La mansión de Oud Park, normalmente silenciosa fuera del bullicio de tres cachorros y el paso discreto de Arthur y Martha, amaneció convertida en algo parecido a una verdadera casa de la manada.
Vikander y Vespera habían llegado la noche anterior con el pretexto oficial de "supervisar los últimos detalles de la boda", aunque todos sabían que el verdadero motivo era, simplemente, no perderse ni un solo minuto de sus nietos antes de la ceremonia. Valkian y Killian, junto con el resto del gabinete, habían tomado posesión temporal de las habitaciones de huéspedes, convirtiendo los pasillos habitualmente solemnes en un desfile constante de botas, risas y, esa mañana en particular, el sonido inconfundible de tres cachorros escapando de su cuna.
Stolas, Silas y Sion, que ya habían cambiado el pecho por el biberón hacía apenas unas semanas, seguían durmiendo en la habitación de sus padres, más por costumbre que por necesidad. Y esa mañana, con la puerta entreabierta y tres pares de patitas ya lo suficientemente hábiles para escabullirse sin despertar a nadie, los tres decidieron que la aventura del día empezaba temprano.
Vikander, que caminaba por el pasillo en bata, todavía con el café de la mañana en la mano, casi lo derrama entero cuando los tres cachorros lo interceptaron con chillidos de pura felicidad, exigiendo la atención inmediata de su abuelo.
—Bueno, bueno, veo que alguien más madrugó —rió el viejo Alfa, agachándose con una agilidad que desmentía por completo su edad, dejando que los tres treparan sobre él sin ninguna resistencia.
Los bajó a la sala familiar en brazos, uno a la vez, con la misma ceremonia con la que alguna vez había cargado tronos y tratados, y ahí se encontró con Vespera y Martha, ya instaladas en el sofá con biberones tibios preparados, como si hubieran anticipado exactamente ese momento.
—Sabía que estos tres no aguantarían quietos con tanta gente en la casa —comentó Martha, tomando a Sion en brazos con una familiaridad de décadas.
Fue el silencio repentino de los cachorros, ya entretenidos con la leche, lo que finalmente alertó a Sauron de que su nido estaba vacío. Bajó descalzo, todavía con el pantalón de dormir puesto y el torso desnudo, el cabello despeinado de una forma que ningún ejecutivo de Ouros Corp. jamás lo había visto, y se encontró la escena completa en la sala: su padre en el sillón principal, Vespera y Martha con dos cachorros cada una repartiéndose la atención, y el sofá esperando, vacío, justo en el centro de todo el caos.
Se sentó directamente en la alfombra, entre los juguetes esparcidos y la mesa baja, y minutos después ya tenía a Silas jalando un peluche de lobo de tela contra su pecho con toda la fuerza de sus pequeños dientes, mientras Sion, ya devuelto a sus brazos, decidía que las orejas de su abuelo eran un objetivo mucho más interesante que cualquier biberón.
—Ese niño va a ser un problema en unos años —comentó Vikander, sin ninguna intención real de apartar al pequeño de su oreja.
Uno a uno, el resto de la casa fue despertando y sumándose. Killian llegó primero, con dos tazas de café y la excusa de "revisar que todo estuviera en orden", encendió la enorme pantalla instalada en la pared, y se dejó caer en el sofá justo a tiempo para que Stolas decidiera que su tío era el poste perfecto para practicar sus primeros ladridos de mando. Valkian llegó después, más comedido pero igual de incapaz de resistirse a los cachorros, y para cuando Nocturne y Valerius aparecieron por la puerta principal —con la excusa de "asegurarse de que la despedida de esta noche estuviera bien planeada"—, la sala familiar de la mansión más temida del continente se había convertido, sin que nadie lo planeara, en el lugar más cálido de todo Erebus Black Pack.
Y en medio de ese caos absoluto, Sauron seguía siendo, exteriormente, la misma gallardía gélida y estoica de siempre: la espalda recta incluso sentado en el suelo, la expresión serena, casi solemne, mientras jalaba el peluche de un lado a otro para Silas con la misma concentración con la que hubiera negociado un tratado internacional.
Fue en ese momento que Dabria bajó las escaleras, todavía medio dormida, los rizos negros enmarañados de una forma que a nadie en esa sala le pareció menos que hermosa, envuelta en una bata ligera sobre el pijama.
Sauron, sin siquiera girarse del todo, extendió un brazo y la jaló hacia el suelo, acomodándola entre sus piernas cruzadas, la espalda de ella contra su pecho, como si aquel gesto fuera la cosa más natural del mundo.
—Buenos días, pequeña —murmuró contra su cabello, con una ternura que contrastaba brutalmente con la reputación que lo precedía en cada sala de juntas del continente.
—Tengo hambre —fue toda la respuesta de Dabria, todavía con los ojos entrecerrados—. Hazme algo.
—Enseguida —dijo él, sin dudarlo, depositando un beso en su cabello antes de levantarse, dejar a Sion en los brazos de Vespera, y desaparecer rumbo a la cocina.
Regresó minutos después con un sándwich recién hecho y una taza de café, y volvió a acomodarse en el suelo exactamente como antes, como si un Alfa preparando el desayuno personalmente no fuera, de ningún modo, motivo de sorpresa.
El silencio que siguió, mientras todos procesaban la escena, se rompió en una carcajada colectiva que ni Sauron, con toda su gelidez, logró detener.
—Dios mío —dijo Nocturne, llevándose una mano al pecho con dramatismo teatral—. La convirtió en un osito de peluche. Cincuenta años de terror absoluto, y una humana con el cabello despeinado lo convirtió en un osito de peluche doméstico.
—Que se burlen —dijo Sauron, sin ninguna vergüenza, pasándole el resto del sándwich a Dabria—. Ninguno de ustedes ha probado lo que se siente.
—Punto para él —admitió Valerius, alzando su taza de café en un brindis silencioso.
Entre risas y bromas, la conversación se relajó hacia los planes del día, hasta que Valkian mencionó, casi de pasada, que esa noche sería la despedida de soltero.
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Editado: 10.10.2026