Leyha Eysmar.
Hay hombres que se declaran con rosas, hombres que se declaran con poemas y hombres que se declaran con un anillo escondido en un pastel.
Samuel Davis se declaró con un reglamento.
—"Artículo uno" —repitió, con la voz firme y el papel temblándole en las manos—. "Todo militar debe, en toda circunstancia, abstenerse de cualquier relación afectiva con subordinados."
—Eso ya lo has leído —murmuré.
—Es la introducción.
—Es un mal comienzo.
—Es un comienzo reglamentario.
—Samuel...
—Déjame terminar.
Respiró hondo. A nuestro alrededor, trescientos soldados contenían el aliento. Pipe se había subido a una caja de municiones para ver mejor. Brunilda se aferraba al brazo del Oso. El cabo Pinzón sollozaba en silencio, con el delantal sobre la cara. El teniente Ballesteros, sin cámara, memorizaba la escena con los ojos muy abiertos, como si fuera a dibujarla después. La abuela Eulalia, con el cucharón apoyado en el hombro, asentía con aire de quien ve cómo una receta va saliendo bien. Y a sus pies, sobre el asfalto de la pista, Cornelio seguía roncando.
—"Artículo dos" —continuó Samuel—. "Los subordinados deberán obedecer las órdenes de sus superiores sin cuestionarlas."
—Yo nunca he cumplido ese.
—Lo sé.
—Ni uno solo.
—Es parte del problema.
—"Artículo tres. Se prohíbe el uso de calzado no reglamentario."
—Llevo tus botas puestas.
—Lo sé.
—Siempre las llevo.
—Y no te las he pedido de vuelta.
—¿Eso es una declaración?
—Es una infracción tolerada.
—Qué romántico.
—Es la forma más alta de ternura que conozco.
—Sigue.
—"Artículo cuatro. Queda prohibido incendiar, inundar, volar, derribar o destruir bienes del Estado."
—Ahí tengo un historial.
—Un expediente de cuarenta y tres páginas.
—¿Cuarenta y tres?
—Las cuenta el sargento Barrios.
—¡Es un exagerado!
—Ha tenido que pedir un archivador nuevo.
—Samuel, ¿vas a hacerme repasar todo el reglamento?
—Casi.
—¿Cuántos artículos quedan?
—Doscientos treinta y siete.
—¡NO!
—Es una broma.
—No lo parece.
—Quedan seis.
—Menos mal.
—"Artículo cinco." —Bajó el papel un momento, me miró y su voz se volvió más grave—. "Todo soldado tiene derecho a ser tratado con dignidad."
—Eso lo cumpliste más o menos.
—Lo incumplí a menudo.
—Me gritabas.
—Lo hacía por el protocolo.
—Me castigabas.
—Lo hacía por disimular.
—¿Disimular qué?
—Que cada vez que te veía caer, me daban ganas de reír.
—¿Y de ayudarme?
—Y de ayudarte.
—¿Y de abrazarme?
—Y de abrazarte.
—¿Y de besarme?
—Eso... —carraspeó, con las orejas encendidas— ...ya figura en el artículo siguiente.
—Pues léelo.
—"Artículo seis." —Tragó saliva—. "Ningún soldado será obligado a vivir sin afecto."
Se hizo un silencio. Pipe soltó un gemido ahogado. Brunilda se tapó la boca con ambas manos. El Oso se limpió una lágrima con un puño enorme.
—Ese artículo no existe —susurré.
—No.
—Lo has inventado.
—Lo he redactado esta madrugada.
—¿En el avión?
—En la pista, mientras esperaba el despegue.
—¿Con qué papel?
—El del billete.
—¿Y con qué lápiz?
—Con el de la azafata.
—¿Hay azafata en un avión militar?
—Era una sargento. Me lo prestó con muy buena cara.
Me eché a reír. Una risa nerviosa, temblorosa, que me hacía vibrar las rodillas. Samuel sonrió, con ese gesto torcido que me desarmaba, y dobló el papel con cuidado.
—Bueno —dijo—. Se me ha acabado el reglamento.
—¿Ya?
—Es un reglamento corto.
—¿Y ahora qué?
—Ahora viene lo difícil.
—¿Qué?
—Hablar sin papeles.
Se pasó una mano por el pelo. Respiró hondo. Miró hacia el cielo, hacia el suelo, hacia la hélice del avión, hacia cualquier lugar excepto hacia mí. Luego, con una lentitud dolorosa, se llevó una mano al bolsillo interior de su chaqueta, sacó un pequeño estuche de terciopelo azul y lo sostuvo entre los dedos, con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Leyha —dijo.
—Samuel.
—Hace dos meses cayó en mi base una mujer.
—Eso ya lo has contado.
—Con tacones.
—Ya lo sé.
—Y con aretes.
—También.
—Yo se los confisqué.
—Lo recuerdo.
—Los guardé en un cajón.
—Lo imaginé.
—Y no se los devolví.
—Lo sospechaba.
—Hasta hoy.
Abrió el estuche. Dentro, sobre un cojín de raso, brillaban dos pequeños aretes de diamante, relucientes, perfectos, los mismos que yo llevaba puestos el primer día y que él había secuestrado durante la inspección de las seis de la mañana. Se me cortó la respiración.
—Los has... limpiado —murmuré.
—Con un paño.
—Brillan más que antes.
—Se lo pedí a un joyero.
—¿Y ese joyero... era el teniente Ballesteros?
—Era un tío suyo.
—¿Cómo?
—Es una larga historia.
—¡Samuel!
—Pero no es esto lo importante.
Cerró el estuche. Lo guardó de nuevo en el bolsillo. Y entonces, con una torpeza adorable, tan impropia de un hombre de hueso de elefante, se arrodilló sobre el asfalto, con una rodilla en tierra, frente a mí, delante de trescientos soldados, un avión, una abuela, un pastor y un cerdo.
—Leyha Eysmar —dijo, con la voz ronca—. Yo no sé hacer esto.
—Lo estás haciendo muy bien.
—Soy un desastre.
—Un desastre adorable.
—No sé qué decir.
—Di lo que sientas.
—Siento que... —se humedeció los labios— ...que desde que llegaste, mi vida se ha vuelto un caos.
—Gracias.
—Que he perdido un jeep, un puente, un gallo de bronce, tres ollas y la compostura.
—Me alegro.
—Que me han humillado delante de un ministro, un coronel, tres mafiosos y un jilguero.
—Qué suerte.