Una Sola Noche

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La estoy escuchando y soy incapaz de superar mi decepción. El tiempo vuela tan rápido. La medianoche está cada vez más cerca. Mi vista se aclara gradualmente, regresando a su estado habitual. Espero ver la cara del Ángel antes de que termine esta mágica noche.

-En realidad, esta es la primera vez que veo algo así –la profesora tose para limpiar la garganta, o pretende alargar el tiempo para poder pensar bien en lo que va a decir–. Normalmente son nuestros alumnos quienes suelen ganar la votación. Nunca antes ha ganado un invitado. Pero si votos se han determinado de esta manera, ya nada se puede cambiar.

-¡Entonces no vamos a cambiar nada! –grita alguien.

-¡Sí! –otros lo apoyan–. ¿Para qué cambiar si esta es nuestra elección?

-Está bien, chicos –se ríe la maestra–. Creo que ya todos saben cuál es el resultado. La decisión fue casi unánime. Nunca antes hemos tenido un rey con un nombre tan poco común.

“Ángel” –tengo ganas de susurrar–. “Ángel”. 

-Sonia y... ¡su novio! –concluye solemnemente la profesora–. Sonia Orlova. Espero que estés contenta con la victoria. ¿Y tu novio? Sería bien que se presentara.

Por un segundo entro en shock. Escucho unos fuertes aplausos, eso me devuelve a la realidad, pero todavía no puedo creer lo que escuché hace un par de segundos.

Sonia Orlova. Esa soy yo. Es mi nombre. ¿Fue realmente nombrado en el escenario? Y mi novio no es... mío. Lo veo  por primera vez en mi vida. ¿O no? Si contamos nuestros probables encuentros, entonces nos conocemos desde hace aproximadamente un año. Es mucho tiempo.

-¡No! –grita Inga–. Ella no puede ser la ganadora. Qué tontería es esa. Seguramente es un fraude. Sus amigas pusieron un montón de papeletas falsas a la urna y alteraron el resultado. Hay que volver a votar.

- Inga, tranquilízate –Vania intenta hacerle entrar a la razón –. ¿Qué te pasa? Tómalo con calma…

-Cállate –espeta la chica perdiendo el control–. ¿Y qué hay de él? ¿Cómo podría ganar? ¡Él ni siquiera es de nuestro colegio! Usted misma lo ha dicho. Nunca había sucedido algo así. Es un estudiante de universidad. No puede ser ganador de una fiesta del colegio.

-Gana el por quien dieron más votos –dice la profesora–. Invito al rey y a la reina que suban al escenario. Es hora de recibir el premio.

Nos tienen que entregar unas cintas con la inscripción "Rey del baile" y "Reina del baile". Todavía no puedo creer que esto en realidad suceda. Mucha gente votó por nosotros. ¿Pero por qué? ¿Porque están hartos del comportamiento de Inga?

-¡No! –chilla la chica–. Esto no debería pasar. ¡Es incorrecto!

-Tienes que calmarte, Inga –dice la maestra con severidad –. Si tú no ganaste, eso aún no significa que hubo un fraude.

Lo siguiente sucede demasiado rápido. Ángel de repente me esconde detrás de su espalda, me cubre con su propio cuerpo. Se oye el sonido del vidrio roto. Yo me estremezco, me arrimo con más fuerza a la espalda del chico. ¿Qué está pasando? ¿Qué pasa? Oigo las voces indignadas a mi alrededor.

-Inga, ¿te has vuelto loca?                                      

-Vania, ¡tranquiliza a esa histérica!                          

-Que mierda. Ella no ganó, y quién, según ella, tiene la culpa es Sonia. Esa chica rica ya nos tiene hartos, es hora de ponerla en su lugar. ¿Cuánto más nos va a fastidiar?

 La profesora saca a Inga del salón. Le ayuda el vigilante, y Vania, tal parece, también. La chica se pone histérica. Es imposible calmarla. La escena se vuelve fea.

-¿Qué hizo Inga? –pregunto–. He oído el sonido de cristales rotos.

-Te arrojó una jarra de cristal.                                     

Me quedo aturdida. No tengo palabras. Como ya es habitual, Ángel me toma en sus brazos, me lleva lejos de la multitud ruidosa, me ayuda a sentarse en un banco y comienza a examinar, cuidadosamente pasando sus manos por mi cuerpo. Su enorme silueta de repente se arrodilla frente a mí. Puedo sentir unas oleadas de tensión que emanan de él.

-¿Qué sucedió? –estoy perpleja.

-Tu pierna.                                                               

Él cuidadosamente pone sus dedos alrededor de mi tobillo y levanta mi pierna del suelo.

 -Estoy bien –encojo los hombros–. No me duele nada.

-Uno de los escombros te ha alcanzado –dice el chico con enojo–. Estás herida. Hay un corte por aquí. No muy profundo, pero puede dejarte una cicatriz.

Habla como si se culpara a sí mismo por lo sucedido. No me defendió, no lo vio venir. Pero, de hecho, su reacción era extremadamente rápida. Supo cómo comportarse para protegerme de aquella jarra de cristal. Oh, no me sorprendería que Inga apuntara a mi cabeza.

-Me salvaste de nuevo –susurro.                            

Él no responde, solo rodea mi tobillo con sus dedos otra vez, y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Un dulce temblor se expande debajo de mi piel. Realmente no siento ningún dolor. Tal vez, la gran conmoción atenúa las sensaciones. ¿O tal vez, me invaden otras emociones?




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