CAPÍTULO 6
La Decisión del Exilio
En la Oscuridad
Eran las 2:13 AM del miércoles.
Daniel estaba en su oficina en el Templo de la Cosecha. La oficina era un espacio pequeño pero profesional en el piso superior del edificio. Escritorio de caoba. Diplomas de seminario en la pared. Una fotografía de Daniel con Robert de hacía dos años, ambos sonriendo hacia la cámara en lo que se suponía era una foto de «liderazgo unido».
Daniel miraba esa fotografía.
En ella, parecía un hombre diferente. O tal vez era el mismo hombre, pero más joven. O tal vez era un hombre que aún no había hecho la pregunta: «¿Es esto verdad?»
Abrió un documento en blanco en su computadora.
Comenzó a escribir.
Querido Pastor Robert:
Esto es la carta más difícil que he escrito. No porque me vaya a una iglesia competidora, o porque tenga un conflicto personal contigo, o porque sea ingrato por los años que he pasado aquí. Es difícil porque lo que estoy diciendo va en contra de todo lo que me han enseñado a creer sobre lo que significa ser un «buen ministro».
Pero tengo que escribir esta carta porque no puedo continuar.
Se detenía.
¿Cómo continúa? Presionaba «borrar» y volvía a comenzar.
Querido Pastor Robert:
Después de mucha oración y reflexión, he decidido renunciar a mi posición como Pastor Asistente de Discipulado en el Templo de la Cosecha, efectiva hace dos semanas.
No. Eso era demasiado formal. Demasiado corporativo.
Presionaba borrar nuevamente.
Robert:
He tenido esta conversación en mi cabeza durante dos días. Cada vez que intento escribirla, me pregunto: ¿Tengo el derecho de hacer esto? ¿Tengo la certeza de que estoy tomando la decisión correcta? ¿Qué pasará después? ¿Seré visto como un traidor?
Pero entonces recuerdo algo que Jesús dijo: «Nadie que pone su mano al arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios» (Lucas 9:62).
Y me doy cuenta de que he estado mirando hacia atrás durante tres años.
Se detenía. Respiraba. Continuaba.
No sé exactamente cómo decir esto, así que simplemente lo diré: no puedo continuar siendo parte de este sistema. He predicado un Evangelio durante tres años que yo mismo ya no creo que sea verdadero.
Cuando llegué aquí, creía genuinamente que estábamos haciendo el trabajo de Dios. Creía que el crecimiento numérico era indicativo de bendición de Dios. Creía que los números de «decisiones por Cristo» significaban que estábamos trayendo gente al Reino.
Pero durante estos últimos meses, he descubierto algo perturbador: nuestros números crecen mientras nuestras personas se van. Nuestro presupuesto se expande mientras nuestros ministerios de cuidado pastoral se contraen. Predicamos sobre comunidad mientras las personas se sienten más solas que nunca.
Y me he dado cuenta: estamos en el negocio del entretenimiento religioso, no en el negocio de la transformación espiritual.
Se detenía nuevamente. Esto era fuerte. Esto era crítica directa. Pero continuaba porque sabía que era verdad.
Te he visto, Robert, predicar hermosos sermones sobre la familia mientras tu propia familia se desmorona. He visto a Joshua, nuestro coordinador de voluntarios, quemado hasta las cenizas por un sistema que lo ve como un recurso a ser explotado, no como una persona a ser cuidada. He visto a María esperar cuarenta y cinco minutos por dos minutos de tu tiempo, esperando que alguien en la iglesia la vea, y luego ser descartada.
Y he visto esto miles de veces. Con miles de personas. Todas solas. Todas esperando.
Y la iglesia continúa, indiferente.
Se reclinaba en su silla, mirando lo que había escrito.
Presionaba «guardar como borrador».
No estaba listo para enviar eso.
Eso sería una bomba. Eso destruiría no solo su relación con Robert, sino probablemente su carrera en el ministerio institucional.
Abrió un nuevo documento.
Querido Pastor Robert:
Después de mucha oración, he decidido perseguir una oportunidad ministerial diferente. He disfrutado enormemente de mi tiempo en el Templo de la Cosecha, pero siento que el Señor me está llevando en una dirección diferente.
Mi último día será el 30 de noviembre.
Eso era la versión corporativa. La versión que ofrecería una salida limpia. La versión que no causaría drama.
Pero mientras lo escribía, sentía una quemadura en su pecho.
Porque eso también sería una mentira.
Simplemente una mentira más amable.
Se levantaba de su escritorio. Caminaba hacia la ventana. El Templo de la Cosecha era hermoso de noche. Las luces en el exterior hacían que brillara como un santuario. Era realmente hermoso.
Pero la belleza exterior no le daba paz sobre lo que sabía que era verdad en el interior.
Se arrodillaba en el suelo de su oficina.
Y hacía algo que no había hecho genuinamente en meses: oraba.
No una oración de rutina. No una oración que había sido escrita en un sermón y memorizada. Una oración de su alma.
—Señor, estoy asustado.
Pausaba.
—Estoy asustado porque sé que si hago esto, perderé mi trabajo. Perderé mi identidad. Perderé mi comunidad. Seré visto como alguien que «abandonó la fe» o que «fue reclutado por una iglesia pequeña».
Respiraba profundamente.
—Pero también sé algo más. Sé que si continúo, continuaré siendo cómplice en un sistema que es fundamentalmente falso. Continuaré predicando un Evangelio que no creo. Continuaré viendo a gente sufrir mientras pretendo que todo está bien.
Pausaba.
—Así que estoy pidiendo tu guía, Señor. Si hay otro camino, por favor muéstramelo. Si estoy equivocado, por favor dame la humildad de saberlo. Pero si estoy en lo correcto, por favor dame el valor para hacerlo.