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Cap. 5: Aserejé (Las Ketchup)

Sergio observaba metódicamente los planos de geometría que tenía que representar.
Los entendía de sobra, pero el ordenador no parecía obedecerle. O al menos el software que estaba usando.
Levantó la mano con la esperanza de que le atendiera la profesora de maques.
La chica de corte bob y cabello oscuro que estaba sentada al lado se asomó.
—Guárdalo en un pincho y reinicia el programa, Siro.
Se quedó quieto y la miró.
—¿Cómo me has llamado?
—Siro, ¿no te llamas Sergio?
Parecía seguir una lógica propia. No iba a discutir con ella, ya estaba bastante cabreado con el ordenador y no quería perder el tiempo.
—¿Te ayudo, Sergio? —Carlos habló por el otro lado.
Sergio miró su pantalla y revisó la barra de tareas. No le gustaba la idea de tener a Carlos rondando.
—¡No, gracias!
La profesora llegó al fin. Sergio le expuso su problema, y mágicamente, ya no era tal.
—¡Qué ganas de molestar al profesorado, de verdad! —Carlos se quejó con vehemencia.
Pudieron entregar los trabajos y aún faltaban dos minutos para acabar la clase.
La chica se levantó con energía y rodeó a Sergio, interponiéndose entre ambos y miraba directamente al último en quejarse.
—No sé lo que has hecho, pero el pobre Siro no tiene la culpa del tamaño de tu ego, gilipollas.
—Disculpa, mona, pero le intentaba ayudar como has hecho tú con ese comentario.
La chica le gruñó, pero no dijo más. Eso bastó para que, al recoger, Sergio intentara agradecérselo. Salieron juntos de la clase.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—¡Oh, ya, vale! —Mostró una tímida sonrisa y se puso las gafas y una gorra—. Soy Cristina, la tiktoker de lectura, y estoy enganchada a los libros de diseño de tu padre.
Tanta información le abrumó. Él apenas tenía redes sociales. ¿Y había una lectora a la que le gustaban los libros de arquitectura? Parecía una realidad alternativa.
—No es por parecer cotilla, pero no hilo las cosas que me has dicho, Cristina.
—¿Sabes lo que es TikTok? Pues yo hablo de los libros que leo.
—Tengo cuenta, pero no la uso; al igual que las otras redes sociales. —Sergio puso los ojos en blanco.
—Pues hace seis meses, al principio del curso, cayó en mis manos un par de libros de arquitectura que hablaban de las obras de tu padre y su estudio. ¡Me encantaría escribir alguna novela ambientada en esas estructuras!
—Me alegra saber que son inspiradoras más allá de la arquitectura, porque yo aspiro a alcanzarles, pero de libros… ahí me pillas en blanco.
Cristina se dirigió a la biblioteca del instituto, que estaba de camino al aula de Sergio.
—Yo me quedaré a mejorar mi vocabulario. Me encanta haber conocido por fin al hijo de mi ídolo. ¡Hasta pronto!
Sergio se dirigía a seguir su camino cuando reparó en que Carlos le seguía como un perro rabioso. Y con la mano en la espalda de Cristina, la empujó con suavidad para entrar tras ella.
La chica se dio cuenta de la maniobra y se esperó a que el supuesto cazador pasara de largo de la cueva.
—¿Tienes problemas con el mercenario?
—¿Cómo has dicho?
—Carlos Mercero, en clase de informática le llamamos mercenario. ¡No sabía que también compartía maquetación con él, qué fuerte!
—Pues no sé si aplaudir esa genialidad o dejarlo estar. —Sonreía con complicidad, aunque mirara por la puerta, esperando que no volviera.
—Ya, es bastante manipulador si se lo propone, la verdad. —Cristina se acercó a Sergio, que no se dio cuenta de las intenciones de la chica.
—¡Ese adjetivo le va más exacto! —Se giró y se la topó a quince centímetros de su cara. Parpadeó, pero no se apartó—. ¿Qué haces?
—Darte una excusa para que te deje tranquilo.
—Excusa no es lo que me hace falta, lo siento. —Sergio intentó dar un paso atrás, cerrando la puerta de la biblioteca—. No me interesas en ese sentido.
—¿Por qué? —Cristina señaló la ventana de la biblioteca y se acercó un poco más.
—¿Cómo que por qué? ¡Porque no quiero nada contigo! —Empezó a temblar su voz y a agobiarse con la invasión de la chica.
—¡Dilo! —Fue acercándose a su cara, aún más—. ¿Por qué no podría besar al hermoso príncipe de Castro Arquitectos? —Llegó a tenerle acorralado a diez centímetros de besarle—. ¿Qué te impide recibir un beso, si aquí nadie nos verá?
Dudó si era momento de admitirlo en voz alta y la misma respuesta se la había dado ella: porque estaban solos.
—¡Porque estoy enamorado de otra!
Cristina se apartó de él como si de repente se hubiera descubierto el sistema volumétrico.
—¡Ya era hora!
La impresión hizo que le flaquearan las piernas y tuvo que apoyarse del todo en la puerta y cayó, por resbalón, al suelo.
Desde su posición la revisó detenidamente. Cristina era una chica muy alta y delgada, con el cabello ligeramente azulado y abultado, y finos rasgos asiáticos que contrastaban con los rasgos que acababa de demostrar.
Se dio cuenta de que el corazón le iba a mil por hora.
—Creo que me he perdido algo por el camino. —Se puso en pie—. ¿Estás bien de la cabeza?
Ella respondió con un zapatazo, los puños a ambos lados de la cintura y gesto de niña con rabieta infantil.
—¡Estoy perfectamente!
—¡No, no lo estás! —Sergio se agarró el pecho, cada vez estaba más ofuscado—. ¿Por qué has hecho eso?
—¡Vale, vale, vale! —Cristina alzó las manos en rendición—. Os llevo observando al príncipe y a la belleza este último curso desde esa ventana de ahí —volvió a señalar la ventana de la biblioteca—, y necesitabas soltarlo.
—No te ofendas, Cristina, pero… ¿Quién eres para meterte en la vida de los demás?
—¡Oh, no te preocupes, no me ofendo por eso! —Se acercó a él de nuevo, pero agarró el manillar de la puerta—. Solo has de acordarte de mí cuando Jennifer Sastre te provoque celos.
Cristina abrió la puerta, pasó y cerró, dejando a Sergio completamente descolocado.
Intentó recriminárselo; pero al abrir la puerta, quien pasaba por el pasillo era una sorprendida Jennifer al verle.
—¿Estabas en la biblioteca, Sergio?




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