En sueños, Aethelgard Ouroboros nunca había sido un hombre gentil.
Pero esa noche, en el territorio sin reglas de su propia mente, se encontró a sí mismo caminando descalzo por un jardín que no reconocía, cubierto de flores nocturnas que solo abrían sus pétalos bajo la luna, y al final del sendero, sentada en un columpio de piedra cubierto de musgo, Dabria lo esperaba con el cabello suelto y una sonrisa que no cargaba ni una sola gota de la cautela que él mismo le había visto en la gala.
—Llegaste —dijo ella, como si lo hubiera estado esperando toda la vida, como si él fuera la persona más obvia del mundo para estar ahí.
En el sueño, Aethelgard no era el villano silencioso que financiaba mercenarios desde las sombras. Era, simplemente, un hombre. Se sentó a su lado, dejó que ella apoyara la cabeza en su hombro, y sintió, con una claridad que ningún plan político le había regalado jamás, la textura exacta de la paz. No hubo urgencia, no hubo conquista. Solo la mano de ella entrelazada con la suya, el aroma a grosellas negras envolviéndolo como una manta tibia, y una ternura tan ajena a su naturaleza que, incluso dormido, una parte de él supo que aquello era, sin remedio, mentira.
Despertó de golpe, el corazón latiéndole con una suavidad extraña, casi dolorosa, la mano todavía cerrada en el aire como si buscara sostener algo que ya no estaba ahí. Se quedó tendido un momento, mirando el techo de su habitación, permitiéndose, solo por un segundo, sentir la nostalgia de un sueño que jamás debería haberle dolido tanto perder.
*¡Toc, toc!*
—Aethelgard. —La voz de Ozric, del otro lado de la puerta, cortó de raíz cualquier resto de ternura—. Los vasallos ya están reunidos. Es hora.
Se vistió en silencio, guardando cada fragmento de esa ternura robada en algún rincón que ni él mismo se atrevía a nombrar, y bajó a la sala donde Ozric y un puñado de familias vasallas leales esperaban ya sentados, copas de licor oscuro repartidas entre las manos.
—Tres familias más confirmaron su apoyo esta semana —informó Ozric, sin preámbulos—. Aunque discretamente. Nadie quiere que Sauron sospeche de una alianza formal, así que se mueven como simpatizantes, no como aliados declarados.
—Bien —dijo Aethelgard, sirviéndose una copa que no pensaba beber—. La paciencia siempre ha sido nuestra mejor arma.
—¿Y la chica Vulkane? —preguntó uno de los vasallos, un hombre de barba entrecana que Aethelgard apenas toleraba.
—Se está encargando de eso Carson —respondió Ozric, con una calma que no dejaba espacio para preguntas incómodas—. Ya está lista para el siguiente paso.
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En un ala olvidada de una propiedad que ni siquiera figuraba en los registros oficiales de la manada, Vanya Vulkane estaba sentada en una silla de metal, las muñecas sujetas con delicadeza engañosa, mientras un hombre de bata blanca, sin ningún distintivo que revelara su lealtad, preparaba una jeringa cargada de un líquido violáceo que brillaba tenue bajo la luz artificial del laboratorio improvisado.
—Esto no va a doler, señorita Vulkane —dijo el hombre, con una voz tan neutra que resultaba más aterradora que cualquier amenaza—. Solo va a ayudarla a recordar las cosas de la forma correcta. La forma en que Aethelgard necesita que las recuerde.
—¿Qué...? —Vanya intentó moverse, pero las correas, reforzadas con runas de contención, no cedieron ni un centímetro—. Él dijo que me protegería. Él lo prometió.
—Y lo está haciendo —respondió el hombre, sin ninguna ironía perceptible en la voz, acercando la aguja a su brazo—. A su manera.
El líquido entró en su torrente sanguíneo, y Vanya sintió que los bordes de sus propios recuerdos empezaban a desdibujarse, a reescribirse, capa por capa, en algo mucho más útil para el hombre que, en algún rincón lejano de esa misma noche, dormía con el recuerdo de un jardín que nunca había existido.
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De vuelta en la mansión, la mañana transcurría con una normalidad tan absoluta que resultaba casi sospechosa.
—¡No, Silas, esa no es forma de saludar a tu tío! —reía Dabria, intentando, sin mucho éxito, separar al segundo de los trillizos de la pierna de Killian, donde el pequeño se había prendido con la tenacidad de una lapa.
—Déjalo, cuñada, me gusta que me quiera más que a Valkian —dijo Killian, cargando al niño con una mano mientras con la otra sostenía una taza de café que ya se había enfriado hacía rato—. Es evidencia irrefutable de buen gusto.
—Sion le está mordiendo el zapato a Sauron —observó Dabria, señalando al menor de los tres, que efectivamente masticaba con entusiasmo la punta de un zapato de cuero italiano carísimo, ajeno por completo al valor del objeto.
—Sion, esos zapatos cuestan más que la mansión de algún vasallo menor —dijo Sauron, con una gravedad completamente desperdiciada en un cachorro de meses, aunque no hizo ningún esfuerzo real por rescatar el calzado.
Stolas, mientras tanto, había decidido que la mejor forma de llamar la atención era treparse por la espalda de su padre hasta la altura del hombro, logrando, contra toda lógica física, mantenerse ahí con una expresión de triunfo absoluto.
—Creo que acabamos de criar a tres pequeños tiranos —comentó Dabria, sentándose en el suelo junto a Sauron, riendo sin control ante la escena.
—Vienen de buena cepa —respondió él, sin una pizca de vergüenza.
Fue en ese momento que Arthur apareció en la puerta del salón, con esa postura impecable que jamás lo abandonaba, ni siquiera frente al caos absoluto de la escena familiar.
—Alfa, Luna. Lord Ignis Valerius y el Conde Alistair Nocturne solicitan audiencia. Vienen cargados de regalos para los pequeños príncipes.
Sauron alzó una ceja, con Stolas todavía colgado de su hombro.
—¿Regalos?
—Bastante ostentosos, según pude apreciar en el vestíbulo, señor —añadió Arthur, con un dejo de diversión reservado que solo décadas de servicio le permitían mostrar.
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Editado: 10.10.2026