Usurpadora predestinada

Capítulo 32 La Pregunta

Decidir los nombres había sido fácil, en comparación con lo que vino después: preguntar.

—Deberíamos hacerlo bien —había dicho Dabria, unos días después de aquella conversación en la terraza—. No solo anunciarlo en la ceremonia como si fuera un hecho consumado. Que cada uno sepa que lo elegimos a propósito, y que tenga la oportunidad de decir que sí de verdad.

Sauron, que jamás en su vida había tenido que pedirle nada a nadie sin que sonara a orden, encontró el ejercicio extrañamente desafiante.

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Encontraron a Valkian y Meliara juntos, como ya empezaba a ser costumbre, revisando informes de logística en el despacho del Beta, sentados uno frente al otro con esa cercanía profesional que ya nadie en la mansión se molestaba en cuestionar en voz alta.

—Necesitamos pedirles algo —dijo Sauron, cerrando la puerta tras de sí—. A los dos.

Valkian alzó una ceja, dejando el informe a un lado.

—Suena serio.

—Queremos que sean los padrinos lunares de Silas —dijo Dabria, sin rodeos, observando la reacción de ambos con atención.

El silencio que siguió duró apenas un segundo, pero fue suficiente para que Meliara y Valkian intercambiaran una mirada que decía mucho más de lo que ninguno de los dos había verbalizado todavía entre ellos.

—Es un honor enorme —dijo Meliara, la voz firme aunque las mejillas ligeramente encendidas—. Acepto, por supuesto.

—Acepto también —confirmó Valkian, con una seriedad que no lograba ocultar del todo el orgullo genuino detrás de sus palabras—. Cuidaremos de él como si fuera nuestro.

—Lo sé —dijo Dabria, sonriendo—. Por eso los elegimos a ustedes dos.

Cuando la pareja —aunque ninguno de los dos usara esa palabra todavía en voz alta— salió del despacho minutos después, Sauron alcanzó a notar que sus manos, caminando lado a lado por el pasillo, se rozaban con una familiaridad que hablaba de mucho más que compañerismo militar.

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Con Killian y Cullen, la conversación tomó un tono completamente distinto.

Los encontraron en la sala médica donde Cullen todavía completaba su recuperación, enfrascados en una discusión que oscilaba entre lo táctico y lo doméstico, sobre si el próximo entrenamiento de la brigada debía incluir o no ejercicios de resistencia bajo lluvia artificial.

—Interrumpimos algo importante, por lo visto —dijo Dabria, con una sonrisa que no ocultaba del todo su diversión.

—Nada que no pueda esperar —respondió Killian, incorporándose de inmediato al ver la seriedad detrás de la broma de Dabria—. ¿Qué pasa?

—Queremos que ustedes dos sean los padrinos lunares de Sion —dijo Sauron, directo, sin adornos, aunque la mirada que le dedicó a su hermano llevaba un peso silencioso que Killian entendió de inmediato.

Killian se quedó momentáneamente sin palabras, algo tan poco común en él que Cullen, a su lado, no pudo evitar una sonrisa.

—¿Los dos? —preguntó Killian, finalmente—. ¿Juntos? ¿Sabiendo que...?

—Sabiendo exactamente lo que hay entre ustedes —confirmó Dabria, con una calidez que disolvió cualquier duda que Killian pudiera haber tenido—. Sion es el que casi no sobrevive. El que volvió por amor puro. No se me ocurre mejor par de padrinos para él que dos personas que están aprendiendo, en tiempo real, cuánto puede costar y cuánto puede valer la pena amar así.

Cullen, con la voz apenas firme, fue quien respondió primero.

—Acepto —dijo, buscando la mano de Killian sin pensarlo—. Sería un honor.

—Acepto también —dijo Killian, entrelazando los dedos con los de Cullen frente a su propio hermano y su cuñada, sin ningún intento de ocultarlo—. Y... gracias. Por confiar esto en nosotros. En los dos.

Sauron, observando el gesto, sintió que algo en el pecho se le aflojaba con un orgullo que no necesitaba palabras para expresarse.

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El último nombre en la lista requirió una conversación considerablemente más ruidosa.

Encontraron a Valerius y Nocturne juntos, como casi siempre, en medio de una partida de billar que ya llevaba varias rondas de apuestas absurdas, en el salón privado de Sauron.

—Necesito pedirles algo a ustedes dos —anunció Sauron, apoyándose en el marco de la puerta.

—Lo que sea, primo —respondió Valerius, sin apartar la vista de su siguiente tiro.

—Quiero que uno de ustedes sea el padrino lunar de Stolas.

El taco de Valerius se desvió lo suficiente para arruinar por completo su tiro, la bola blanca rodando sin gracia hacia una esquina vacía.

—¿Uno de nosotros? —repitió, girándose con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y algo mucho más vulnerable—. ¿Por qué solo uno?

—Solo nos queda Stolas —explicó Dabria, con suavidad—. Y queríamos que cada uno de los tres tuviera su propio par de padrinos, distinto a los demás. Si los eligiéramos a ustedes dos juntos, sería el único cachorro con dos hombres criándolo desde ese lado... y ya tenemos a Killian y Cullen cubriendo justamente esa combinación con Sion. Queríamos que cada vínculo se sintiera único, no repetido.

Nocturne, con esa calma calculadora que rara vez lo abandonaba, dejó su propio taco apoyado contra la mesa y observó a su amigo dragón con una sonrisa lenta.

—Debería ser Ignis —dijo, sin ninguna amargura real en la voz—. Conoce a Sauron desde antes que yo. Y, si soy honesto, mi idea de paternidad probablemente incluya más sarcasmo del que cualquier niño necesita en su vida.

—No estás obligado a cederlo tan rápido —protestó Valerius, aunque el alivio en sus ojos era innegable.

—No lo hago por generosidad, lo hago por estrategia —respondió Nocturne, con un brillo travieso—. Si algún día decides tener descendencia propia, dragón, vas a necesitar toda la práctica que puedas conseguir. Yo, en cambio, planeo seguir siendo eternamente joven y libre de responsabilidades ajenas.

—Entonces solo falta la madrina —dijo Dabria, mirando a Sauron—. ¿En quién habías pensado?




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