Usurpadora predestinada

Capítulo 31 La Autora Perfecta

La segunda audiencia del Consejo llegó cinco días después de la primera, y esta vez no hubo confesiones a medias ni condicionamientos rotos a la fuerza. Hubo, en cambio, evidencia.

Demasiada evidencia.

Sullivan la presentó ante el círculo completo con la eficiencia fría de siempre, aunque algo en la rapidez con la que todo había aparecido —cuentas bancarias ocultas a nombre de Vanya, transferencias que se remontaban meses atrás, fotografías de vigilancia de Dabria tomadas desde ángulos imposibles, videos de la Luna entrando y saliendo de la mansión con marcas de tiempo que coincidían sospechosamente bien con cada ataque sufrido— le arrugaba el entrecejo de una forma que no lograba disimular del todo.

—Todo apunta a que la señorita Vulkane operaba sola, con recursos propios, obsesionada con recuperar el compromiso perdido —anunció Sullivan, aunque cada palabra le costaba pronunciarla con la misma convicción que hubiera tenido semanas atrás—. El financiamiento de la fábrica de armamento, los ataques al penthouse, la emboscada del bosque. Todo lleva su firma.

Nadie en la sala mencionó en voz alta lo evidente: que ninguna mujer, por resentida que estuviera, financiaba sola una operación de esa magnitud sin ayuda externa. Nadie, excepto Isolde Vulkane, que se puso de pie con la misma armadura ceremonial de la audiencia anterior, la voz cargada de una furia que ya no intentaba contener.

—Esto es una farsa —declaró, señalando las carpetas desplegadas sobre la mesa central—. Hace cinco días, mi hija apenas podía sostener la cabeza en alto. Ahora aparecen pruebas perfectas, ordenadas, con fechas que encajan como piezas de un rompecabezas armado por alguien con tiempo de sobra. Esto no es justicia. Es un montaje.

—¿Está sugiriendo, Isolde, que su propia hija es inocente? —preguntó Ozric, con una calma que sonaba demasiado ensayada—. Después de que ella misma confesó, ante este mismo Consejo, su participación.

—Confesó bajo tortura y con la mente manipulada durante semanas —replicó Isolde—. Y ahora aparece, convenientemente, todo lo necesario para cerrar el caso sin mirar más allá de ella. Alguien quiere que esto termine aquí. Alguien que no quiere que sigamos investigando.

Sauron, desde su trono, observaba el intercambio sin decir una palabra, aunque cada detalle —la pulcritud imposible de la evidencia, la rapidez con la que había aparecido, la forma en que cada hilo suelto de la investigación anterior ahora parecía perfectamente resuelto sin necesidad de tocar a nadie más— confirmaba una sospecha que ya no necesitaba pruebas para sentirse cierta.

Alguien había limpiado el escenario entero. Y solo una persona en ese círculo tenía el acceso, los recursos, y la motivación exacta para hacerlo.

Aethelgard, sentado entre los suyos, mantenía el rostro compuesto en una expresión de tristeza familiar perfectamente calibrada, aunque por dentro, la misma inquietud que lo había perseguido desde la primera audiencia seguía ahí, agazapada, negándose a desaparecer del todo.

—El Consejo tiene ante sí evidencia irrefutable —dijo Ozric, ignorando por completo la acusación de Isolde—. Propongo que procedamos a la sentencia.

Halvard, líder de la facción neutral, se removió en su asiento, incómodo.

—Alfa —dijo, dirigiéndose directamente a Sauron—, la decisión final, como siempre, le corresponde a usted.

Todos los ojos del Consejo se giraron hacia el trono elevado.

Sauron se quedó en silencio un largo momento, sopesando no la culpa de Vanya —de eso, en algún grado, ya no tenía duda, manipulada o no, sus manos habían tocado el dinero que financió el dolor de su Luna— sino la certeza cada vez más innegable de que condenarla ahora, con esta evidencia demasiado perfecta, era exactamente lo que alguien más quería que hiciera.

Pero sin pruebas contra ese alguien, no tenía más opción que jugar el papel que le habían escrito.

—Vanya Vulkane —declaró, la voz resonando fría por todo el Gran Salón—, por tu participación confirmada en el secuestro y tortura de mi Luna, en los ataques contra mis herederos, y en la financiación de armamento prohibido dentro de mi territorio, este Consejo te condena a la muerte, a ejecutarse antes de que termine la semana.

Vanya, todavía de rodillas, no gritó ni suplicó. Solo cerró los ojos, con una resignación que hablaba más de agotamiento que de aceptación, mientras Isolde, a su lado, apretaba los puños con una furia que ya no tenía a dónde dirigir.

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La ejecución se llevó a cabo tres días después, en privado, sin el espectáculo público que otras casas hubieran exigido. Fue el único gesto de piedad que Sauron se permitió: que Vanya no muriera como entretenimiento para la manada, sino con la dignidad mínima que su familia, inocente del plan mayor que la había consumido, merecía conservar.

Aethelgard no asistió.

Se quedó en su despacho esa tarde, con una copa de vino que no llegó a tocar, sintiendo, por primera vez desde que había puesto en marcha todo el plan, algo parecido al peso real de una vida terminada por su propia mano, aunque nunca hubiera tenido que ensuciarse los dedos directamente.

*Se acabó*, se dijo, intentando convencerse de que la punzada en el pecho era alivio y no otra cosa. *El nombre está limpio. Nadie puede tocarme ya.*

No era del todo cierto, y en algún rincón fríamente calculador de su mente, lo sabía. Isolde seguía sospechando. Sauron, con esa mirada que ya no le sostenía ninguna cortesía real detrás de la máscara diplomática, claramente también. Pero sin pruebas concretas, sin nada que pudiera presentarse ante el Consejo, la sospecha se quedaría exactamente donde él necesitaba que se quedara: flotando, sin peso legal, sin consecuencias.

Con Vanya enterrada y el escándalo cerrado, Ozric y el resto de la facción decidieron, con la misma disciplina fría con la que habían orquestado todo, replegarse. Ningún movimiento sospechoso. Ninguna visita innecesaria. Solo paciencia, la misma paciencia infinita que Aethelgard llevaba usando desde el principio.




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