Cheshire, 1818.
—“Mujer fue encontrada degollada y abandonada en puerto de Hasting” —leyó la Condesa de Portland, lo bastante aterrorizada como para sacudir la cabeza y cambiar la página del periódico para olvidar tal escena espantosa—. Dios, pobre muchacha…
Como cada mañana, Amanda Russell, hermana menor del difunto vizconde Lord Ian Crawford, se sentó en el comedor a leer a escondidas el periódico que se le proporcionaba a su esposo a primera hora del día. Era una de sus pocas entretenciones, algo que la mantenía conectada al mundo del que fue apartada desde que contrajo matrimonio con Lord Russell, pero que, sin embargo, le era prohibido. Como cada actividad de aquella casa, Amanda sólo tenía permitido tejer, bordar, pasar horas mirando por la ventana y, por supuesto, realizar sus deberes conyugales cuando se le requería. Era una vida asfixiante que cada día la mataba, pero que, aunque quisiera escapar, no tenía lugar ni familia a donde pudiera ir.
Su madre y su sobrino perecieron hace unos cuatro años. Y, desafortunadamente, su hermano los acompañó hace un par de años en el más allá dejándola sola en un mundo cruel como ese.
¿Qué más podía hacer sino rezar porque la muerte la llevase lo más pronto posible?
Asustada al escuchar unos pesados pasos provenir desde el pasillo, dejó el periódico en el puesto del conde y, con la cabeza agachada, esperó a que él la acompañara. Apareciendo en la habitación, el Conde de Portland, un anciano que estaba más cerca de cumplir los ochenta que de pensar en estirar la pata, caminó apoyado de su bastón hasta posicionarse tras el asiento donde su joven esposa lo esperaba. Se inclinó a olfatear su cabello castaño y tras acariciarle el hombro, le susurró en un tono morboso que causó náuseas en Lady Russell.
—Espero que no estés cansada, querida, porque esta noche te quiero en mi alcoba, florecilla.
Luego, ignorando la mueca de la muchacha, se sentó a la cabecera de la mesa y se dispuso a leer el periódico tras ordenarle que comiera. Amanda, que no podía soportar la presencia del hombre, se esforzó por probar un bocado del desayuno tratando de olvidar el infierno que se le venía esa noche. Fue entonces que escuchó la risa tosca de Lord Russell junto con la burla que brotó de su asquerosa boca.
—Con que esa bruja consiguió engatusar a otro pobre idiota. Ya no tienes cuñada, florecilla. Supo jugar bien sus cartas para engañar a otra alma que caerá en desgracia —se mofó sin piedad—. El hijo de Gallagher se lo merece. Alguien tiene que pagar por apartarme de ella —masculló con amargura mientras observaba los retratos y una ilustración de los nuevos Marqueses de Bristol—. Me pregunto cuánto durará antes de que esa bruja consiga asesinarlo…
Amanda frunció el ceño. Por correspondencia de la Marquesa de Winchester, antigua amiga de la familia Crawford, se enteró de la terrible noticia sobre la muerte de su hermano en el mismo día en que se casó con Hazel Allen, una joven a la que no le tenía aprecio en lo absoluto, pero que, aun así, no pudo culparla cuando era la misma Amanda quien sabía la naturaleza de su hermano.
Si no resultó ser un buen hermano ni un padre presente, mucho menos sería un buen esposo, tal como no lo fue con Felicia, su primera esposa.
No lo lloró demasiado ni cuando la muerte sucumbió a un escándalo, ni cuando se enteró que en realidad no fue envenenado sino que llevaba meses enfermo del corazón y nadie lo sabía más que su médico, y, sin embargo, seguía sintiéndose una persona terrible cuando no pudo asistir al funeral debido a que Lord Russell no lo había permitido de ninguna forma.
Ahora todo ya estaba hecho. Amanda sólo esperaba ser la última Crawford en morir para por fin poder ser libre de tanta crueldad que ha vivido durante su vida. Así que rezaba. Rezaba mucho. Porque si no lo hacía, no le quedaba nada más. Sabría entonces que ni siquiera Dios la amaba lo suficiente como para quererla a su lado…
—¿Qué? Pero, ¿qué es lo que estoy viendo? —Amanda volvió a dirigirle la mirada a su esposo, quien dejó el periódico sobre la mesa para ajustarse los anteojos de lectura antes de señalar una ilustración— ¿No te parece familiar ese jovencito, florecilla?
Amanda se inclinó para examinar la página. Se trataba de una ilustración que retrataba a los Allen, muy por debajo de la noticia donde el Marqués de Bristol contrajo matrimonio con la hija de esa cuestionable familia, pero que contenía algo que provocó que el corazón de la joven condesa se acelerara sin poder creer lo que sus ojos observaban.
“Ese niño… No puede ser”.
—P-Por favor, mi señor… —suplicó con desesperación—. Por favor, lea la noticia para mí. Se lo ruego.
El anciano rodó los ojos con fastidio, pero aun así decidió ser bueno con ella por una vez y le leyó la noticia. Al parecer, a pocos días de que la alta sociedad se enterase que la boda más esperada de la temporada sería realizada en otra ciudad y de que nadie estaba invitado más que los Collins o los Lethood, la familia Allen comenzó a aumentar una vez más su popularidad cuando descubrieron, de manera inesperada, de que un niño era el nuevo integrante familiar. No hizo falta demasiado cuando, a dos días de que los Allen y los Gallagher se hubiesen marchado de Londres, la Marquesa de Winchester soltara aquel escándalo durante una fiesta de té a la que asistieron varias de las más recatadas damas de la sociedad.
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Editado: 06.10.2026