Usurpadora predestinada

Capítulo 34 El Hombre que Miente Solo

## CAPÍTULO 34: El Hombre Que Se Miente Solo

A esa hora de la madrugada, la oficina de Aethelgard Ouroboros ya no parecía la de un hombre poderoso. Parecía la guarida de alguien que llevaba mucho tiempo perdiendo una guerra silenciosa contra sí mismo.

Las cortinas estaban cerradas del todo, aunque no hacía ninguna diferencia; la luz de la luna llevaba semanas sin lograr atravesar ese cuarto. Sobre el escritorio, entre carpetas de informes financieros que ya ni siquiera fingía revisar, una botella de licor casi vacía descansaba junto a un vaso que él mismo no recordaba haber servido por décima vez esa noche.

Y en cada superficie disponible —el escritorio, la repisa junto a la chimenea apagada, incluso clavadas con una precisión obsesiva sobre el mapa de operaciones que debería estar dedicado a rutas comerciales— había fotografías de Dabria.

No eran fotografías robadas con mala intención, se decía a sí mismo, aunque la mentira ya sonaba hueca incluso dentro de su propia cabeza. Eran solo... registros. Informes visuales de seguridad, artículos de sociedad, capturas de las crónicas que su propia gente le hacía llegar bajo el pretexto de "vigilancia protectora". Dabria riendo en la gala de los vasallos. Dabria con los tres cachorros dormidos contra el pecho. Dabria, radiante, bajando las escaleras el día de su boda, en un vestido que él jamás debió haber visto, tomado desde un ángulo que ningún fotógrafo autorizado debería haber tenido.

Se sirvió otro trago, aunque el anterior seguía sin haberle traído ni una gota de sueño.

*Solo unas horas*, pensó, cerrando los ojos, dejando que el peso del alcohol le nublara los bordes de la conciencia. *Solo necesito dormir unas horas.*

No sirvió de nada. En cuanto cerraba los ojos, era ella quien aparecía: no el sueño posesivo de los primeros meses, ya no. Ahora era otra cosa, algo más silencioso y más cruel: la veía escuchando la confesión de Vanya en el Consejo, el rostro pálido de horror al enterarse de lo que le habían hecho, sin saber jamás que el hombre sentado a unos metros de ella, con el rostro compuesto en preocupación fraternal, había sido quien orquestó cada pieza de ese sufrimiento.

Abrió los ojos de golpe, la respiración agitada, el vaso temblando ligeramente entre sus dedos.

—Basta —se dijo en voz alta, a la habitación vacía, como si pronunciarlo pudiera obligarlo a ser cierto—. Basta ya.

Pero no bastaba. Nunca bastaba.

Se levantó, tambaleándose apenas, y caminó hasta la repisa donde una de las fotografías —Dabria riendo de verdad, la cabeza echada hacia atrás, ajena por completo a que alguien la observaba desde la distancia— captaba una luz que no debería tener en una simple imagen impresa. La tomó entre las manos con un cuidado casi reverente, completamente en desacuerdo con la crudeza de sus propios pensamientos.

—¿Por qué tuviste que ser tú? —murmuró, la voz rota de una forma que ningún miembro del Consejo, ningún vasallo, ninguna de las personas que le temían durante el día, hubiera reconocido jamás—. De todas las mujeres de este continente, de todas las posibilidades que el destino pudo haberme dado... ¿por qué tuviste que ser exactamente tú, atada a él?

La fotografía no respondió, por supuesto. Pero Aethelgard se quedó ahí, de pie, en la oscuridad de su propia oficina, sosteniendo el retrato de una mujer que jamás le pertenecería, durante mucho más tiempo del que hubiera admitido frente a cualquier persona viva.

------------------------------

Ozric encontró a su sobrino así, de pie frente a la repisa, la fotografía todavía en las manos, cuando entró sin anunciarse a la mañana siguiente, con la excusa de discutir los movimientos del Consejo tras la ejecución de Vanya.

Se detuvo en el umbral, y lo que vio le heló la sangre de una forma que ninguna estrategia política había logrado jamás.

Aethelgard, todavía con la ropa de la noche anterior, los ojos enrojecidos por la falta de sueño, guardó la fotografía en el cajón de su escritorio con una rapidez que solo confirmó, en lugar de disimular, exactamente lo que Ozric acababa de presenciar.

—Buenos días, tío —dijo Aethelgard, recomponiendo la máscara con un esfuerzo visible—. No te esperaba tan temprano.

Ozric no respondió de inmediato. Se quedó observándolo con esa mirada calculadora que había pasado décadas perfeccionando, sumando en silencio cada pieza que llevaba semanas sin encajar del todo: la insistencia obsesiva en el plan contra Sauron, la reacción desproporcionada en el torneo de guerreros, el sacrificio innecesariamente elaborado de Vanya cuando una solución más simple hubiera bastado igual de bien.

—¿Cuánto tiempo llevas así? —preguntó finalmente, la voz baja, cargada de una preocupación que no tenía nada que ver con la ambición política.

—Así, ¿cómo? —replicó Aethelgard, a la defensiva, aunque el temblor apenas perceptible en sus manos lo delataba por completo.

—No me mientas, muchacho —dijo Ozric, cerrando la puerta tras de sí, su voz endureciéndose—. He construido este plan contigo desde el principio. He arriesgado el nombre de esta familia por tu ambición. Pero esto —señaló el cajón donde la fotografía acababa de desaparecer— esto no es ambición. Esto es otra cosa. Y necesito que me digas, ahora mismo, exactamente qué tan profundo estás metido en ella, porque si esto es lo que creo que es, has puesto en riesgo mucho más que nuestra reputación. Has puesto en riesgo tu propia cabeza.

Aethelgard no respondió. Se quedó de pie, en silencio, la culpa y la vergüenza librando una batalla silenciosa en su rostro que, por primera vez en años, no logró ganar ninguna de las dos.

Y Ozric, observando ese silencio con una claridad fría que le heló el estómago, entendió, con una certeza que ya no admitía dudas, que el plan que habían construido juntos se había convertido, en algún punto que ni él mismo había logrado identificar a tiempo, en algo mucho más peligroso e incontrolable de lo que jamás habían anticipado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.