que, cuando una mujer decide irse dramáticamente, el universo conspira para impedírselo de la forma más ridícula posible.
Mi regla, en cambio, es más sencilla: si yo decido irme, todo lo que pueda salir mal saldrá mal, y con público.
—Me voy —repetí, con la maleta abierta sobre la litera.
—Ya lo has dicho cuatro veces —observó Brunilda, sentada en el borde de su cama, con los brazos cruzados.
—Pues me voy cinco.
—¿Adónde?
—A cualquier parte.
—Eso no es un destino.
—Es una dirección.
—Es una excusa.
—Brunilda...
—Leyha, tienes el uniforme puesto del revés.
Me miré. Era cierto. Con las prisas, me había puesto la chaqueta al revés, con las costuras por fuera y el cuello descolocado. Parecía una espantapájaros con ganas de dignidad.
—Es un estilo —dije.
—Es un desastre.
—Es mi marca personal.
—Tu marca personal es tropezar con las mismas piedras.
—Gracias por tu apoyo.
—De nada.
Metí en la maleta lo poco que tenía: dos camisetas, un par de calcetines, una foto de mi abuela, el mango abollado del micrófono que explotó en el concurso de talentos (no sé por qué lo conservé) y la manta militar que olía a jabón de madera, que decidí llevarme "por motivos térmicos". Cerré la cremallera. Se atascó. Tiré con fuerza. Se rompió. La maleta se abrió de golpe y vomitó mi vida entera sobre el suelo del dormitorio.
—Genial —murmuré.
—Es una señal —dijo Brunilda.
—Es una cremallera.
—Es el destino.
—El destino es un fabricante de maletas muy pésimo.
Recogí mis cosas, las metí a puñados, las apreté con las rodillas y até la maleta con un cinturón. Quedó con una forma extraña, abultada y torcida, como una salchicha gigante. La levanté con un gruñido. Pesaba una tonelada.
—Leyha —dijo Brunilda, con voz suave—. No te vayas.
—Tengo que irme.
—¿Por qué?
—Porque me han humillado delante de todo el país.
—¿Y?
—Porque he puesto en peligro la reputación del general.
—Él no se queja.
—Porque... porque... —se me quebró la voz— ...porque soy un desastre, Brunilda. Y cada vez que estoy cerca de alguien, lo arrastro conmigo.
—Eso no es verdad.
—Mira lo que ha pasado en dos meses: un tanque de agua, un coronel bañado en limonada, un gallo de bronce, un jeep, un puente, un banquete, un lago, una cena de gala y media base convertida en un circo de apuestas.
—Y una boda.
—¡NO HAY BODA!
—Pronto.
—¡Brunilda!
—Es un pronóstico.
Salí del dormitorio con la maleta a cuestas, arrastrando los pies y los pensamientos. El pasillo estaba extrañamente desierto. Cuando llegué al patio, comprendí por qué.
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Todos estaban allí.
Formados en filas perfectas, con los uniformes impecables, las botas relucientes y los rostros solemnes, trescientos soldados me esperaban en silencio, en posición de firmes. Al frente, en primera fila, con los brazos cruzados y una expresión de extrema seriedad, estaban Pipe, el Oso, el cabo Pinzón, el teniente Ballesteros, el sargento Barrios, el sargento Ortuño y el soldado Emiliano, el de la barrera. Detrás, en un rincón, mi abuela, con el cucharón en la mano y los ojos enrojecidos. Y a sus pies, olisqueando una bota, Cornelio, el cerdo.
—¿Qué es esto? —pregunté, con la maleta temblándome en la mano.
—Una despedida —dijo Pipe.
—No me estoy despidiendo.
—Llevas una maleta.
—Es una... mudanza interna.
—Estás llorando.
—Es alergia.
—A los cerdos.
—Exacto.
—Leyha —dijo el cabo Pinzón, dando un paso al frente con el delantal bien planchado y una lágrima resbalándole por la mejilla—. Hemos preparado unas palabras.
—No hace falta.
—Sí hace.
—Por favor...
—¡Ejem! —carraspeó, con la solemnidad de un orador de plaza—. Querida Leyha. Querida recluta. Querida... Gallicida. Cuando llegaste a esta base, te cayeron las botas, el tacón y la dignidad. Pero nunca te cayó la sonrisa.
—Cabo...
—Incendiaste mi cocina. Destruiste mi caldero. Mojaste a un coronel. Y, sin embargo, hiciste que esta gente se sintiera, por primera vez en años, como una familia.
Un murmullo de aprobación recorrió las filas. Pipe se secó una lágrima con el dorso de la mano. El Oso se sonó la nariz con un estruendo de trompeta.
—Por eso —continuó el cabo, con la voz quebrada— no te dejaremos ir.
—Es mi decisión.
—Es un error.
—Es lo único razonable.
—Es una tontería.
—Cabo...
—¡Es la mayor tontería que he oído, y he servido lentejas a seiscientos hombres!
—Pero...
—¡Mi sopa está mejor desde que tú llegaste!
—Eso no es un argumento.
—¡Es un argumento culinario!
Entonces dio un paso adelante el sargento Barrios, con la libreta de apuestas en la mano y la gorra bajo el brazo.
—Eysmar —dijo con voz grave—. Quiero confesar algo.
—¿Qué?
—Yo organicé las apuestas.
—Ya lo sabía.
—Y me quedé con el diez por ciento.
—También lo sabía.
—Pero hoy he decidido devolverlo todo.
—¿Cómo?
—Aquí tengo el dinero. Mil quinientos dólares. Lo recaudé con la ilusión de verte feliz. Y si te vas, ya no tendrá sentido.
—Sargento...
—Cómpralo con eso un billete al mejor sitio. Pero no te vayas.
—¡No puedo aceptar eso!
—¡Pues acéptalo!
—¡No es mío!
—¡Es de la base!
—¡Es del pozo!
—¡Es tuyo!
Me tendió un sobre abultado. Yo lo miré, sin saber qué decir. Entonces, desde la fila, se oyó una vocecita tímida.
—Yo también quiero decir algo —dijo el teniente Ballesteros.
—¿Usted, teniente?
—Sí.
—Adelante.
Se adelantó, con su bigote tembloroso y la cámara colgando del cuello. Se aclaró la garganta, se ajustó los lentes y sacó un papel doblado.
—He escrito un poema —anunció.