Usurpadora predestinada

Capítulo 28 Grietas Bajo la Piedra

Esta vez, el sueño no empezó en un jardín. Empezó en la oscuridad de una habitación que Aethelgard reconocía como suya, aunque nunca la hubiera visto tan iluminada por velas, tan cargada de un aroma a grosellas negras que se le metía bajo la piel con una intensidad que ningún sueño anterior había alcanzado. Dabria estaba de pie frente a él, más cerca de lo que la vigilia jamás le permitiría estar, y esta vez no hubo columpio, ni jardín, ni ternura tímida.

Esta vez, la tomó del rostro con ambas manos y la besó como si llevara toda una vida esperando ese permiso.

En el sueño, ella no se resistió. Se derritió contra él con un suspiro que le recorrió el cuerpo entero, las manos de Aethelgard bajando por su espalda con una posesividad que no reconocía de sí mismo, la mente entera concentrada en un solo pensamiento devorador: *mía, mía, tenía que haber sido mía*. La levantó del suelo sin esfuerzo, decidido a llevarla a la cama que los esperaba al fondo de la habitación soñada, el corazón latiéndole con una euforia que rozaba el dolor.

Fue entonces que ella, con los labios todavía rozando los suyos, susurró un nombre.

—Sauron...

Aethelgard despertó de golpe, el cuerpo entero empapado en sudor frío, el corazón martilleándole contra las costillas con una violencia que no tenía nada que ver con el deseo y todo que ver con el pánico. Se quedó tendido un momento, la respiración entrecortada, la mano todavía cerrada en el aire, exactamente como la primera vez, aunque ahora el vacío que sentía al abrir los dedos dolía de una forma completamente distinta.

—*Ni siquiera en mis propios sueños soy yo a quien nombra*—, pensó, con un desprecio hacia sí mismo que se le enredó en el pecho junto con la humillación y algo mucho más peligroso: una determinación fría, calculada, que empezaba a nacer de esa misma herida.

Se levantó, se vistió sin llamar a ningún asistente, y bajó a la propiedad olvidada donde Vanya seguía recluida, decidido a terminar de una vez lo que llevaba días postergando. Los toques finales de su plan estaban a punto de estallar, y ya no había espacio para sueños ni para debilidades que ningún hombre en su posición podía permitirse.

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En la mansión de Oud Park, la mañana siguiente a la boda transcurrió con una normalidad que a Dabria le pareció casi milagrosa, considerando todo lo vivido la noche anterior.

—No habrá luna de miel, me temo —anunció Sauron durante el desayuno, con una expresión que oscilaba entre la resignación y la genuina molestia—. Ouros Corp. lleva semanas acumulando pendientes que ya no puedo seguir postergando, y hoy es el último día de la reunión de vasallos. Tengo que despedirlos personalmente antes de que regresen a sus territorios.

—No pasa nada —dijo Dabria, robándole un trozo de fruta del plato sin ningún remordimiento—. Ya tuvimos suficiente luna de miel anoche, ¿no crees?

Sauron estuvo a punto de atragantarse con el café, mientras Killian, sentado al otro extremo de la mesa, soltaba una carcajada que hizo que Valkian rodara los ojos por décima vez esa mañana.

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En el Gran Salón Ancestral, mientras las últimas familias vasallas desfilaban ante el trono para despedirse antes de emprender el regreso a sus territorios, el anciano Corvin —el mismo que había oficiado la boda el día anterior, todavía vestido con las túnicas ceremoniales que rara vez se quitaba— esperó a que la fila se disolviera casi por completo antes de acercarse al Alfa con la parsimonia propia de alguien que llevaba siglos sin necesidad de apresurarse por nada.

—Alfa, una última palabra, si me lo permite —dijo, inclinando apenas la cabeza.

—Adelante, Corvin.

—El bautizo lunar de sus hijos no puede esperar demasiado. La tradición marca un plazo de un mes desde el nacimiento reconocido, y ya llevamos varias semanas de retraso por... circunstancias comprensibles. —El anciano permitió una sonrisa breve, casi paternal, antes de continuar—. No le pido una decisión hoy. Solo le pido que empiece a pensarlo, junto a su Luna. Los padrinos lunares no son un simple honor social, Alfa. Son quienes cargarán, ante la Diosa y ante esta manada, la responsabilidad de proteger a esos niños si alguna vez usted y su esposa no pudieran hacerlo. Elíjanlos con el corazón, no solo con el protocolo.

Sauron asintió, con una seriedad que no dejaba lugar a dudas sobre cuánto se tomaba en serio la advertencia.

—Lo hablaré con Dabria esta misma noche.

—Confío en que ambos sabrán elegir bien —dijo Corvin, retirándose con la misma calma con la que había llegado—. Rara vez me equivoco sobre ese tipo de cosas.

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Esa noche, ya con los cachorros dormidos y la mansión sumida en la calma posterior a una semana entera de protocolo, Sauron encontró a Dabria en la terraza de su habitación, envuelta en una manta ligera, contemplando el bosque de aquilaria bañado por la luna artificial.

—Corvin sacó el tema del bautizo hoy —dijo, sentándose a su lado, atrayéndola contra su pecho con un brazo—. Dice que ya vamos tarde.

—He estado pensando en eso, de hecho —admitió Dabria, acomodándose contra él—. Para Stolas, no hay ninguna duda en mi cabeza: Vikander y Vespera. Pero son sus abuelos, y ya lo aman más de lo que las palabras pueden expresar. Sería demasiado pedirles, que te parece si me ayudas a buscar a alguien más, estás de acuerdo.

—Estoy de acuerdo —dijo Sauron—. ¿Y los otros dos?

—Para Silas, había pensado en Valkian y Meliara. Los dos son de las personas más leales y protectoras que conozco, y Silas siempre ha sido el más cauteloso de los tres, el que más se parece a ellos en carácter.

—Buena elección —admitió Sauron, besándole la sien.

—Y para Sion... —Dabria dudó un segundo, sopesando la idea que llevaba días rondándole la cabeza, sin terminar de decidirse del todo—. Había pensado en Killian y Cullen. Todavía lo estoy pensando, no te rías. Sion es el que casi no sobrevive, el que volvió por amor. Me parece que se merece padrinos que entiendan ese tipo de entrega, aunque sean dos personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que sienten todavía.




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