Leyha Eysmar.
Hay secretos que se guardan con llave, secretos que se guardan con juramento y secretos que se guardan en la base Fuerte Roble, que son los que duran exactamente lo que tarda en hervir un huevo duro.
El mío duró cuarenta minutos.
Todo empezó un martes de febrero, a las seis y cuarto de la mañana, en el cuarto de baño de nuestra casa de matrimonio, una casita de madera con tejado rojo que el Ministerio había mandado construir junto al campo de maniobras, "para la Embajadora Cultural y su señor esposo, el general". Estaba sentada en el borde de la bañera, con los pies descalzos sobre las baldosas frías, mirando fijamente dos objetos de plástico que descansaban sobre el lavabo.
Eran dos pruebas de embarazo.
Las dos tenían dos rayitas.
—No —murmuré.
Cogí la primera. La acerqué a la luz. Dos rayitas. Cogí la segunda. Dos rayitas más oscuras todavía. Las puse una al lado de la otra, en fila, como quien alinea soldados. Las miré. Parpadeé. Volví a mirar.
—No puede ser —dije, en voz alta, a nadie en particular.
—Mé —respondió una voz a mi espalda.
Pegué un brinco. Cornelio, el cerdo, que desde la boda se había mudado a nuestro porche "de forma provisional" y llevaba ya cuatro meses instalado en el felpudo, me observaba desde el umbral con la cabeza ladeada.
—¿Qué miras?
—Mé.
—No es asunto tuyo.
—Mé.
—Es privado.
—Mé.
—Y no se lo cuentes a nadie.
—Mé.
—Ni a Mariscal.
—Mé.
—Ni al jilguero.
El cerdo resopló, dio media vuelta y se marchó trotando por el pasillo, con la dignidad de quien no piensa comprometerse con nada.
Me quedé sentada, con las pruebas en la mano, y empecé a sentir una cosa rara en la barriga. No era náusea. Era algo más cálido, más extraño, una especie de burbujita de pánico mezclada con una felicidad enorme, como si hubiera tragado una botella de champán y un reglamento militar al mismo tiempo.
—Voy a ser madre —susurré.
Silencio.
—Voy a ser madre —repetí, un poco más alto.
El silencio siguió.
—¡VOY A SER MADRE!
—¿Has dicho algo, cariño? —preguntó la voz de Samuel desde el dormitorio.
Me quedé helada.
—¡NO! —chillé.
—Me ha parecido oírte.
—¡Era la radio!
—Estamos en el baño.
—¡Un... eco!
—Esta casa no tiene eco.
—¡Una... gaviota!
—Estamos a cien kilómetros del mar.
—¡UN PÁJARO MUY GRANDE!
—¿Estás bien?
—¡PERFECTAMENTE!
—Voy a entrar.
—¡NO!
—Por qué no?
—¡ESTOY... DESNUDA!
—Llevamos casados dos meses.
—¡ES UNA CUESTIÓN DE... PUDOR MATINAL!
Se hizo un silencio de sospecha. Escondí las pruebas a toda prisa debajo de una toalla, las metí en el cesto de la ropa sucia, las cubrí con un calcetín, las tapé con otro, y salí del baño con una sonrisa tan forzada que me dolían las mejillas.
—Buenos días —dije.
—Buenos días —respondió Samuel, sentado en el borde de la cama, abotonándose la camisa del uniforme. Me miró con ojos entornados—. ¿Seguro que estás bien?
—Perfectamente.
—Estás roja.
—Es el vapor.
—No has abierto la ducha.
—Es... un vapor emocional.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Leyha.
—Nada de nada.
—Tienes un calcetín pegado a la oreja.
Me llevé la mano a la oreja. Efectivamente, tenía un calcetín colgando. Lo arranqué y lo escondí tras la espalda.
—Es un accesorio —dije.
—Qué elegante.
—Es la moda de la Capital.
—Estamos en la base.
—Es la moda de la base.
—Ya.
Samuel se puso de pie. Se acercó. Me tomó la barbilla con dos dedos y me miró a los ojos, con esa intensidad de general que tenía cuando sabía que le ocultaban algo.
—Me estás ocultando algo.
—No.
—Sí.
—No.
—Tu pulso va a ciento veinte.
—Es la edad.
—Tienes veintiocho años.
—Es... la sopa.
—No has desayunado.
—Es la sopa de ayer.
—Leyha...
—¡TENGO QUE IR A UN ENSAYO!
—Son las seis y media.
—¡ES UN ENSAYO MUY MATUTINO!
—¿Con quién?
—¡CON... LA BANDA!
—¿A estas horas?
—¡Los músicos son muy madrugadores!
—Leyha...
—¡ADIÓS!
Salí corriendo, con el abrigo a medio poner, los zapatos en la mano y una sensación de haber hecho el ridículo más grande de mi vida. Oí la voz de Samuel a mis espaldas, preocupada y divertida:
—¡No te olvides de desayunar!
—¡SÍ, MI GENERAL!
—¡Y de respirar!
—¡LO HARÉ!
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Lo primero que hice fue buscar a Pipe.
Pipe, que desde la boda había sido ascendido a Sargento de Moral y Entretenimiento (un cargo inventado por el Ministro "para canalizar su energía"), vivía en un cuarto junto a la cocina, rodeado de maracas, programas de teatro y un mural de fotografías de jilgueros. Cuando abrí la puerta de golpe, estaba sentado en el suelo, cosiendo un disfraz de gallina.
—¡Pipe! —exclamé, jadeando.
—¡Leyha! —respondió él, con una sonrisa radiante—. ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?
—Necesito un favor.
—Lo que quieras.
—Es un secreto.
—Soy una tumba.
—Es muy importante.
—Lo guardaré con mi vida.
—Es... —respiré hondo— ...es una cosa muy grande.
—¿Cómo de grande?
—Enorme.
—¿Más que el jacuzzi?
—Mucho más.
—¿Más que el jabalí?
—Muchísimo más.
—Dime. Me estás asustando.
Cerré la puerta. Me senté en el suelo frente a él. Le tomé las manos. Lo miré a los ojos. Y, con un hilo de voz, dije:
—Estoy embarazada.
Pipe se quedó inmóvil. Parpadeó. Abrió la boca. La cerró. La abrió de nuevo. Y de pronto, con una rapidez asombrosa, se tapó la boca con las dos manos, soltó un chillido agudísimo y se puso a dar saltitos sentado, agitando los pies como un niño en Navidad.
—¡¡¡AAAAAAAH!!! —gritó, ahogado entre las manos.
—¡CHIIIIST!