Taylor.
Hay frases que una nunca quiere escuchar un viernes a las siete y diez de la tarde, con el bolso ya colgado del hombro y el ordenador apagado. Y la peor de todas, la que me hizo detenerme a medio camino del ascensor, fue esta:
—Hills, venga a mi despacho.
Salvatore Ferreiro no pedía las cosas, las ordenaba. Y lo hacía con esa voz grave y seca que parecía diseñada para que las rodillas de cualquier empleado dejaran de funcionar. Yo llevaba cuatro años trabajando como su secretaria y todavía no había logrado inmunizarme.
Di media vuelta, respiré hondo y entré en su despacho con mi mejor sonrisa profesional. Él estaba de pie junto al ventanal, con las manos en los bolsillos del pantalón y la corbata ligeramente aflojada, que en un hombre como él equivalía a un desastre emocional. Fuera, Nueva York se encendía poco a poco bajo un cielo anaranjado.
—El informe del departamento de finanzas —dijo sin mirarme—. Lo necesito en mi ático esta noche.
Parpadeé. Una, dos, tres veces.
—¿Esta noche, señor?
—Esta noche. Tengo una reunión a primera hora de la mañana y quiero revisarlo con calma. Llévelo usted misma. Mi chófer la espera abajo.
—Señor, es viernes. Son más de las siete y yo...
Me miró entonces. Solo me miró, con esos ojos oscuros que parecían atravesarme el cráneo y leerme los pensamientos, y se me secó la garganta.
—¿Tiene algún problema, señorita Hills?
—Ninguno, señor —mentí con la sonrisa más falsa de mi vida—. Ahora mismo se lo llevo.
Salí de su despacho con la carpeta apretada contra el pecho y, en cuanto las puertas del ascensor se cerraron a mi espalda, solté todo lo que me había guardado.
—Maldito jefe tirano, insoportable, egocéntrico, antipático, con complejo de dios griego. Un viernes. Un viernes por la noche. ¿Quién demonios revisa un informe de finanzas un viernes por la noche?
El ascensor no me contestó, por supuesto. Pero mi móvil sí vibró, y en la pantalla apareció la foto de mi mejor amigo, el ser más peludo, más leal y más baboso que existía en este planeta: Pulgoso, mi golden retriever, sentado en el sofá con una manta sobre el lomo y cara de estar esperándome.
Porque esa noche teníamos plan. Un plan sagrado. Palomitas con mantequilla, pijama de ositos, una maratón de películas románticas que yo fingiría no llorar y él fingiría no dormirse. Llevaba toda la semana esperándolo.
Marqué el número de mi vecina, la señora Dolores, que a veces le daba de comer cuando yo llegaba tarde.
—Dolores, ¿puede asomarse a mi casa y darle de cenar a Pulgoso? Y dígale que lo siento mucho, que mamá volverá en cuanto pueda. Y que no se coma mis zapatillas.
—Ay, hija, ese perro sufre más que tú —respondió ella riéndose.
—Lo sé. Yo también estoy sufriendo, Dolores. Créame.
Colgué y subí al coche con el alma hecha un trapo.
Durante todo el trayecto, mirando las luces de la ciudad pasar por la ventanilla, fui ensayando mentalmente todas las cosas que le diría a mi jefe si algún día tuviera el valor. Que era un arrogante. Que su manía de trabajar hasta en sueños era una enfermedad. Que no era necesario que gruñera cada vez que alguien le llevaba un café con un poco menos de espuma de lo normal. Pero sabía que jamás se lo diría. Porque, aunque jamás lo admitiría ni bajo tortura, había una parte de mí, una parte tonta, débil y completamente irracional, que llevaba cuatro años suspirando por ese hombre en el más absoluto de los secretos.
El chófer me dejó frente a un edificio de cristal y acero que parecía rascar el cielo. El portero me reconoció y me dejó pasar. El ascensor privado subió y subió hasta que sentí un ligero cosquilleo en los oídos. Cuando las puertas se abrieron, me encontré frente a una única puerta negra, enorme, elegante, con una placa dorada que decía simplemente: Ferreiro.
Me alisé la falda. Me acomodé el cabello detrás de la oreja. Miré mi reflejo borroso en el metal del ascensor y practiqué mi mejor cara de secretaria eficiente, serena y totalmente indiferente.
—Tú puedes, Taylor. Entregas la carpeta, dices buenas noches y te vas. Cinco minutos. Ni uno más.
Toqué el timbre.
Pasaron unos segundos que se me hicieron eternos. Escuché pasos, un clic metálico, y la puerta se abrió.
Y mi cerebro se apagó.
Salvatore Ferreiro estaba frente a mí con el cabello oscuro todavía húmedo, gotas de agua resbalando por su cuello y el torso completamente descubierto. Solo llevaba una toalla blanca anudada a la cintura, baja, peligrosamente baja, sostenida por lo que me pareció pura fuerza de voluntad.
Mi mirada, que jamás debió moverse, se movió sola. Bajó por sus hombros anchos, por el pecho firme, por los abdominales que se marcaban uno tras otro, perfectos, definidos, tan esculpidos que se parecían más a una tableta de chocolate que a cualquier barra de gimnasio. Seis cuadritos. Los conté. Dos veces. Y de pronto sentí unas ganas absurdas de morder chocolate.
—Señorita Hills.
Su voz me devolvió a la tierra a golpes.
—¡Señor! —dije, demasiado alto—. Yo... el informe... usted dijo... el informe.
Levanté la carpeta como quien levanta un escudo. Él arqueó una ceja con esa expresión de superioridad que me sacaba de quicio y a la vez me derretía.
—Puede pasar.
Se hizo a un lado. Tragué saliva con tanta fuerza que juro que se oyó en todo el pasillo, y entré.
Lo primero que noté fue el olor.
Dios santo, el olor.
Era una mezcla de madera, de jabón limpio, de vainilla oscura y de algo más profundo, cálido y masculino que solo podía ser él. Estaba en el aire, en los muebles, en las paredes, en todas partes. Cerré los ojos sin darme cuenta y aspiré con una lentitud absurda, como esas mujeres que entran a una perfumería y se quedan hechizadas frente a un frasco.
Suspiré.
Y poco a poco, sentí que mis pies dejaban de pisar el suelo. Era como si flotara. Como si el ático entero estuviera hecho de nubes y yo fuera una más.