El silencio de la habitación nupcial era denso, casi palpable, roto solo por la respiración pausada de él. Ahí estaba el gran Enigma, el hombre que gobernaba con mano de hierro y una expresión de piedra, frente a ella. —No tienes idea de cuánto te deseo—gruñó él, con una voz tan ronca y cargada de una posesión salvaje que hizo vibrar el lazo predestinado entre ambos.
Sus manos grandes, pesadas y calientes bajaron al frente del vestido de ella. El contraste era letal: la fuerza bruta de un Enigma obligada a someterse a la delicadeza que requería una humana. Con los dedos ligeramente temblorosos por la urgencia lobuna, comenzó a despojarla de la prenda, soltando botón tras botón con un ritmo constante, implacable y tortuoso. Cada pieza de tela que caía liberaba más de su aroma dulce, volviendo loco al depredador en él.
Él siseó entre dientes, una sonrisa cínica y peligrosa curvando sus labios al ver que ella, en lugar de asustarse por la intensidad, jadeaba y buscaba su calor, completamente encendida por el lazo. Él no esperó a que el vestido cayera por completo; metió las manos debajo de la tela, pegando sus palmas ardientes directo contra su piel, arrancándole un gemido ruidoso mientras la levantaba en vilo para llevarla directo a la cama, listos para fundirse en el caos de sudor y fuego que ya consumía la habitación.
Para el mundo era un ser cínico e inalcanzable; para ella, en esa noche, era simplemente un hombre que la miraba como si fuera su religión.—Mírame, mi Luna —susurró él. Su voz, usualmente fría, arrastraba una ronquera cargada de una ternura que le erizó la piel.Con una lentitud tortuosa, sus manos grandes y callosas acunaron las mejillas de ella. El contraste era evidente: ella era pequeña, suave, una humana indefensa ante su poder. Pero cuando las feromonas del Enigma inundaron el aire, ella no retrocedió. El lazo predestinado se encendió bajo su piel, borrando cualquier rastro de miedo y reemplazándolo por un calor adictivo.Él sonrió de lado, una mueca cínica pero increíblemente seductora al notar cómo ella se inclinaba hacia su toque, buscando a él.—Creí que pasaría mi eternidad en la oscuridad —admitió él, rozando sus labios contra la comisura de los de ella, un beso tan suave que parecía un ruego—. Pero eres mía pequeña . No tienes idea de cuánto voy a adorar este cuerpo.El control estoico de él comenzó a resquebrajarse cuando sus manos bajaron por el cuello de ella, delineando la zona donde pronto reclamaría . Ella soltó un suspiro trémulo, arqueando la espalda instintivamente cuando los dedos de él tiraron con delicadeza del cierre de su vestido, exponiendo su piel al aire frío de la noche, solo para ser rescatada de inmediato por el pecho ardiente del Enigma que se pegó a su espalda, atrapándola en un abrazo posesivo, protector y eterno.
Con la marca aún latiendo con un calor bendito en el cuello de ella, el Enigma beso su unión. Ya no había vuelta atrás; sus almas se habían encadenado para siempre. Una chispa de triunfo posesivo en los ojos gris tormenta con un brillo dorado y violeta místico, pero se transformó de inmediato en una ternura desbordante al ver las lágrimas de felicidad que brillaban en las pestañas de su Luna.—Mía —gruñó él contra su oído, lamiendo suavemente su lóbulo una vibración ronca que la hizo estremecer—. Completamente mía, mi pequeña.Él no esperó. Se deslizó entre sus piernas con una lentitud que era pura tortura seductora. Su cuerpo, imponente y ardiente, se cernió sobre el de ella, atrapándola bajo su peso. Fue besando poco a poco sus senos húmedos de sudor ansioso, apresando entre sus labios sus pezones erectos con el calor de su boca uno a uno masajeando con sus manos cada vez más salvaje pero con dulzura .Para ella, la sensación no fue de opresión, sino de una seguridad absoluta; el lazo predestinado vibraba con fuerza, adaptando el cuerpo de ella para recibir el amor de su criatura. Sus manos fueron bajando de su su espalda tibia, bajando a sus caderas pasando a su vientre tocando su ombligo el cual lamiendo como si tuviera la oportunidad de atravesarlo con su lengua y dejando viajar los dedos dentro de su calor húmedo hasta estar preparado para cuando finalmente se unieran en un solo ser, el movimiento de sus dedos dentro era cada vez más atrevido como los movimientos circulares en ese botón hinchado causado por la fricción de su pulgar ella ahogó un gemido contra el hombro de él, sintiendo que llegaba al éxtasis con lo el juego de sus dedos, empezó a tensarse y curvar su espalda mientras él seguía succionando su delicioso punto. El Enigma contuvo el aliento, tensando cada músculo de su espalda, en cuanto la vio y sintió que ella en su boca había dejado salir su jugosidad y sin desperdiciar nada bebió todo sin dejar nada relamiendo sus los labios, dando besos en su entrada siguiendo un poco más luchando de forma interna con su instinto lobuno que exigía velocidad.— oh! Dabria fuiste hecha para mi— se levantó y posiciono entrando en su estrecha cavidad.
Su lado estoico se impuso por amor a ella: obligó a su cuerpo a moverse con una suavidad idílica, con empujes lentos, profundos y rítmicos que adoraban cada rincón de su Luna.—Mírame —le suplicó él, con los ojos encendidos y la respiración rota, perdiendo todo el frío habitual—. No me dejes ir a ciegas, amor. Déjame ver cómo te hago mia.— Ella abrió los ojos, encontrándose con la mirada de un hombre completamente devoto. Sus manos se clavaron en los hombros anchos de él mientras el ritmo de la noche se volvía más cálido y envolvente. La primera estocada fue gloriosa, el grosor de su miembro la hizo gemir tan fuerte de la emoción erizante que sentía en la piel y el delicioso ardor de cada estocada era en si una invitación a lo perverso. La habitación se llenó del sonido de sábanas revueltas, suspiros entrecortados cada vez oportunamente audaces, con cada penetracion cada embestida, con cada cambio de posición y el eco de promesas de amor que él le susurraba entre besos y mordidas, entregándole en cada caricia la eternidad que creyó haber perdido.El control estoico del Enigma se rompió por completo. La fina línea de sudor que brillaba en su frente y corría por su pecho esculpido era la prueba de que su lobo interno estaba tomando el mando. Ya no había movimientos lentos ni cuidadosos; el lazo predestinado exigía una intensidad salvaje, un ritmo frenético—ahí—decía ella mordiéndose los labios —oh bebé, tranquila te lo más profundo, sigue apretandome así — ajustado el agarre de sus manos que amasaban sus senos, cambiando el juego entre ellos y su trasero solo para sujetarla e ir más profundo de ella — Dabria eres mía, si bebé quiero joderte más y volverme aún más adicto a a ti, sabes delicioso te sientes increíble, pide más quiero destrozarte mientras me pides más — mientras debajo de el Dabria su cumbia de placer por la ferocidad de cada movimiento hambriento de ella de su piel mojada de sudor, por cada gota de saliva con placer solo se escuchó —mas, dame más, lo quiero más fuerte — el devoto a complacerla con toda su bestia, sin entender Dabria que ese pedido que hacía aumentaría no solo el éxtasis o la velocidad del movimiento que hacía las maderas de la cama crujieran bajo la fuerza del impacto de sus cuerpos.Él la sujetó de las caderas con un agarre posesivo que dejaría marcas tenues al día siguiente,hundiéndose en ella con empujes firmes, implacables y profundos que le arrancaban jadeos ruidosos del pecho. Su piel ardiente se frotaba contra la de ella, pegajosa por el esfuerzo y el calor sofocante que envolvía la habitación nupcial.—Maldición, eres tan perfecta —gruñó él, con los dientes apretados y el pulso latiendo con violencia en su cuello.
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Editado: 10.10.2026