Leyha Eysmar.
Hay noticias que llegan con trompetas y noticias que llegan en un sobre gris, a las cuatro de la madrugada, a los pies de unas escaleras cubiertas de lentejas.
La de Samuel fue de las segundas.
—¿La frontera norte? —repitió Pipe, con la voz hecha un hilo.
—Dos años —dijo Samuel, mirando el papel sin verlo.
—¿Dos años?
—Mando de la Zona Fronteriza.
—¿Dónde queda eso?
—A mil doscientos kilómetros de aquí.
—¿Y qué hay?
—Nieve.
—¿Más?
—Y osos.
—Yo ya tengo uno —murmuró Brunilda, señalando al Oso con la barbilla.
—No es momento de bromas —dijo el Oso, sorbiéndose la nariz.
El Ministro, de pie al pie de la escalinata, se balanceaba sobre los talones con las manos a la espalda y una expresión indescifrable, mezcla de satisfacción burocrática y una pizca de culpa.
—Es un ascenso, General —dijo.
—Lo sé, señor.
—Un puesto de gran responsabilidad.
—Lo sé, señor.
—Solo un hombre de su talla podría asumirlo.
—Se lo agradezco, señor.
—Parte pasado mañana, a las seis de la mañana, en un transporte militar.
—¿Pasado mañana? —exclamé.
—Es una zona urgente.
—¡Pero acaba de resolver un caso!
—Por eso mismo.
—¡Es injusto!
—Es el servicio, señorita Eysmar.
Me volví hacia Samuel. Él seguía mirando el papel, inmóvil, con la mandíbula apretada y el rostro de una estatua. No dijo nada. No levantó la vista. No hizo el más mínimo gesto de protesta. Y eso, de alguna forma, me dolió más que el propio traslado.
—Y para usted, señorita —dijo el Ministro, volviéndose hacia mí con una sonrisa casi paternal—, tengo otra noticia.
—¿Cuál?
—Ábrala.
Rompí el sobre dorado con los dedos entumecidos. Dentro había una carta de papel grueso con el escudo nacional y un texto en letras doradas. La leí en voz baja, y a medida que avanzaba, se me fue secando la boca:
*"El Ministerio de Cultura y Defensa nombra a doña Leyha Eysmar Embajadora Cultural de las Fuerzas Armadas, con sede en la Capital. Funciones: dirigir giras de moral militar, grabar un álbum conmemorativo, representar al país en festivales internacionales y asesorar al Gobierno en materia de espectáculos. Duración: cinco años, renovables. Remuneración: acorde con el rango. Incorporación inmediata."*
—Es... —balbuceé— ...es una broma.
—Es un honor —dijo el Ministro.
—¿Cinco años?
—Renovables.
—¿En la Capital?
—Con casa, coche y chófer.
—¿Y mi puesto en la base?
—Quedará vacante.
—¿Y mi pelotón?
—Se las arreglarán.
—¿Y mi abuela?
—Podrá acompañarla.
—¿Y mi...? —me detuve.
—¿Su qué?
Miré a Samuel. Seguía sin mirarme.
—Nada —dije—. Nada importante.
—Entonces, ¿acepta?
—Tengo que pensarlo.
—Tiene hasta mañana a mediodía.
—¿Solo un día?
—El Gobierno es impaciente.
El Ministro hizo una reverencia, se caló el sombrero y se metió en su coche con la dignidad de un hombre que ha repartido dos bombas con una sonrisa. El motor arrancó. Las luces traseras se perdieron en la noche. Y nosotros nos quedamos en la escalinata, con los sobres en las manos, rodeados de lentejas, en un silencio que se hubiera podido cortar con un cuchillo.
—Bueno —dijo Pipe, con una vocecita falsamente alegre—. Esto... es... una gran oportunidad.
—Para los dos —añadió Brunilda, sin convicción.
—Dos ascensos —murmuró el cabo.
—Qué suerte —dijo el teniente, con los ojos enrojecidos.
—Qué... bonito —sollozó el Oso.
—Cállense —ordenó Samuel, con una voz muy baja.
Nos quedamos callados.
—Es tarde —dijo él, doblando el papel con una precisión mecánica—. Todos a la cama.
—Samuel...
—Es una orden.
—Samuel, por favor...
—Buenas noches, Eysmar.
Se alejó por la acera, con las manos a la espalda y los hombros rígidos, sin volver la vista atrás. Lo vi perderse en la oscuridad, bajo una farola que parpadeaba, y sentí una punzada tan honda en el pecho que tuve que sentarme.
—Leyha —murmuró Pipe, sentándose a mi lado.
—No digas nada.
—Es que...
—Por favor.
—Solo quería...
—No.
—Vale.
Me abrazó los hombros. Yo apoyé la cabeza en su hombro, y por primera vez desde hacía meses, no pude llorar. Se me había secado todo por dentro.
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El día siguiente fue el peor de mi vida militar, que ya es decir.
Me desperté con los ojos hinchados, la cabeza como un bombo y la sensación de haber dormido encima de un erizo. Brunilda, sentada a los pies de mi litera, me tendió una taza de café.
—Bebe.
—No quiero.
—Bebe.
—Brunilda...
—Leyha, el desayuno es en diez minutos, y hay lentejas.
—¡NO!
—Es broma. Hay tortitas.
—Eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque son dulces. Y no quiero nada dulce.
—Qué dramática.
—Estoy de luto.
—¿Por quién?
—Por mi vida.
—Todavía no se ha muerto nadie.
—Pero se va.
—¿Quién?
—Samuel.
—Aún no se ha ido.
—Sí. Se fue anoche. En cuanto abrió el sobre.
—Leyha...
—Lo vi en su cara.
—¿Qué viste?
—Que se había rendido.
—Eso no es...
—Y yo no voy a pedirle que se quede.
—¿Por qué no?
—Porque es su carrera.
—¿Y la tuya?
—También.
—¿Y vuestra historia?
—¿Qué historia?
—La vuestra.
—Fue una aventura.
—Fue un amor.
—Fue un... —me atraganté— ...un accidente.
—Un accidente precioso.
—Se acabó.
—Aún no.
—Sí.
—Pues habla con él.
—No.
—¿Por qué?
—Porque soy orgullosa.
—Eso ya lo sabía.
—Y él también.
—¡Pues entonces hablad!
—¡Los orgullosos no hablan!
—¡Los orgullosos se mueren de pena!
—¡Pues que se mueran!
Brunilda me miró unos segundos en silencio. Luego, con un suspiro, se levantó, recogió su gorra y murmuró: