Una estrella en el ejercito.

Capítulo 30: Te lo dije.

Leyha Eysmar.

El coche negro del Ministerio se detuvo frente a nosotros con un chirrido elegante, levantando una última nube de polvo que se posó con delicadeza sobre mis aretes recién estrenados.

Nadie respiró. Trescientos soldados, trece animales de dudosa procedencia, un pastor, un controlador aéreo asomado a su torre y un piloto con cara de mártir contemplaban en silencio cómo se abría la portezuela trasera.

Descendió primero un zapato brillante. Luego un pantalón de raya impecable. Después un traje oscuro, una corbata perfectamente anudada, una calva reluciente y una expresión de aburrimiento tan profundo que casi parecía una forma de arte.

—Buenos días, damas y caballeros —dijo el Ministro de Defensa, ajustándose los gemelos con parsimonia—. Veo que hay un pequeño... retraso.

—Señor Ministro —dijo Samuel, cuadrándose automáticamente, con la gorra bajo el brazo y yo todavía agarrada a su manga.

—Descanse, General.

—Señor, puedo explicarlo.

—No hace falta.

—Pero...

—Lo he visto todo.

—¿Cómo?

—Con prismáticos. Desde el kilómetro cuatro.

—¿Desde el...?

—Mi chófer es muy lento. Me tomé la libertad de ver el espectáculo.

Se hizo un silencio mortal. Samuel palideció. Yo me escondí a medias detrás de su hombro. Pipe, desde el suelo, se tapó la cabeza con ambas manos.

—Una carrera de seis kilómetros —prosiguió el Ministro, contando con los dedos—. Un rebaño de cabras. Un jabalí. Un río. Un avión detenido por una mujer en mitad de una pista. Un reglamento recitado como declaración de amor. Una canción improvisada. Una boda... —hizo una pausa teatral— ...aceptada con aplauso general.

—Señor...

—Es lo más ridículo que he presenciado en cuarenta años de servicio.

—Lo sé, señor.

—Y lo más conmovedor.

Samuel parpadeó.

—¿Cómo dice, señor?

—Lo que oye.

El Ministro sacó un pañuelo de seda del bolsillo, se secó los ojos con discreción (juro que vi una lágrima) y se sonó la nariz con un trompeteo digno de una orquesta.

—Disculpen —dijo—. Soy un hombre sensible.

—Señor Ministro —dije, asomando la cabeza—. ¿Viene a detener al general?

—¿Detenerlo? —arqueó una ceja—. ¿Por qué?

—Por desobedecer una orden.

—Ah, esa.

—Sí, esa.

—Tengo una noticia para usted, general.

—Le escucho, señor.

—La orden de traslado... —sacó un sobre del bolsillo, lo rompió por la mitad con un gesto teatral y lo dejó caer al suelo— ...ha sido anulada.

Un murmullo recorrió las filas. Samuel se quedó inmóvil, con la boca entreabierta.

—¿Anulada, señor?

—Por error administrativo.

—¿Qué error?

—Uno muy oportuno.

—¿Cuál?

—El de mi firma.

—No comprendo.

—La orden, mi querido general, la redacté yo. Con mi pluma. A las cuatro de la madrugada. En la escalinata de un teatro cubierto de lentejas.

—¿Usted?

—Quería ver qué ocurría.

—¿Qué ocurría... cuándo?

—Si los dos eran tan tercos como sospechaba.

Un silencio estupefacto cayó sobre el aeródromo. Yo abrí la boca. La cerré. La volví a abrir. Samuel, a mi lado, parecía haberse convertido en una estatua de sal.

—Señor —dijo, con la voz estrangulada—. ¿Está usted diciendo que... todo esto...?

—Fue un pequeño experimento.

—¿Un experimento?

—Con apuestas.

—¿CON APUESTAS?

—Cincuenta dólares. A que ella correría tras usted.

—¡SEÑOR!

—Y otros cincuenta a que usted se declararía con un reglamento.

—¡¡SEÑOR!!

—Gané los dos.

Samuel se tapó la cara con ambas manos. Yo solté una carcajada que se convirtió en un sollozo, que se convirtió en un ataque de risa histérica. Los soldados, uno a uno, empezaron a reír también, primero en voz baja, luego a carcajadas, hasta que todo el aeródromo se estremecía de hilaridad.

—Es usted un monstruo —dijo Samuel, entre los dedos.

—Es mi especialidad —respondió el Ministro, con una sonrisa beatífica—. Aunque la frase me suena de otro lugar.

—¿Y mi puesto?

—Sigue en la Base Fuerte Roble.

—¿Como general?

—Como general... y como esposo, si lo permite el reglamento.

—El reglamento —murmuró Samuel— lo permite si el general lo autoriza.

—Y usted es el general.

—Me autorizo.

—Así se hace.

—¿Y ella? —pregunté, con un hilo de voz—. ¿Qué pasa con la oferta? ¿La de Embajadora?

—Ah, señorita Eysmar. —El Ministro se volvió hacia mí con una reverencia exagerada—. Esa sigue en pie. Con una pequeña modificación.

—¿Cuál?

—La sede no será la Capital.

—¿No?

—Será aquí.

Se me paró el corazón.

—¿Aquí?

—En la Base Fuerte Roble. Con un teatro propio, que se construirá junto al campo de maniobras. Con giras, álbumes y festivales. Y con un único requisito.

—¿Cuál?

—Que usted siga cantando.

—¿Y el chófer?

—Es opcional.

—Prefiero un burro.

—Lo tendrá.

El viejo pastor, desde su carreta, se quitó el sombrero con orgullo. El burro, por su parte, soltó un rebuzno aprobatorio.

—Señor Ministro —dije, con las lágrimas rodándome por las mejillas—. No sé qué decir.

—No diga nada. Cante.

—¿Ahora?

—Es un buen momento.

Miré a Samuel. Él me sonrió, con los ojos brillantes. Miré a mis amigos, a mi abuela, a mi pelotón. Miré el avión, la pista, el cielo gris que empezaba a abrirse en un claro de luz dorada. Y, con una sonrisa temblorosa, abrí la boca y volví a cantar.

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La boda se celebró el veinte de diciembre.

Fue la ceremonia más caótica, ruidosa, emocionante y desastrosa que se ha visto jamás en la historia de las fuerzas armadas, lo cual, dados los antecedentes, resulta una proeza.

Se celebró en el campo de maniobras, bajo un cielo de un azul glorioso y una nevada ligera que cayó, con puntualidad cinematográfica, justo cuando yo empezaba a caminar hacia el altar. El escenario del concierto había sido transformado en un altar improvisado, con guirnaldas de papel, farolillos de colores, ramos de flores silvestres (que Samuel había cultivado en secreto, en un cajón de su despacho, durante dos meses) y una pancarta enorme que rezaba: **"VIVAN LOS NOVIOS. SIMPLEMENTE DE TODO."**




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