Salvatore.
Siempre me despierto a las cinco y media, con o sin alarma. Es una costumbre que me acompaña desde hace quince años, desde que construí mi primera empresa en un garaje con dos ordenadores prestados y una deuda que me quitaba el sueño. Mi cuerpo aprendió a abrir los ojos antes de que amaneciera, a ponerse en marcha sin pedir permiso y a no quedarse jamás en la cama más de lo estrictamente necesario.
Aquella mañana abrí los ojos a las cinco y media, como siempre, y lo primero que noté fue que algo era distinto.
El peso. Había un peso cálido sobre mi pecho.
Bajé la mirada y la vi.
Taylor Hills dormía recostada contra mí, con la mejilla apoyada sobre mi corazón y una mano abierta sobre mis costillas, como si hubiera decidido durante la noche que aquel era su territorio. Tenía el cabello castaño revuelto por toda mi almohada, los labios entreabiertos y las pestañas largas proyectando una sombra suave sobre sus mejillas. Un hilo de luz gris se colaba por los ventanales y le dibujaba el hombro desnudo, la curva de la espalda, la sábana enredada en su cintura.
Se me cortó la respiración.
Yo no duermo con mujeres. Es una regla que llevo años cumpliendo con la disciplina de un monje. Las acompaño hasta la puerta o las mando a casa en un coche, pero no amanezco con ellas. Las mañanas son mías, mi espacio, mi silencio. Y sin embargo allí estaba, con una secretaria dormida sobre el pecho, sin ningún deseo de moverme.
Me quedé mirándola un buen rato. Recordé su cara cuando soltó aquella frase ridícula en el sofá, con las mejillas rojas y los ojos brillantes, ofreciéndome su despido a cambio de tocarme. Recordé el grito que me irritó y la obediencia con que se tapó la boca. Recordé sus manos temblorosas descubriéndome como si yo fuera algo sagrado. Y recordé, sobre todo, cómo se me quebró la voz cuando me pidió que no me contuviera.
Cuatro años. Cuatro años observándola entrar a mi despacho con su café, con sus agendas, con esa sonrisa que ponía cuando creía que yo no la miraba. Cuatro años diciéndome que era mi empleada, que era intocable, que desearla era un error de manual que un hombre inteligente no comete.
Y la noche anterior había perdido el control por completo. Primera vez en mi vida. Yo, que lo calculo todo, que lo planifico todo, que no dejo nada al azar.
Lo peor era que la sola idea de recordarlo bastó para que mi cuerpo respondiera.
Sentí el calor extendiéndose por mi vientre, la sangre acumulándose, la erección creciendo contra la sábana sin que yo pudiera hacer nada para detenerla. Apreté la mandíbula. Me dije que me levantara. Que fuera a la ducha, que me vistiera, que desayunara y que ordenara mi cabeza antes de que ella despertara.
Taylor se movió en sueños. Su pierna se deslizó sobre la mía, su rodilla rozó mi muslo, y soltó un suspiro suave que me recorrió como una descarga.
Se acabó.
Por segunda vez en mi vida, perdí el control.
Me giré despacio, con cuidado de no despertarla del todo, y la recosté sobre las almohadas. Mis labios encontraron su hombro, luego su cuello, luego la curva sensible detrás de su oreja. Ella olía a mi jabón y a algo suyo, dulce, tibio, que me nublaba el juicio. Besé la línea de su mandíbula, el borde de su boca, y finalmente la besé de lleno, despacio, profundo.
Taylor gimió contra mis labios.
Fue un sonido adormilado, confuso, que se transformó en un jadeo cuando sus ojos se abrieron y me encontraron. Parpadeó, desorientada, y la vi pasar por todas las etapas en un segundo: sorpresa, reconocimiento, memoria, rubor.
-Señor... -susurró con la voz ronca de sueño.
-Salvatore -corregí contra su boca-. Después de lo de anoche, creo que puedes llamarme así.
-Salvatore -repitió, y mi nombre dicho por ella, tan bajito, tan rendido, me quemó por dentro.
No le di tiempo a decir nada más. La besé con hambre, con una urgencia que no me reconocía, y ella respondió enredando los dedos en mi pelo, arqueándose contra mí, abriéndose a cada caricia con una entrega que me volvía loco. Sus jadeos llenaron la habitación. Mis manos recorrieron su cintura, sus costillas, la suavidad de su piel todavía tibia por el sueño.
Rodé sobre la cama y la subí encima de mí.
Ella soltó una exclamación ahogada y se apoyó en mi pecho, con el cabello cayéndole sobre los hombros y los ojos muy abiertos. A la luz plateada del amanecer parecía una visión. Una criatura salida de algún sueño que yo no merecía.
-Salvatore, yo no...
-Shh -murmuré, sujetándola por las caderas-. Déjame.
La guie con firmeza, con lentitud, haciendo que se meciera contra mí, que su calor resbalara sobre mi dureza una y otra vez. Ambos soltamos un jadeo largo. Taylor echó la cabeza hacia atrás, con los labios entreabiertos y la garganta expuesta, y la visión de ella así, entregada, llena de deleite, me hizo apretar los dientes hasta que me dolieron.
-Mírate -gruñí-. Eres una maldita tentación.
-Es usted quien... -jadeó ella, y un gemido le cortó la frase-. Es usted quien empezó.
-Sí. Y no pienso parar.
Sin previo aviso, la levanté lo justo y la hice descender sobre mí.
El sonido que salió de su garganta fue puro cielo y puro pecado. Un gemido alto, largo, que rebotó en las paredes y que me atravesó la espina dorsal. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo se aferraba a mí, cómo temblaba toda ella mientras se acomodaba a mi tamaño. Yo cerré los ojos un segundo, hundido en la sensación, con las manos clavadas en sus muslos.
-Taylor -dije con la voz rota-. Dios mío.
Ella tardó unos instantes en moverse. Luego, despacio, tímida al principio, empezó a mecerse. Sus caderas dibujaron un movimiento lento, ondulante, que me arrancó un gruñido. Poco a poco fue ganando confianza. Marcó su propio ritmo, uno pausado y profundo que me estaba matando de la forma más deliciosa, y yo me limité a mirarla, a sostenerla, a dejar que me llevara.