¡ Ups! Embarazada de mi jefe.

Capítulo 4: Una madre con un plan.

Salvatore.

Hay mujeres que entran en una habitación y la iluminan. Zoe Volkova entraba y la ocupaba, como un ejército. Llevábamos diez minutos en el vestíbulo del edificio y ya había decidido el restaurante, la mesa, el postre y, por lo que alcanzaba a entender, la fecha de nuestra boda.

—Reservé en el Marlowe a las dos —decía, colgada de mi brazo—. Les dije que éramos dos, aunque tú no habías confirmado, pero sé que no vas a negarte, cariño. Una comida tranquila entre nosotros. Tenemos mucho de que hablar.

—No recuerdo haberte invitado, Zoe.

—Por eso me autoinvité. Las mujeres prácticas no esperamos.

Su sonrisa era perfecta, blanca y completamente vacía. La había conocido hacía un año en una cena benéfica, y desde entonces mi madre, mis socios y media ciudad daban por hecho que acabaríamos juntos. Yo jamás lo había dicho. Jamás lo había insinuado. Pero Zoe tenía un don para convertir la ausencia de un no en un sí rotundo.

Aquella mañana, además, se había sentado sobre mis piernas sin permiso. Yo no la había apartado, y todavía no entendía muy bien por qué. Tal vez por sorpresa. Tal vez por cansancio. O tal vez porque, al levantar la mirada, había visto a Taylor en el umbral de la puerta y una parte retorcida de mí había querido saber cómo reaccionaría.

Reaccionó con una sonrisa y un cierro la puerta.

Maldita sea. Ni un parpadeo. Ni un temblor. Nada.

Salimos a la acera, donde mi chófer esperaba junto al coche, y estaba a punto de buscar una excusa elegante para librarme de aquel almuerzo cuando escuché una voz detrás de nosotros, aguda, clara y llena de autoridad.

—¡Salvatore Ferreiro! ¿Pensabas dejarme plantada?

Me giré.

Mi madre bajaba de un taxi con un traje de chaqueta color crema, un pañuelo de seda al cuello y su bolso colgado del antebrazo como un arma reglamentaria. Isabella Ferreiro, sesenta y dos años, cabello plateado perfectamente peinado, ojos oscuros que habían intimidado a ministros y a camareros por igual. Se acercó con paso decidido, sin mirar a Zoe, y me plantó un beso sonoro en la mejilla.

—Madre —dije, y por primera vez en toda la mañana sentí que podía respirar—. No sabía que veníamos a comer hoy.

—Claro que lo sabías, hijo. Te lo dije por teléfono hace una semana. Qué cabeza la tuya, siempre trabajando. —Entonces se volvió hacia mi acompañante y la examinó con un gesto de cortesía tan glacial que habría congelado el Hudson—. Ah, Zoe. Qué sorpresa tan inesperada.

—Isabella —respondió Zoe, con una sonrisa que se le tensó en las comisuras—. Qué encanto verte. Estábamos por ir a comer, justamente.

—Qué lástima, querida. Tenía esta comida reservada con mi hijo desde hace tiempo. Asuntos de familia. Ya sabes cómo son.

La palabra familia cayó como una puerta que se cierra. Zoe miró a mi madre, me miró a mí, y comprendió que había perdido la batalla. Aun así, la dignidad no la abandonó. Estiró los labios en una sonrisa falsa, de las que enseñan demasiados dientes, y se arregló el abrigo sobre los hombros.

—Por supuesto. Otro día será, cariño —me dijo, rozándome la mejilla con un beso que dejó una marca de carmín—. Llámame cuando te liberes.

—Que tengas buena tarde, Zoe —contestó mi madre con una dulzura venenosa.

La vimos alejarse por la acera, con los tacones golpeando el pavimento como martillos. Cuando desapareció tras la esquina, mi madre soltó un suspiro de alivio y entrelazó su brazo con el mío.

—Dios mío, esa mujer. Parece un pavo real con sobredosis de laca. Vamos, hijo, que tengo hambre.

No pude evitar sonreír. Guie a mi madre hacia el coche, y Marcus, mi chófer, abrió la puerta trasera con su habitual discreción. Ella entró primero, acomodándose con elegancia, y yo la seguí. En cuanto la puerta se cerró y el coche arrancó, supe que me había salvado de una comida para meterme en un interrogatorio.

—Bueno —dijo, cruzando las manos sobre el bolso—. Ya que estamos solos, hablemos.

—Madre, por favor.

—No he dicho nada todavía.

—Pero lo vas a decir.

—Naturalmente que lo voy a decir. Soy tu madre. Es mi trabajo.

Miré por la ventanilla, resignado. Conocía ese tono. Era el mismo que usaba cuando yo tenía doce años y me anunciaba que había hablado con mi profesor de matemáticas.

—Salvatore, tienes treinta y siete años.

—Treinta y ocho en marzo.

—Peor todavía. Treinta y ocho años y una empresa que vale más que algunos países, pero ni una esposa ni un solo hijo. ¿A quién le vas a dejar todo eso? ¿A tus abogados?

—Si hace falta, sí.

—¡No digas disparates! —Me golpeó el brazo con el bolso, sin mucha fuerza—. Una casa sin niños es un museo. Y tú vives en un ático con cuadros que parecen manchas y sillones en los que nadie puede sentarse sin sentirse culpable.

—Es un diseño moderno.

—Es un mausoleo, hijo. Un mausoleo elegante. —Suspiró con dramatismo—. Yo sé que juraste que nunca te casarías. Sé lo que vivió tu padre conmigo, o lo que crees que vivió, y sé que eso te marcó. Pero no todas las mujeres son como las que has conocido. Hay mujeres buenas. Mujeres que te harían reír. Mujeres que te harían perder la cabeza.

Aparté la mirada. Perder la cabeza. Las palabras me rozaron como un cuchillo, porque en ese preciso momento mi memoria me devolvió, sin pedir permiso, una imagen del viernes por la noche.

Taylor sentada en el borde de mi cama, con el cabello revuelto, los hombros desnudos y la blusa a medio desabotonar. Taylor mordiéndose el labio inferior. Taylor susurrando mi nombre contra mi cuello como si fuera una plegaria. Taylor, que había pasado cuatro años mirándome con una mezcla de miedo y admiración, entregada a mí sin reservas, sin cálculos, sin pedirme nada a cambio.

—¿Me estás escuchando? —preguntó mi madre.

—Sí, claro. Esposas, hijos, mausoleos.

—Hmm.

Me observaba con los ojos entrecerrados. Yo no solía sonrojarme, pero tuve que mirar a otro lado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.