¡ Ups! Embarazada de mi jefe.

Capítulo 5: Noche de chicas y otros desastres.

Taylor.

Luna llegó a mi apartamento a las ocho en punto, descalza a pesar del frío de octubre, con una bolsa de tela colgada de cada hombro, el cabello recogido en tres trenzas adornadas con plumas y un aroma a sándalo que la precedía como un heraldo. Pulgoso la recibió con un ladrido de júbilo y un salto que casi la tira al suelo. Ella lo abrazó como a un hermano perdido.

—Mi niño precioso, tu aura está limpísima. Es tu humana la que parece un cuadro de Edvard Munch.

—Hola a ti también, Luna.

—Siéntate, respira y no hables hasta que te lo ordene.

Lo primero que hizo fue desplegar sobre mi mesa baja un arsenal que incluía una botella de vino orgánico, un bote enorme de helado de mango, tres velas de colores, un manojo de salvia, un mazo de cartas del tarot envuelto en un pañuelo de seda y una bolsa de ganchitos de queso, que según ella eran para equilibrar la energía terrenal. Colocó las velas en círculo sobre la alfombra, las encendió una por una con un mechero decorado con una luna y apagó las luces.

—Primero el vino —sentenció—. Después las lágrimas. Luego la venganza.

—Ese orden me parece correcto.

Bebimos. Le conté todo, absolutamente todo, desde la carpeta hasta el ascensor. Cuando llegué a la parte de adorarlo, Luna se atragantó con el vino y tuvo que golpearse el pecho. Cuando llegué a la parte del dinero para la pastilla, soltó una palabra tan fea que Pulgoso levantó las orejas escandalizado. Cuando le conté lo de Zoe Volkova sentada sobre sus piernas, cogió la salvia y la agitó hacia la ventana, como si fuera a ahuyentar a la rubia desde lejos.

—Cretino. Cretino de polla grande, con complejo de dios y alma de nevera.

—Eso mismo dije yo.

—Y encima la invitación de Brandon. Dos cretinos en una semana, Taylor. Ese es un nivel de mala suerte que solo se consigue con esfuerzo.

—Gracias por el apoyo.

—Soy honesta, no apoyadora.

Nos reímos, bebimos más y nos acabamos el helado entre las dos con una sola cuchara. Pulgoso se subió al sofá y apoyó la cabeza en mi regazo. Por primera vez en tres días, el pecho no me pesaba tanto.

Y entonces vibró mi móvil sobre la mesa.

Era un correo electrónico. El remitente me hizo dar un respingo: Salvatore Ferreiro. Eran las once y cuarto de la noche.

—No lo abras —dijo Luna—. Su energía es tóxica.

—Es mi jefe. Tengo que abrirlo.

Lo abrí. Leí en voz alta, con la voz más neutra que pude:

—Señorita Hills. Debido a un asunto urgente con nuestras sucursales, estaré fuera de la ciudad por motivos de negocios durante un mes, a partir de mañana. Mi agenda queda a su cargo. Se le enviarán las instrucciones por la mañana. Salvatore Ferreiro.

Silencio.

—¿Un mes? —preguntó Luna.

—Un mes.

—Pero eso es perfecto. Un mes sin verle la cara. Es una bendición del universo.

—Sí —dije—. Es perfecto. Qué alivio. Qué maravilla.

Lo dije con tanta convicción que ni yo me lo creí.

Porque en cuanto terminé la frase, algo extraño se me removió por dentro. Una punzada de pánico. No sentí alivio. Sentí un hueco enorme, como cuando se acaba una canción que no querías que terminara.

Y entonces empezaron las visiones.

Cerré los ojos un segundo, y de pronto lo vi. Vi a Salvatore sentado en una sala de juntas de Singapur, con su traje oscuro, apoyado en el respaldo de una silla de cuero negro. Y la silla, esa silla maldita, lo sostenía con total comodidad, con total descaro, con total impunidad. Vi la mesa de caoba donde él apoyaba los antebrazos, con esas manos grandes y firmes. Vi una silla de aeropuerto. Una silla de hotel. Un sofá de primera clase. Una mesa de restaurante con vistas al mar.

Y yo no estaba en ninguna.

—Luna —dije con un hilo de voz.

—¿Sí?

—Las sillas.

—¿Qué sillas?

—Las sillas donde se va a sentar. Las mesas. Los sofás del avión. Los muebles. —Sentí que me ponía de pie sin darme cuenta—. Todos esos muebles van a tenerlo. Van a sostener su trasero, sus brazos, su espalda. Van a disfrutar de él durante un mes entero, y yo no. ¡Una silla, Luna! ¡Una silla va a tener más acceso a Salvatore Ferreiro que yo!

—Taylor...

—¡Y ni siquiera lo aprecian! ¡Son muebles! ¡No saben lo que tienen!

—Cariño, respira.

—¡Es un trozo de carne que no volveré a probar! —grité, con los brazos en alto, en mitad de mi sala, con el pelo hecho un desastre y una cuchara de helado en la mano—. ¡Un filete! ¡Un solomillo de primera categoría, y yo con la nevera vacía!

Pulgoso ladró, asustado. Luna me observó con los ojos muy abiertos durante un par de segundos. Después se tapó la boca con ambas manos y se echó a reír con tantas ganas que tuvo que sentarse en el suelo.

—Perdona —logró decir entre carcajadas—. Perdona, es que acabas de llamarlo solomillo.

—No tiene gracia.

—Tiene muchísima gracia.

Me dejé caer de nuevo en el sofá, derrotada, y terminé riéndome yo también, con lágrimas en los ojos, entre vergüenza y desahogo. Cuando por fin nos calmamos, Luna se limpió la cara con el dorso de la mano, se acomodó frente a mí con las piernas cruzadas y cogió el pañuelo de seda.

—Basta de tonterías. Ha llegado la hora de las cartas.

—Luna, no creo que...

—Silencio. Barajo yo.

Barajó con una solemnidad que daba un poco de miedo. Cortó el mazo tres veces, me hizo tocarlo con la mano izquierda y fue extendiendo las cartas sobre la alfombra, a la luz temblorosa de las velas. Entornó los ojos, murmuró algo ininteligible, pasó el dedo sobre una carta, luego sobre otra. De repente frunció los labios y soltó un silbido.

—Vaya, vaya, vaya.

—¿Qué?

—Tu suerte está a punto de cambiar.

—¿Para bien o para mal?

—Para intensa. —Señaló una carta con un enamorado dibujado—. Aquí veo mucha acción. Muchísima. Así que te recomiendo que lleves bragas de encaje.

—¿Perdón?

—De encaje. Bonitas. De las buenas.




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