Usurpadora predestinada

Capítulo 25 El Enlace Ante la Luna

El gran día comenzó en el penthouse, en un ala completamente distinta a la del novio, con un desayuno íntimo que se sentía más a celebración de amigas que a protocolo de gala.

Vespera había insistido en presidir la mesa personalmente, rodeada de asistentes que entraban y salían con vestidos protegidos en fundas de seda, cajas de joyería, y bandejas de fruta fresca que nadie tocaba porque los nervios habían reemplazado por completo el apetito de todas las presentes. Martha, sentada junto a Dabria con una servilleta ya hecha bola en las manos de tanto usarla para secarse las lágrimas, no dejaba de repetir "mi niña, mi niña" entre sorbo y sorbo de café. Meliara, todavía con un leve cojeo por la pierna herida semanas atrás, se había apostado en una silla junto a la ventana, más relajada de lo habitual, mientras Talia montaba guardia discreta junto a la puerta, atenta pero sin interrumpir jamás el ambiente cálido de la habitación.

—Bueno, cariño, ya que estamos entre mujeres —dijo Vespera, con una sonrisa pícara que desmentía por completo su edad—, ¿alguien le ha explicado ya lo que le espera esta noche? Porque un rut normal ya es intenso, pero la noche de bodas de un Alfa con su pareja predestinada...

—¡Vespera! —exclamó Martha, escandalizada, aunque la risa ya se le escapaba entre los dedos con los que intentaba cubrirse la boca.

—¿Qué? Es información valiosa —se defendió Vespera, sin ningún arrepentimiento—. Yo hubiera agradecido que alguien me lo advirtiera en su momento.

—Creo que puedo imaginarlo —dijo Dabria, con las mejillas ya encendidas, provocando una nueva ronda de risas entre las mujeres presentes.

Fue en medio de esa complicidad, con el ambiente todavía ligero de bromas, que Meliara se acercó para ayudarla a colocarse los pendientes, y notó el destello dorado en la mano de Dabria: un anillo de oro blanco, con una piedra negra pulida en el centro, rodeada de runas diminutas talladas a mano, que no llevaba puesto la última vez que la había visto.

—Dabria... ¿ese anillo? —preguntó Meliara, tomándole la mano un momento para admirarlo de cerca.

Dabria se llevó los dedos al anillo, casi sin darse cuenta, recordando el momento exacto en que Sauron se lo había puesto, apenas unas horas antes, todavía medio dormidos ambos, con una simpleza que no correspondía en absoluto al peso real del gesto.

—Es el anillo de mi madre —le había dicho él, deslizándolo en su dedo sin pedirle permiso, como quien corrige un error que llevaba demasiado tiempo sin resolver—. Pasa de generación en generación entre las mujeres de mi familia. Como nunca tuviste un anillo de compromiso formal, en todo este tiempo, me pareció que ya era hora.

—No era necesario —había respondido ella, aunque la voz se le quebró apenas al decirlo.

—Lo sé —había dicho Sauron, besándole los nudillos—. Por eso lo hice de todos modos.

—Es una tradición de la familia —explicó Dabria, saliendo de su propio recuerdo—. Sauron me dijo que pasa de generación en generación entre las mujeres de los Ouroboros. Este es el original. El que perteneció a la propia Zephaniah.

Meliara asintió, con un respeto silencioso que no necesitaba palabras.

—Entonces es un honor todavía más grande del que imaginas, Luna. Ese anillo no se entrega a la ligera.

El nombre de Zephaniah cayó sobre la habitación con un peso silencioso. La madre de Sauron, la Luna que había muerto trayendo al mundo a su segundo hijo, cuyo nombre secreto Dabria había usado, sin saberlo del todo en su momento, para bautizar a Stolas.

—Es hermoso —susurró Dabria, todavía con los dedos sobre el anillo.

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El vestido esperaba sobre un maniquí junto al ventanal, con cortinas de piso a techo que enmarcaban un espejo tan grande que ocupaba prácticamente toda la pared, y cuando por fin lo descubrieron por completo de su funda protectora, incluso las asistentes más experimentadas del estilista contuvieron el aliento.

Era blanco, de un blanco que no parecía pertenecer del todo a este mundo: los bordados, según explicó el estilista con una reverencia casi religiosa, estaban hechos de seda de araña lunar blanca, una fibra tan rara que apenas un puñado de sastres en todo el continente sabían trabajarla, y que emitía un brillo propio, sutil, como si el vestido entero respirara luz de luna atrapada. El corte, tipo sirena, se ceñía al cuerpo con precisión milimétrica hasta las rodillas, donde se abría en una falda más amplia, con una sobrefalda desmontable que caía como una cortina líquida detrás de ella. Las mangas eran largas, el escote en corazón, cubierto hasta el cuello por una tela casi transparente que no ocultaba la Marca del Eclipse sino que la enmarcaba como una joya más, y la espalda cerraba con una hilera interminable de diminutos botones, cada centímetro de tela bordado no solo con trazos florales sino con runas mágicas diminutas, engastadas con piedras blancas cuyo valor, Dabria sospechaba, superaba con creces cualquier cifra que ella pudiera siquiera imaginar.

—Es hermoso —dijo, casi sin aliento, acercándose despacio, como si temiera que tocarlo pudiera deshacer el hechizo—. Yo... no sé si pueda usar esto. ¿Y si lo ensucio? ¿La familia de la madre de Sauron no se molestará de que yo lo use?

Se giró hacia Vespera, con una inseguridad genuina asomándose bajo toda la emoción de la mañana.

—No, querida —respondió Vespera, acercándose para tomarle ambas manos, la voz suavizada por un cariño que no necesitaba fingir—. No tuve el privilegio de conocer a la Luna Zephaniah. Pero sé, con la misma certeza con la que sé mi propio nombre, que amaba demasiado a su hijo, aunque el destino no le permitiera quedarse a su lado para verlo crecer. Y sé que estaría profundamente encantada de que fueras tú quien acompañara a su hijo amado en este día. Igual que ese anillo que llevas puesto, este vestido no busca un dueño perfecto, Dabria. Busca a alguien que ame a Sauron de verdad. Y esa eres tú.




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