Usurpadora predestinada

Capítulo 29 Lo que la Sangre Confirma

El almacén se alzaba en las afueras del distrito portuario de Ender, una estructura industrial anodina, del tipo que nadie mira dos veces, precisamente porque había sido diseñada para eso. Bajo la cobertura de la madrugada, el equipo que Sullivan había reunido —pequeño, silencioso, letal— se desplegó en los puntos ciegos que Sauron mismo había marcado sobre el mapa horas antes: Killian al mando del flanco norte, Ezra cubriendo los accesos elevados con su rifle, los gemelos Hendrixen infiltrados ya en las sombras del techo, y Sauron, encabezando el avance directo hacia la puerta principal, con una calma que no dejaba entrever absolutamente nada de la tensión que lo corroía por dentro desde el reporte de Sullivan.

—Confirmado, Alfa —susurró Killian por el enlace, apostado tras un contenedor oxidado—. Seis guardias visibles en el perímetro. Armamento de nivel medio, nada que no podamos manejar. Pero hay algo más adentro. Puedo sentirlo desde aquí. Runas.

—Movimiento en silencio —ordenó Sauron—. Nadie dispara hasta que yo lo indique. Quiero prisioneros, no cadáveres. Necesitamos nombres.

El primer guardia cayó sin ruido, la garra de Alex cerrándose sobre su cuello antes de que pudiera siquiera levantar el arma. El segundo tuvo peor suerte al girarse justo a tiempo para ver una sombra blanca caer sobre él desde el techo; Axel lo silenció con la misma eficiencia clínica que había convertido a los gemelos en leyenda dentro del bajo mundo.

Dentro del almacén, entre pilas de cajas selladas con el mismo patrón de runas que Lilith llevaba semanas estudiando, un grupo mucho más numeroso de lo que el reconocimiento había anticipado trabajaba bajo la luz artificial de lámparas industriales, empacando lo que parecían ser dispositivos de contención mágica, cada uno del tamaño de un puño, idénticos al desestabilizador que había estado a punto de romper la protección del penthouse meses atrás.

—Esto es mucho más grande de lo que pensábamos —murmuró Killian, observando desde una posición elevada—. No es un almacén de tránsito, Sauron. Es una fábrica.

Sauron sintió que la furia le subía por el pecho como fuego líquido, pero la contuvo, canalizándola en la precisión fría con la que dio la siguiente orden.

—Avancen. Ahora.

El caos estalló en cuestión de segundos.

Los trabajadores del almacén, lejos de ser simples obreros desprevenidos, resultaron estar armados y entrenados, reaccionando con una coordinación que delataba meses de preparación específica para un asalto como este. Las primeras descargas de pulso azulado cruzaron el aire, obligando al equipo a dispersarse entre las cajas apiladas, buscando cobertura mientras Sauron avanzaba directo hacia el centro del almacén, transformándose a medias, los tatuajes brillando bajo la piel con una luz que competía con las lámparas industriales.

Ezra, desde su posición elevada, derribaba a cada tirador que se asomaba con línea de visión clara, su puntería tan letal como siempre. Los gemelos se movían entre las sombras del suelo, una tormenta blanca de garras y colmillos que dejaba tras de sí una estela de hombres neutralizados, aunque esta vez, siguiendo la orden explícita de Sauron, con vida.

Fue Killian quien, avanzando demasiado rápido hacia un punto ciego que parecía prometer una posición táctica superior, no vio al hombre agazapado entre dos contenedores hasta que ya era demasiado tarde.

El disparo lo alcanzó en el costado, justo por debajo de las costillas, una descarga de plasma concentrado que le arrancó un rugido de dolor mientras caía de rodillas, la mano presionando la herida con una furia que no lograba detener del todo el sangrado.

—¡Killian! —el grito de Sauron cortó el caos del almacén entero.

Con una velocidad que ningún ojo humano habría podido seguir, Sauron cruzó la distancia entre ambos, interponiéndose entre su hermano caído y el tirador, que apenas tuvo tiempo de registrar el error fatal de su puntería antes de que el Enigma completara su transformación por completo, la furia desatándose en una violencia que puso fin al enfrentamiento en cuestión de minutos.

Cuando el polvo se asentó, el almacén entero estaba sometido: media docena de hombres capturados, atados con cadenas rúnicas que Sullivan ya preparaba para el interrogatorio, y las cajas de dispositivos aseguradas para su análisis inmediato en el laboratorio de Lilith.

—Estoy bien —insistió Killian, aunque el sudor frío y la palidez de su rostro decían lo contrario, mientras Sauron lo cargaba en brazos hacia el vehículo de evacuación—. Sauron, en serio, estoy bien, dame un minuto...

—Cállate y deja que te lleve al hospital —cortó Sauron, sin ninguna paciencia para el orgullo herido de su hermano en ese momento.

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El doctor Zelma recibió a Killian en la sala de urgencias con la eficiencia calmada de siempre, confirmando en cuestión de minutos lo que Sauron ya sospechaba: la herida era seria, pero no mortal, y con el suero regenerador adecuado, Killian estaría de pie en un par de días.

—Necesita descanso, no discusión —le advirtió Zelma, ya inyectando el suero mientras Killian protestaba débilmente sobre reportes pendientes y equipos que necesitaban su supervisión—. Y usted, Alfa, necesita dejar de fruncir el ceño de esa manera antes de que se le quede permanente.

Sauron no sonrió, pero la tensión de sus hombros cedió apenas un grado.

La noticia corrió rápido por la mansión y el ala médica de la ciudadela, y no fue sorpresa para nadie que, apenas una hora después de que Killian quedara instalado en una habitación privada, aparentemente dormido bajo el efecto del suero, Cullen Jackson cruzara la puerta con el paso apresurado de quien no ha esperado permiso para nada en su vida.

Se quedó de pie junto a la cama un momento, observando el rostro dormido de Killian, la herida ya vendada bajo capas de gasa medicinal, el pecho subiendo y bajando con una regularidad que finalmente le devolvió el aire a los propios pulmones de Cullen.




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