Una estrella en el ejercito.

Capítulo 25: Concierto en el campo de batalla.

Leyha Eysmar.

Hay sorpresas que uno agradece, sorpresas que uno soporta y sorpresas que uno recuerda en terapia. La de Samuel pertenecía a las tres categorías.

—Cierra los ojos —me dijo el sábado por la mañana, a las seis y media, en medio del patio, con las manos sobre mis hombros.

—No me gustan las sorpresas.

—Lo sé.

—Una vez me sorprendieron con una fiesta y me lanzaron una tarta a la cara.

—No habrá tarta.

—¿Seguro?

—Casi.

—¿Cuánto es casi?

—Un noventa por ciento.

—Ese diez por ciento me preocupa.

—Eysmar.

—Leyha.

—Leyha, cierra los ojos.

Los cerré. Me guio con paso lento, sujetándome por los codos, entre el murmullo de voces ahogadas, el roce de uniformes y un olor extraño a madera recién cortada, a pintura fresca y a algo más, un perfume dulce y familiar que no logré identificar. Anduvimos unos treinta metros. Luego cuarenta. Luego me detuvo con suavidad.

—Ya.

—¿Puedo abrirlos?

—Cuenta hasta tres.

—Uno.

—Dos.

—Tres.

Abrí los ojos.

Y me quedé sin aire.

Delante de mí, en medio del campo de maniobras, allí donde semanas atrás había una pista de obstáculos, un foso de barro y una cuerda sobre un estanque de aguas dudosas, se alzaba un escenario.

Un escenario de verdad, de madera, de unos diez metros de ancho y tres de alto, construido con tablones, barriles y puertas viejas, sostenido sobre andamios de acero. Estaba decorado con banderines verdes y dorados, guirnaldas de papel, farolillos de colores y un telón rojo que, a juzgar por su aspecto descolorido, era el mismo que se cayó sobre mi banda en la visita del ministro, remendado con una paciencia heroica. En lo alto, sobre una pancarta enorme pintada a mano con letras torcidas, se leía:

**"BIENVENIDA A CASA, REINA."**

Y a ambos lados del escenario, formando un semicírculo perfecto, había trescientos soldados en posición de descanso, con el uniforme de gala, las botas relucientes y una expresión de impaciencia contenida, como niños en la víspera de Navidad.

—Samuel —susurré.

—¿Sí?

—¿Qué es esto?

—Tu concierto.

—¿Mi qué?

—Dijiste que querías recordar quién eres.

—Pero...

—Pues aquí está tu público.

—Samuel, esto es... —me temblaba la voz— ...esto es una locura.

—Lo sé.

—¿Cuánto tiempo habéis tardado?

—Tres días.

—¿Quién lo construyó?

—Todos.

—¿Con qué?

—Con lo que había.

Miré a mi alrededor. Pipe me saludaba con las dos manos desde primera fila, con una sonrisa de oreja a oreja. Brunilda llevaba una corona de flores silvestres en la cabeza. El Oso sostenía una pancarta que decía "TE QUEREMOS, GALLICIDA" con letras de distintos tamaños. El cabo Pinzón, con un delantal blanco, había instalado un puesto de bocadillos a un lado del escenario, y el teniente Ballesteros, subido a una escalera, colgaba farolillos con la solemnidad de un decorador de ópera. En un rincón, sentada en una silla de mimbre con un pañuelo de flores en la cabeza, mi abuela agitaba un abanico con aire de gran dama. A sus pies, Cornelio el cerdo lucía un lazo de raso azul alrededor del cuello.

—¿También el cerdo? —pregunté, entre risas y lágrimas.

—Es un invitado de honor.

—¿Por qué?

—Porque sin él no habríamos descubierto la cuerda.

—¿Qué cuerda?

—La de la lancha.

—Pero eso no...

—Es una larga historia.

Me llevé las manos a la cara. Samuel me atrajo hacia sí, me besó en la sien y me susurró al oído:

—¿Te gusta?

—Me encanta.

—¿De verdad?

—Estoy aterrada.

—Lo sé.

—No he cantado delante de un público desde hace meses.

—Tienes trescientos.

—No sé si tengo voz.

—La tienes.

—No sé si me acordaré de las letras.

—Te lo recordarán ellos.

—No sé si podré...

—Leyha.

—¿Qué?

—Mírame.

Levanté la vista. Sus ojos grises, serenos y firmes, me sostuvieron la mirada.

—No tienes que demostrar nada a nadie —dijo—. Hoy cantas para ti.

Asentí, con un nudo en la garganta. Él me dio un último beso en la frente, se apartó, se cuadró y, con voz de trueno, ordenó:

—¡SOLDADOS!

—¡MI GENERAL! —rugieron trescientas gargantas.

—¡PREPAREN EL ESCENARIO!

—¡SÍ, MI GENERAL!

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Lo que ocurrió a continuación fue una mezcla de ceremonia solemne y caos absoluto, que es, en el fondo, la mejor definición de nuestra base.

Pipe, que se había autoproclamado "director de escena", dio instrucciones a gritos desde una caja de madera: "¡Luces a la izquierda! ¡Micrófono al centro! ¡Que alguien aleje al cerdo del cable!". El Oso y tres reclutas más arrastraron un piano de pared, desvencijado y ligeramente combado, que habían rescatado de la capilla. El cabo Pinzón repartió cuencos de palomitas a la primera fila, con la advertencia de que "quien las tire al escenario limpiará las letrinas". El teniente Ballesteros, desde lo alto de la escalera, gritó:

—¡Mi general, falta un reflector!

—¿De dónde lo sacamos?

—¡Del faro del jeep tres!

—¿Está en condiciones?

—¡Huele a cerdo!

—Que lo usen igual.

El jeep tres se colocó junto al escenario, con las luces encendidas, apuntando hacia la tarima. Una columna de luz amarilla iluminó el telón rojo. Un murmullo de admiración recorrió el público.

—Eysmar —dijo Brunilda, apareciendo a mi lado con un pintalabios y una brocha—. Vamos a arreglarte.

—¿Con qué?

—Con maquillaje.

—¿Qué maquillaje?

—El del cabo.

—¿El colorante de pasteles?

—Es muy pigmentado.

—No quiero parecer un pastel.

—No pareces. Pareces una reina.

—Una reina... rojiza.

—Una reina radiante.

—Brunilda...

—Cierra los ojos.

Me pintó los labios de un rojo intenso, me sombreó los párpados con una especie de polvo dorado (que luego supe que era azafrán) y me puso unos pendientes enormes que, según ella, "eran de fantasía, pero brillaban lo suficiente". Me ajustó el uniforme de gala, que alguien había planchado con una dedicación casi devota, y me puso un lazo verde en la cabeza, como una diadema.




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