Una pausa para el amor

Capítulo 8

Veo cómo él lleva sus maletas hasta el vehículo, sin saber que esta será la última vez que me vea.
Respiro profundo; en esta vida tal vez no pudimos estar juntos, pero tal vez en la próxima, si es que existe.

—Es hora de irnos. —Me dice mi mamá tocando mi hombro; no soy capaz de hablar, así que solo asiento para seguir sus pasos.

Sé que llevaré siempre conmigo todo lo que vivimos, y no hablo de los últimos tres días. Estoy hablando de todos los años, travesuras y todo lo relacionado; necesito saber que esto siempre será una marca en lo más profundo de mi ser.

Siempre como la primera lágrima se desliza por mi mejilla, sin poder detener más todo lo que siento; ni importa, esto es lo que en realidad somos, dos personas en un mundo distinto.

Él tan alto y yo tan bajo.

Ese pequeño pensamiento se apodera de mí, pero esa es la verdadera razón: el estatus social, la diferencia de tener y no tener.

Tal vez sus padres nunca imaginaron tener problemas de esta clase con su hijo, por la hija de la sirvienta.

Porque esa es la verdad, pensaron que Robert podría verme como una hermana, amiga o lo que sea que pensaron, pero nunca pensaron que crecerían sentimientos reales.

Nunca en su mente, donde todos son inferiores a ellos, nunca se les cruzó la idea de que su apreciado hijo se fijaría en quien le estaban haciendo caridad.

Aquello me dolía, pero esto era lo correcto. Ya no podíamos estar aguantando tantas humillaciones, que trapearan el piso con nosotras; me niego definitivamente.

—Es hora, ya el taxi espera por nosotras. —Aquella hace que sepa que es real, que todo lo que estamos pasando no es una broma.

Miro por última vez la casa que me brindó años de felicidad, porque no puedo opacar esos años por lo que está pasando en este momento, no, me niego a tal insulto.

—Adiós.

Un adiós, que se quedaran con las risas vividas, con los abrazos de corazón, con todas aquellas personas importantes para nosotros.

Subo de una vez por todas al auto, que nos llevará a nuestro próximo destino.

Un destino incierto que cada minuto que pasa pesa más que el anterior.

Extrañaré esta parte de mi vida, pero sé que puedo revivirla con cada recuerdo en mi mente.

Calles pasan y pasan, porque ese es el precio a pagar.

El silencio reinaba dentro del vehículo, hasta que mi madre habló como si aquello ya no pudiera aguantar más.

Sé que ella merece una explicación a todo.

—¿Qué pasó en realidad?

¿La realidad?

Una realidad que ni yo entiendo; comprendo su molestia, pero no soy la única que tomó la decisión de amar.

—Yo… —Un suspiro sale de mi boca por el cansancio que provoca todo esto. —No sé en realidad qué pasó, solo que mi gran error fue dejarme llevar por mis sentimientos.

Hasta ahora soy capaz de sostener su mirada, pero ella solo me observa y toma mi mano para darme el apoyo que necesito.

—Ahora quiero, no necesito que seas una gran mujer.

Yo asiento, pensando que entendía lo que quería decirme.

—Por eso mismo necesito que tomes la beca y te vayas del país.

Esto que suelta me deja un mal sabor de boca.

¿Irme? La veo, solo esperando que me diga que todo se trata de una broma, porque la seriedad en su rostro me lo demuestra.

—Tienes esa oportunidad para que nadie más te vuelva a humillar y yo, como tu madre, te tengo que abrir los ojos; de amor no se vive.

Parece que el tiempo se detiene, dejándome sin poder respirar.

—Hija. —Me dice mi mamá, como si supiera que dentro de mí no queda nada, absolutamente nada.

—Sé que lo que te estoy pidiendo es demasiado para ti en estos momentos, pero solo lo hago por tu bien.

—Lo que me pides es dejar todo atrás.

Ella no contesta, solo me dice como diciendo que es mi última oportunidad.

—Piensa bien tu decisión y en tres días me das una respuesta.

Tres días.

Serán suficientes para poner en orden mis pensamientos y decidir qué es lo que quiero.

El transcurso del viaje se hace en silencio; cada una va metida en sus pensamientos.

Sé que ella lo hace todo por mi bien, y que esta es una oportunidad que nadie desperdiciaria.

Tenía que pensarlo con la cabeza bien fría. No con los sentimientos que podrían nublar su juicio.

Minutos más tarde llegamos donde estaba nuestro hogar, donde veníamos a pasar las vacaciones, mientras ellos se iban de vacaciones por todo el mundo.

Aquí está la casa donde nunca seré echada.

Una vez instalada con lo poco que habían llevado, algunas maletas llegarían mañana, y así termina esa etapa en la vida.

Unas maletas como mudanzas y nada más.

Los días habían pasado y, como se lo había dicho su madre, tendría que dar una respuesta.

Viéndome en el espejo mis pensamientos hicieron acto de presencia; sabía que no podía huir más, ya que era una decisión tomada, no podía echarme para atrás.




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