.
CAPÍTULO 8
La Primera Visita
Una Casa Humilde
Era un miércoles por la tarde. Daniel había pasado toda la semana en la iglesia pequeña de Lucas, ayudando donde podía, observando, intentando entender cómo funcionaba todo.
Ahora Lucas lo llevaba a una visita pastoral.
—Vamos a ver a Rebeca —decía Lucas mientras conducía su auto viejo, un Honda Civic de 1998 que había visto mejores días—. Es una de nuestras miembros. Viuda. Vive sola. Tiene setenta y dos años. Es una de mis personas favoritas en la tierra.
Conducían hacia un vecindario diferente. Más pobre que el barrio Esperanza. Las casas eran más pequeñas, más antiguas. Algunos de los jardines no estaban bien mantenidos. Algunos de los autos estacionados fuera eran muy viejos.
Se detenían frente a una casa pequeña pero bien cuidada. El jardín tenía algunas flores plantadas cuidadosamente. La puerta estaba pintada de azul. Había una silla de madera en el porch donde alguien obviamente se sentaba a ver pasar a los vecinos.
Tocaban a la puerta.
Lucas tocaba, no como un extraño, sino como alguien que había estado aquí muchas veces antes.
Se abrió la puerta. Rebeca salía. Era una mujer pequeña, con cabello gris, vestida con ropa modesta. Cuando veía a Lucas, su rostro se iluminaba.
—¡Lucas! —exclamaba—. ¡No los esperaba! ¡Pero qué alegría!
Se abrazaron. Lucas la besaba en la mejilla.
—Rebeca, tú sabes que siempre estamos pensando en ti —decía Lucas.
Rebeca lo miraba a los ojos realmente, como si preguntara: ¿Es verdad? ¿De verdad están pensando en mí?
—Pasa, pasa. Te haré café.
Entraban a la casa.
Era pequeña. Dos recámaras, Daniel suponía. Una sala pequeña. Una cocina pequeña. Pero limpia. Impecablemente limpia.
Las paredes estaban llenas de fotografías. Fotos de lo que parecía ser su difunto esposo en diferentes épocas. Fotos de hijos adultos. Fotos de nietos.
Se sentaban en la sala. Rebeca iba a la cocina y regresaba con café en tazas que parecían ser sus mejores tazas. Daniel podía decirlo por cómo las traía cuidadosamente, como si fueran preciosas.
Lucas se sentaba al lado de Rebeca, tomándola de la mano.
—¿Cómo está tu corazón, Rebeca?
Parecía una pregunta simple, pero la forma en que Lucas la hacía —con presencia completa, mirando directo a sus ojos— hacía parecer como si realmente quisiera saber. No una pregunta de cortesía. Una pregunta de amor.
Rebeca pausaba.
—Estoy... sola, Lucas —decía finalmente, su voz quebrándose ligeramente—. Hace tres años que mi esposo murió. Y algunos días, la soledad es... —se detenía, buscando las palabras—. Es como si el mundo se hubiera vuelto gris. Como si nada tuviera color.
Lucas escuchaba. No interrumpía. No trataba de arreglarlo. Solo escuchaba.
—¿Has comido bien esta semana? —preguntaba.
—Más o menos —respondía Rebeca—. A veces no tengo mucha energía para cocinar solo para mí. La comida sabe mejor cuando alguien más está comiendo.
Daniel miraba a Lucas para ver cómo respondería. Esperaba un sermón sobre «confiar en Dios» o «encontrar alegría en la presencia de Jesús».
Pero Lucas solo daba una respuesta simple:
—¿Qué necesitas, Rebeca? No espiritual. Físico. ¿Qué necesitas?
Rebeca miraba hacia abajo.
—Honestamente... necesito ayuda con las facturas médicas. Mi artritis ha empeorado y tuve algunos análisis de sangre que fueron costosos. Tengo algo de deuda acumulada. Y también... —se detenía, como si tuviera miedo de decir el resto—. También necesito que alguien me ayude a limpiar el jardín. He estado intentando hacerlo, pero mi espalda no lo permite.
Lucas asentía.
—Rebeca, la comunidad quiere ayudarte. Déjanos hacer esto. Vamos a ayudarte con las facturas. Vamos a venir a limpiar el jardín. Y voy a hacer que algunos de nuestros miembros pasen regularmente para que no estés tan sola.
Rebeca comenzaba a llorar.
—¿Por qué harían eso? Yo soy solo una vieja. No soy importante.
—Eres importante para nosotros —decía Lucas, apretando su mano—. Eres parte de nuestra familia. Y en una familia genuina, te cuidamos.
Permanecían allí durante dos horas. Lucas no predicaba. Simplemente estaba presente. Hablaba con Rebeca sobre sus nietos. Escuchaba historias sobre su esposo. Permitía que ella riera sobre buenos tiempos.
Antes de irse, Lucas preguntaba:
—¿Hay algo que podamos orar contigo?
—Sí —respondía Rebeca—. Ora para que no pierda la esperanza. Ora para que sienta que Dios sigue conmigo, incluso cuando estoy sola.
Se arrodillaron los tres. Y Lucas oraba:
—Padre, Rebeca te conoce mejor que la mayoría de nosotros. Ha vivido una vida de fe. Y ahora se siente sola. Pero sabemos que Tú prometes estar presente en la soledad. Así que te pedimos que hagas eso, Señor. Que Rebeca sienta Tu presencia. Y que Tú uses a tu iglesia —a nosotros— para asegurarle que no está sola. Que Tú nos usas para mostrarle Tu amor en forma tangible. En el nombre de Jesús, amén.
—Amén —susurraba Rebeca, aún llorando, pero de manera diferente. No lágrimas de desesperación. Lágrimas de estar siendo vista genuinamente.
En el auto regresando, Daniel permanecía en silencio durante varios kilómetros.
Finalmente, preguntaba:
—¿Hacen esto con todos? ¿Visitas como estas?
—Intentamos —respondía Lucas—. No es perfecto. Todos tenemos limitaciones de tiempo. Pero sí, intentamos visitar a cada miembro regularmente. Conocerlos. Preguntarles cómo están realmente. Y cuando descubrimos una necesidad, la abordamos como comunidad.
—¿Cómo se financia eso? —preguntaba Daniel—. Como en el caso de Rebeca, ¿quién paga esas facturas médicas?
—Nosotros —respondía Lucas—. La iglesia. Es parte de nuestro presupuesto. Y también, cuando descubrimos que alguien no tiene dinero para comida, la comunidad lo provee. No es caridad. Es comunidad cuidándose a sí misma.