Vikander soltó el brazo de Dabria justo al pie del altar, con una lentitud deliberada, como si entregarla le costara un pedazo del alma que jamás recuperaría del todo.
—Sauron —dijo, con una solemnidad que silenció por completo el murmullo del templo—. Es mi privilegio entregarte a esta mujer en tus manos, ante nuestra Diosa Luna. Que sea tu privilegio cuidarla, amarla y protegerla... o te las verás conmigo.
—Calma, viejo. Yo me encargo —respondió Sauron, con una seguridad que arrancó una risa contenida entre los presentes más cercanos, guiñándole un ojo a Dabria antes de que Vikander terminara de soltar su brazo del todo.
Se inclinó, depositó un beso en su mejilla, y le susurró algo que solo ella alcanzó a escuchar.
—Bienvenida a la familia, hija. De verdad.
Después la colocó frente a Sauron y retrocedió hacia su asiento, dejando que el espacio entre los dos novios se cerrara por completo.
Sauron la observó de arriba abajo con una intensidad que hizo que el templo entero, por un instante, pareciera contener la respiración junto con él. El velo, la corona de brillantes, el vestido de luz atrapada tejido con seda de araña lunar: nada de eso importaba tanto como sus ojos, cafés y decididos, mirándolo como si él fuera lo único real en la habitación.
—Estás... —empezó él, y por segunda vez en su vida, las palabras de un hombre acostumbrado a dictar sentencias y firmar imperios enteros se le atoraron en la garganta.
—¿Otra vez sin habla? —susurró Dabria, con esa sonrisa traviesa que ya conocía tan bien, aunque la voz le temblaba apenas.
—Completamente —admitió él, tomándole ambas manos.
El anciano oficiante, con su túnica plateada ondeando levemente con una brisa que no debería existir bajo techo, alzó los brazos, y el templo entero guardó un silencio absoluto.
—Hijos de la Luna, hermanos de sombra y sangre, testigos de este linaje —comenzó, la voz resonando con una autoridad que trescientos años de tradición le habían otorgado—. Hoy nos reunimos para presenciar algo que ninguna crónica antigua se atrevió jamás a predecir: la unión completa de un Alfa Enigma con su pareja predestinada, sellada no solo por el destino, sino por la elección consciente de ambos, cada día, desde el momento en que se encontraron.
Se giró hacia Sauron.
—Sauron Ouroboros. ¿Aceptas a Dabria como tu compañera, tu igual, tu Luna, en la luz y en la sombra, en la guerra y en la paz, hasta que la última estrella de este cielo artificial se apague?
—La acepto —dijo Sauron, sin un solo titubeo, la voz cargada de una certeza que resonó hasta las bancas más lejanas—. La acepté desde el momento en que sentí su corazón latir a través de un lazo que ni yo mismo entendía todavía. La aceptaré cada día que me quede de existencia, sin excepción.
El oficiante se giró hacia Dabria.
—Dabria Dess. ¿Aceptas a Sauron como tu compañero, tu igual, tu Alfa, en la luz y en la sombra, en la guerra y en la paz, hasta que la última estrella de este cielo artificial se apague?
Dabria sintió que el peso de cada mirada del templo caía sobre ella, pero por primera vez desde que había abierto los ojos en ese mundo, no sintió miedo bajo ese peso. Solo certeza.
—Lo acepto —dijo, con una voz que no le tembló ni una sola vez—. Lo acepté desde antes de saber su nombre real, desde antes de saber que existía de verdad. Y ahora que lo conozco, con todas sus sombras y toda su ternura escondida, lo acepto todavía más.
El oficiante asintió, satisfecho, y les hizo un gesto hacia la mesa tallada con runas, donde el libro ancestral esperaba abierto en una página en blanco, virgen, esperando dos nombres nuevos.
—El libro de la sangre y la Luna espera. Firmen, y que ningún poder de este mundo o del siguiente tenga jamás la fuerza de deshacer lo que están a punto de sellar.
Sauron firmó primero, su nombre trazado con una pluma que no usaba tinta común, sino un líquido plateado que se hundía en el papel como si fuera parte viva de él. Cuando le pasó la pluma a Dabria, ella dudó solo un segundo —no por miedo, sino por el peso real de lo que estaba a punto de hacer— antes de trazar su propio nombre justo debajo del de él.
En el instante en que la última letra tocó el papel, las runas grabadas en la mesa se encendieron con una luz dorada intensa, recorriendo el borde del libro entero, y un calor suave, casi tierno, se extendió desde la Marca del Eclipse en la nuca de Dabria hasta cada rincón de su piel, como si el lazo que ya compartían con Sauron se hubiera, de alguna forma, vuelto todavía más profundo, más irrompible.
—Por el poder que me otorga esta manada y esta tradición ancestral —declaró el oficiante, con la voz elevándose sobre el templo entero—, los declaro Alfa y Luna, unidos ante la Diosa Luna y ante todos los testigos aquí presentes. Sauron, puedes besar a tu esposa.
Sauron no esperó una segunda invitación. La atrajo hacia sí con una mano firme en la cintura y la otra apartando el velo con una delicadeza que contrastaba brutalmente con la urgencia del beso que siguió, un beso que arrancó vítores, aullidos y aplausos de cada rincón del templo, mientras en las primeras filas, Martha lloraba abiertamente con los tres cachorros en brazos, que, sin entender nada de lo que acababa de suceder, decidieron sumarse al alboroto general con sus propios chillidos entusiastas.
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La recepción se llevó a cabo en los jardines exteriores del templo, transformados para la ocasión en un despliegue de luces flotantes, mesas de mármol blanco, y una pista de baile bajo un techo de flores nocturnas que solo abrían sus pétalos con la luz de la luna artificial proyectada arriba.
Killian fue, como era de esperarse, el primero en tomar el micrófono para el brindis, ignorando por completo las señas discretas de Valkian pidiéndole moderación.
—Bueno, familia, amigos, vasallos, y algún que otro anciano del Consejo que sigue sin creer que esto sea posible —comenzó, alzando su copa con una sonrisa que ya anunciaba problemas—, hace unos meses, mi hermano era el hombre más insufrible del continente. Frío, calculador, capaz de hacer llorar a un contador con solo una mirada. Y ahora miren esto: lo vi, hace dos días, haciéndole un sándwich a su esposa en el suelo de la sala, rodeado de juguetes de peluche, con la dignidad de un rey y la ternura de un cachorro perdido.
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Editado: 10.10.2026