## CAPÍTULO 33: Bajo el Mismo Cielo
Lyriel Velanthis llegó a Oud Park esa misma mañana, apenas unas horas antes de la ceremonia, descendiendo de un carruaje tejido enteramente con enredaderas vivas y cristal élfico que ningún taller de Ouros Corp. habría sabido replicar.
Era alta, de una elegancia austera que no necesitaba ornamentos para imponerse: el cabello plateado recogido en una trenza intrincada, los ojos de un violeta profundo que parecían catalogar cada detalle del entorno con la misma velocidad con la que otros respiraban, y una túnica de erudita bordada con símbolos arcanos que se movían apenas, como si estuvieran vivos.
—Nocturne —saludó, bajando del carruaje con una gracia que hacía parecer torpe cualquier otro movimiento a su alrededor—. Sigues tan insufrible como siempre, por lo que veo.
Fue Valerius quien se adelantó primero, inclinándose ante ella con una reverencia mucho más formal que cualquiera que le hubiera dedicado a Sauron o a Nocturne, una que llevaba siglos de protocolo tallado entre sus dos razas.
—Lyriel Velanthis —dijo, con una calidez genuina, casi reverente, que solo un dragón le reservaba a la sangre élfica—. Honras esta casa con tu presencia. Los tuyos siempre han sido bienvenidos entre los míos, hoy más que nunca.
—Ignis —respondió ella, correspondiendo la reverencia con la misma solemnidad, un destello de afecto genuino cruzándole el rostro—. El respeto es mutuo, como siempre lo ha sido entre nuestras casas. Me alegra ver que al menos uno de los dos sinvergüenzas con los que crecí conserva algo de decencia.
—Oye —protestó Nocturne, sin ninguna verdadera ofensa en la voz.
—Y tú —añadió Lyriel, girándose finalmente hacia Sauron con una reverencia mucho más breve, calculada al milímetro—, el legendario Alfa que finalmente encontró a su pareja predestinada. Llevo décadas esperando conocer a la mujer capaz de semejante hazaña.
—Lyriel Velanthis —dijo Sauron, con un asentimiento seco, la cortesía justa y necesaria, nada más—. Gracias por venir con tan poco aviso.
—No lo hice por cortesía —respondió ella, sin ninguna disculpa en la voz, ya girándose hacia Dabria con un interés que no intentaba disimular—. Así que tú eres ella. Fascinante. Absolutamente fascinante. ¿Te importaría, en algún momento de esta visita, que te haga algunas preguntas sobre el proceso exacto de gestación? Puramente con fines académicos, por supuesto.
—Lyriel —advirtió Nocturne, con una media sonrisa—. Todavía no ha desayunado.
—Preguntas después del desayuno, entonces —concedió Lyriel, sin ninguna vergüenza, tomando el brazo que Dabria, entre divertida y ligeramente abrumada, le ofreció de todos modos.
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La ceremonia se llevó a cabo, como marcaba la tradición, en el corazón del Bosque Negro, en el mismo claro protegido por runas antiguas donde ningún mapa de Ouros Corp. se atrevía a señalar con precisión. Las flores nocturnas cubrían el suelo entero, abriendo sus pétalos plateados solo para esa noche, y cuando la luna real alcanzó su punto más alto sobre las copas de los árboles centenarios, el agua de la fuente ancestral se encendió desde dentro, bañando el claro entero en una luz que ningún artificio tecnológico habría podido imitar.
Corvin ofició cada unión con la misma solemnidad de siempre: Valkian y Meliara recibiendo a Silas entre ambos, sus manos rozándose sobre la cabeza del cachorro con una familiaridad que ya nadie fingía no notar; Killian y Cullen tomándose de la mano frente a todo el círculo reunido al recibir a Sion, sellando frente a la Diosa un vínculo que ya llevaban semanas viviendo en privado; y finalmente Valerius y Lyriel, recibiendo a Stolas con una ceremonia mixta de solemnidad genuina y la curiosidad académica que Lyriel no lograba, ni quería, disimular del todo, mientras examinaba con fascinación abierta el pelaje del cachorro incluso en pleno ritual.
El agua bendecida brilló con el mismo destello dorado tres veces, la Diosa aceptando, sin condiciones, cada uno de los vínculos sellados esa noche bajo su mirada.
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A la mañana siguiente, con la ceremonia ya concluida y el bosque cediendo su lugar de nuevo a la normalidad tranquila de Oud Park, la celebración continuó de la forma más sencilla posible: un desayuno extendido en el jardín trasero de la mansión, largas mesas cubiertas de fruta fresca, pan recién horneado por la propia Dabria, y café suficiente para sostener a toda una manada resacosa de emociones de la noche anterior.
Killian, con el plato todavía a medio terminar, buscó a Valkian a solas junto a uno de los ventanales, lejos del bullicio general.
—Necesito decirte algo —empezó, con una seriedad poco habitual en él—. Antes de que lo escuches de alguien más, o lo veas y ya.
—Ya lo sé, Killian —dijo Valkian, sin necesidad de que su hermano completara la frase—. Lo supe desde el bautizo. Probablemente antes.
—¿Y? —preguntó Killian, con una vulnerabilidad que rara vez dejaba asomar frente a nadie, ni siquiera frente a su propio hermano.
—Y me alegro —respondió Valkian, con una sencillez que valía más que cualquier discurso elaborado—. Cullen es bueno para ti. Te calma cuando nadie más puede. Solo espero que sepas lo que estás haciendo, porque una relación así, tan pública, tan visible... no todos en el Consejo lo van a recibir con la misma calidez que esta familia.
—Lo sé —dijo Killian—. Y no me importa.
Valkian, con algo parecido al orgullo suavizándole las facciones habitualmente serias, le dio una palmada firme en el hombro.
—Entonces eso es todo lo que necesitaba escuchar.
Minutos después, Killian y Cullen, ya juntos, se acercaron a la mesa donde Vikander y Vespera compartían un café tranquilo, observando a los cachorros perseguir mariposas mecánicas por el jardín.
—Necesitamos hablar con ustedes —dijo Cullen, con una formalidad nerviosa que Killian encontraba, en secreto, entrañable.
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Editado: 31.10.2026