Una estrella en el ejercito.

Capítulo 28: La carrera final.

Leyha Eysmar.

Cinco kilómetros.

Cinco kilómetros son lo que separaba la Base Fuerte Roble del aeródromo de Campo Seco. Cinco kilómetros son exactamente la distancia que me hizo perderme, el segundo día, y terminar en el comedor de oficiales con un trozo de pan en la boca y cero remordimientos. Cinco kilómetros son lo que yo había odiado cada mañana, a las cinco y media, con el estómago vacío, el corazón en la garganta y un general mirándome desde lejos con una expresión de hielo.

Y cinco kilómetros eran, ahora, lo único que se interponía entre mi orgullo y el hombre al que quería.

—¡LEYHA! —gritó Pipe, corriendo detrás de mí por el patio—. ¡TE HAS OLVIDADO DE...!

No oí el resto. Crucé la barrera de salida a toda velocidad, esquivando al soldado Emiliano, que levantó los brazos con cara de "yo no he visto nada", y me lancé por el camino de tierra con las botas golpeando el suelo, el aire helado quemándome los pulmones y el sobre dorado, todavía arrugado en mi bolsillo, golpeándome la cadera a cada zancada.

—¡ABUELA, CUIDA MI MALETA!

—¡CORRE, MIJA! —respondió su voz, ya lejana.

—¡NO TE OLVIDES DE RESPIRAR! —gritó Brunilda.

—¡Y DE NO CAERTE! —añadió el Oso.

—¡Y DE NO MATAR A NADIE! —remató el cabo.

—¡GRACIAS POR LOS ÁNIMOS!

El primer kilómetro lo hice con una energía furiosa, casi sobrenatural. La rabia y la desesperación me daban alas. Pasé como una flecha ante el poste del kilómetro uno, salté un charco con una elegancia que me sorprendió, y casi me creí una atleta olímpica. Pensé: "Esto no es tan difícil". Pensé: "Llegaré con tiempo de sobra". Pensé: "Samuel se arrepentirá de haber dudado de mis piernas".

Entonces llegó el segundo kilómetro.

---

El segundo kilómetro empezaba con una bifurcación.

Ahí fue donde me perdí aquella primera mañana, y ahí volví a perderme ahora, por pura inercia y por un grave error de cálculo. Había dos caminos: uno de tierra, ancho y despejado, que descendía hacia el valle. Otro, estrecho y cubierto de maleza, que se internaba en el bosque. Mi memoria, que durante semanas se había negado a retener ninguna instrucción útil, de repente me susurró con absoluta seguridad: "A la izquierda".

—Siempre a la izquierda —murmuré.

Tomé el sendero del bosque.

Cinco minutos después, estaba hasta las rodillas en un pantano.

—No —dije, mirando el lodo que me cubría las botas—. No, no, no.

—Mé —respondió una voz a mi espalda.

Me volví. Sentado en el camino, con un lazo negro todavía atado al cuello y una expresión de profundo reproche, estaba Cornelio.

—¿Me has seguido?

—Mé.

—¿Todo el camino?

—Mé.

—¿Por qué?

—Mé.

—Eres un cerdo muy raro.

—Mé.

—Ni siquiera haces el ruido correcto.

—Mé —repitió, ofendido.

Intenté sacar un pie del barro. Se hundió más. Intenté sacar el otro. Se hundió también. En ese momento oí un chapoteo detrás de mí, un resoplido, y de pronto Cornelio pasó trotando por encima del lodo, ligero como una bailarina, con sus pezuñas haciendo plof-plof-plof, y se detuvo delante de mí, mirándome con la cabeza ladeada.

—Eso es trampa —protesté.

—Mé.

—Los cerdos pesan menos.

—Mé.

—No, no pesan menos.

—Mé.

—Eres un traidor.

El cerdo dio media vuelta y se alejó, agitando la cola, hacia un sendero lateral que no había visto. Yo me quedé mirando cómo se alejaba, con la lengua fuera, y entonces comprendí algo asombroso: me estaba enseñando el camino.

—¡ESPERA! —grité, arrancando mis botas del barro con un esfuerzo sobrehumano—. ¡ESPÉRAME, CORNELIO!

—Mé.

—¡NO ME DEJES!

Lo seguí por un sendero oculto entre los pinos, saltando raíces, esquivando ramas, resbalando en el musgo. Detrás de mí, a lo lejos, oí el rugido de un jeep y un coro de voces confusas. El cerdo trotaba delante, con paso seguro, como si conociera cada piedra. Subimos una pequeña colina, bajamos por un barranco y salimos de golpe a un claro soleado, donde el camino de tierra volvía a aparecer, ancho y despejado, justo en el kilómetro tres.

—¡Lo has conseguido! —exclamé, jadeando.

—Mé.

—Eres un genio.

—Mé.

—Un héroe.

—Mé.

—Te compraré una tonelada de lentejas.

—Mé... —dijo, y por primera vez, con voz alicaída, el cerdo se tumbó sobre el camino y empezó a roncar.

—No, no, no, no te duermas, ahora no.

—Zzz.

—Cornelio, por favor.

—Zzz.

No tuve valor para despertarlo. Le di un beso en la cabeza, le prometí una tonelada de lentejas con alma y corazón, y seguí corriendo.

---

El tercer kilómetro lo hice casi sin darme cuenta. Había entrado en esa fase mágica de la carrera en la que el cuerpo deja de quejarse y la mente se queda en blanco. Mis piernas se movían solas. Mi respiración era un jadeo rítmico, casi hipnótico. Veía pasar los árboles, las rocas, las vallas, los postes de teléfono, como en una película acelerada.

Pensé en Samuel. En sus ojos grises. En su sopa. En su manera de apartarme un mechón inexistente detrás de la oreja. En su risa, ronca y oxidada, la primera vez que lo vi reír en el auditorio. En la cicatriz de su ceja. En la frase que me dijo en el búnker: "Porque a su lado todo es tan absurdo que ya no tiene sentido mantener la compostura".

—Idiota —murmuré, corriendo—. Soy una idiota.

Y entonces, delante de mí, apareció un rebaño de cabras.

No eran pocas. Eran doscientas, quizá trescientas, ocupando todo el camino de lado a lado, avanzando con una lentitud majestuosa, balando con una indiferencia aristocrática. Detrás, a caballo de un burro, con un sombrero de paja y una caña de pescar en la mano, un viejo pastor canturreaba una canción sobre el amor y las ovejas.

—¡PERDONE! —grité.

—¡Buenos días, señorita! —respondió, alzando el sombrero con calma.

—¡NECESITO PASAR!

—¡Es una carretera pública!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.