¡ Ups! Embarazada de mi jefe.

Capítulo 3: Lunes de cretinos.

Taylor.

Existen fines de semana que una recuerda con cariño y fines de semana que una quisiera borrar del calendario con un lanzallamas. El mío entra sin discusión en la segunda categoría.

Salí del ático de Salvatore Ferreiro el sábado por la mañana con la espalda recta, la barbilla en alto y los billetes de la pastilla arrugados dentro del puño. Mantuve la compostura en el ascensor, la mantuve frente al portero y la mantuve en el taxi. Pero en cuanto cerré la puerta de mi apartamento y Pulgoso se lanzó a mis piernas con su cola moviéndose como un helicóptero, me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo y lloré. No fue un llanto elegante. Fue de los que hacen ruido, de los que dejan los ojos hinchados y la nariz roja, de los que un golden retriever interpreta como una emergencia nacional.

Pulgoso me lamió la cara entera. Después se echó encima de mí con todo su peso, que no era poco, y suspiró como diciendo que él ya me lo había advertido, aunque jamás me había advertido nada.

—Soy una idiota, Pulgoso —le dije hundiendo la cara en su pelaje—. Le pedí que me dejara adorarlo. Con esas palabras. Adorarlo.

Pulgoso gimió con solidaridad.

—Y él me dio dinero. Dinero, Pulgoso. Para la pastilla.

El perro ladeó la cabeza con una expresión tan indignada que casi me hizo reír.

Me levanté, me di una ducha que duró cuarenta minutos y fui a la farmacia que él había mencionado. Compré la pastilla con su dinero, por orgullo y por puro sentido práctico, y me la tomé en la acera con una botella de agua. Después regresé a casa, me puse el pijama de ositos y cumplí por fin el plan sagrado de la noche anterior: palomitas, mantita, películas románticas y mi mejor amigo peludo roncando sobre mis pies. Ni siquiera pude terminar la primera película. Cada vez que el protagonista miraba a la protagonista con ojos ardientes, mi cabeza me devolvía los ojos oscuros de mi jefe diciéndome mírame.

Maldito fuera.

Y entonces, como si el universo hubiera decidido que mi dignidad todavía tenía algún resto por destruir, a eso de las diez de la noche llegó el malestar.

Primero fue un retortijón sordo, de esos que una ignora con valentía. Después un mareo. Después un sudor frío que me recorrió la frente. Y luego empezó el espectáculo completo. Diez horas, señoras y señores. Diez horas exactas desde que salí de aquel ático, pasé el resto de la noche y buena parte de la madrugada del domingo abrazada al inodoro, con el pelo recogido en un moño torcido, la cara verdosa y Pulgoso sentado en la puerta del baño, vigilándome con cara de médico preocupado.

—Ha sido la pastilla —murmuré en algún momento, apoyando la mejilla contra los azulejos fríos—. O ha sido el karma. O ha sido el desamor. No lo sé, Pulgoso. No sé qué es peor.

Hacia las cinco de la mañana del domingo el estómago me dio por fin una tregua. Me arrastré hasta la cama, me tumbé con los brazos en cruz y dormí hasta pasado el mediodía. Cuando desperté me sentía como si me hubiera pasado un camión por encima. Me preparé una tostada seca, un té de manzanilla, y abrí el buzón del correo con la esperanza de recibir alguna buena noticia.

Error.

Entre la factura de la luz y un folleto de pizzas había un sobre cremoso, grueso, con letras doradas. Lo abrí sin sospechar nada. Dentro había una tarjeta con pétalos impresos y dos nombres entrelazados en una caligrafía exageradamente romántica.

Era la invitación a la boda de mi ex.

De Brandon, el mismo que me dejó hace dos años con un mensaje de texto, el mismo que me dijo que yo era demasiado intensa, el mismo que ahora se casaba con una rubia de nombre Candice, con una sonrisa de dentífrico, y que tenía el descaro de invitarme a presenciarlo. Al pie de la tarjeta, en bolígrafo azul, había una nota escrita a mano: Nos encantaría que vinieras. Sin rencores.

Sin rencores. Le habría dado un rencor entre ceja y ceja.

Dejé la invitación sobre la mesa, miré a Pulgoso y le dije con toda la dignidad que me quedaba:

—Si alguien vuelve a mencionar la palabra amor este fin de semana, me mudo a una cueva.

Pulgoso se comió una esquina de la tarjeta. Lo consideré una crítica literaria acertada.

Así llegó el lunes.

Me levanté a las seis, con ojeras que ni el mejor corrector lograba disimular, me puse una falda lápiz gris y una blusa blanca de manga larga, me recogí el pelo en una coleta tirante y me miré al espejo con la expresión de una mujer que ha decidido que hoy no pasa nada. Si Salvatore Ferreiro quería fingir que la noche del viernes jamás había existido, yo iba a fingir mejor que él. Tenía cuatro años de experiencia fingiendo que me caía mal. Podía fingir un par de días más.

Llegué a la empresa a las siete y media en punto, antes que cualquier otro empleado. Subí al piso cuarenta y dos, dejé mi bolso en el cajón, encendí el ordenador y me dirigí a la cocinita de la planta. Si hay algo que mi jefe exige con la devoción de un fanático religioso es su café. Un espresso doble, con una cucharadita de azúcar moreno y un chorrito de leche espumada, ni más ni menos, a una temperatura exacta, servido en la taza blanca de borde grueso y nunca en otra. Llevaba cuatro años preparándoselo sin errores, con un cariño que ahora me daba rabia.

Lo preparé con precisión quirúrgica. Cuando lo tuve listo, lo coloqué sobre el platito, respiré hondo y toqué la puerta de su despacho.

—Adelante.

Entré. Él estaba sentado tras su escritorio, impecable como siempre, con un traje azul marino, camisa blanca y una corbata gris. Revisaba unos papeles con el ceño fruncido. No levantó la vista cuando me acerqué.

Dejé la taza sobre la mesa con un golpecito seco.

—Su café, señor Ferreiro. Su agenda para hoy incluye una reunión con el comité de inversores a las once, una llamada con Singapur a las trece y la firma del contrato de distribución a las dieciséis horas. Si necesita algo más, estaré en mi escritorio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.