Leyha Eysmar.
El Teatro Imperial era uno de esos edificios que parecen diseñados por un pastelero con delirios de grandeza.
Tenía columnas doradas, escaleras de mármol, lámparas de cristal del tamaño de un coche, alfombras rojas que se tragaban los pasos y un techo pintado con angelitos que miraban hacia abajo con cara de estar pensando "qué barbaridad". En la fachada, un cartel luminoso de cuatro metros anunciaba con letras de neón: **"NOCHE DE HONESTIDAD. GRAN GALA BENÉFICA. ENTRADAS AGOTADAS."**
—Es de muy mal gusto —murmuró Samuel, asomándose por la cortina de una furgoneta aparcada en la acera de enfrente.
—Es el estilo de Ricardo —dije yo.
—Es un insulto a la arquitectura.
—Es un insulto a la honestidad.
—También.
Éramos once personas apretadas en una furgoneta de reparto de panadería que olía a pan recién horneado y a calcetines. En el asiento del conductor, el sargento Ortuño miraba el reloj. A su lado, el Inspector Laureano Cifuentes, de la Interpol, un hombre flaco, de bigote gris, gabardina arrugada y expresión de haber visto demasiadas cosas, repasaba unos planos con un lápiz mordisqueado. Detrás, Pipe, Brunilda, el Oso, el cabo Pinzón y el teniente Ballesteros intentaban ponerse unos uniformes de camarero que les quedaban pequeños, grandes o directamente ridículos.
—Repasemos el plan —dijo el inspector, con voz cansada.
—Otra vez —gimió el Oso.
—Es la décima.
—Porque el último plan terminó en un lago.
—Es un buen argumento.
—Escuchen. —Desplegó un plano sobre las rodillas—. La gala empieza a las nueve. Hay seiscientos invitados: empresarios, políticos, artistas y una docena de mafiosos con corbata. Ricardo estará en el palco principal, con su libro de cuentas, supervisando las donaciones. En realidad, cada cheque que entre en esa sala será dinero blanqueado.
—¿Y cómo lo probamos? —preguntó Brunilda.
—Con el libro.
—¿Dónde lo guarda?
—En un maletín.
—¿Y dónde está el maletín?
—Siempre a su lado.
—Entonces hay que quitárselo.
—Exacto.
—¿Y cómo?
—Ahí entra la señorita Eysmar.
Todos me miraron. Yo me encogí en mi asiento, con un vestido de lentejuelas plateadas que me habían prestado y unos tacones que me bailaban en los pies. Llevaba una peluca rubia (porque aparecer calva en un gala habría "dado demasiadas pistas"), un collar de perlas falsas y un micrófono diminuto escondido en el escote.
—Mi misión —repetí, recitando de memoria— es cantar tres canciones. Entre la segunda y la tercera, debo acercarme al palco de Ricardo con una excusa. Distraerlo. Dejar que me ofrezca un contrato. Y en cuanto tenga el maletín al alcance...
—Pronuncia la frase clave —completó el inspector.
—"Qué cuentas tan claras."
—Exacto. Al oírla, mis agentes sellarán las salidas, el general entrará por la puerta principal con la policía y Ricardo será arrestado con las pruebas en la mano.
—Qué sencillo.
—Qué arriesgado.
—Qué imposible.
—Qué probable que salga mal —añadió Pipe.
—No digas eso —advirtió Brunilda.
—Solo lo señalo.
—Cállate.
—Eysmar —dijo Samuel, volviéndose hacia mí. Estaba guapísimo, con un esmoquin negro que le quedaba como una segunda piel, una pajarita perfecta y el pelo peinado hacia atrás. Solo la cicatriz de la ceja y la mandíbula cuadrada delataban al general—. Una cosa.
—¿Sí?
—Tienes que recordar la frase.
—La recuerdo.
—Dila.
—"Qué cuentas tan claras."
—Otra vez.
—"Qué cuentas tan claras."
—Una más.
—¡Samuel!
—Es importante.
—Es una frase de cuatro palabras.
—Es la diferencia entre un éxito y un desastre.
—Lo sé.
—No la confundas.
—No la confundiré.
—Con ninguna otra.
—Ninguna.
—Ni con "qué lentejas tan claras".
—¿Por qué iba a confundirla con...?
—Porque eres tú.
—Gracias por tu confianza.
—Es una confianza realista.
Me reí. Él me tomó la mano, me apretó los dedos y me besó en la frente, con cuidado de no despeinarme la peluca.
—Estaré cerca —murmuró.
—Lo sé.
—Si pasa algo...
—Gritaré.
—Gritarás muy alto.
—Tengo experiencia.
—Y yo te encontraré.
—Siempre me encuentras.
—Siempre.
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A las nueve en punto, el telón del Teatro Imperial se alzó con un redoble de tambores.
Yo estaba entre bastidores, con las rodillas hechas gelatina y el corazón desbocado. Por una rendija de la cortina podía ver la sala: seiscientos invitados con trajes de gala, joyas relucientes y expresión de aburrimiento aristocrático. Camareros con bandejas de canapés circulaban entre las mesas. En el escenario, una orquesta de cuerdas afinaba los instrumentos. Y en lo alto, en el palco principal, recostado en un sillón de terciopelo rojo, con un puro en la mano, un traje blanco y una sonrisa de oreja a oreja, estaba Ricardo.
Tenía a su lado un maletín negro de cuero, cerrado con candado.
—Es él —susurré.
—Lo sé —dijo una voz a mi espalda.
Me giré de golpe. Era Pipe, disfrazado de camarero, con una bandeja de champán en la mano y la corbata torcida.
—¿Qué haces aquí?
—Estoy infiltrado.
—¿Cómo?
—Llevo cinco minutos sirviendo copas a un ministro.
—¿A cuál?
—A uno de Hacienda.
—¿Y se ha dado cuenta?
—Me ha dado propina.
—Eres un genio.
—Soy un desastre con corbata.
—Pipe.
—¿Sí?
—Pase lo que pase...
—Cuenta conmigo.
—Gracias.
—Y mucha mierda.
—Eso es en el teatro.
—Estamos en un teatro.
—Cierto.
Me abrazó con la bandeja en la mano, derramando un poco de champán sobre mi vestido. Luego se alejó por el pasillo, haciendo equilibrios entre los cables, mientras yo me secaba la mancha con un pañuelo. El presentador subió al escenario, un tipo de esmoquin con voz de locutor de radio, y anunció con voz de trueno: