Utopía Cristiana

Capítulo 9

CAPÍTULO 9

La Pregunta Central

El Estudio

Era un miércoles por la noche. Una semana después de que Daniel había acompañado a Lucas a visitar a Rebeca.

Daniel había pasado esos siete días en una especie de transformación silenciosa. Había ayudado en la iglesia: moviendo sillas, preparando comida para los eventos, simplemente siendo presente. Pero, más importante, había estado observando. Aprendiendo cómo funcionaban las cosas aquí. Cómo era diferente.

Ahora estaba sentado en la sala de la Iglesia del Redentor. Una sala que durante el domingo era el lugar donde se comía, donde se adoraba, y el miércoles era donde se estudiaba la Biblia.

Estaban presentes aproximadamente treinta personas. Gente de todas las edades. Un hombre que parecía estar en sus ochenta años. Una adolescente. Padres con niños pequeños. Personas de diferentes razas, de diferentes trasfondos económicos.

No había cámara de video. No había hashtag de redes sociales que dijera «¡Únete a nosotros en el estudio bíblico!». No había aún ningún intento de que pareciera profesional.

Lucas estaba sentado en una silla, igual a las demás. No en un estrado. Sostenía una Biblia antigua, con páginas gastadas de años de uso.

—Buenas noches, hermanos —comenzaba Lucas—. Hoy vamos a estudiar el pasaje del Buen Samaritano. Lucas 10, versículos 25 al 37.

Abría la Biblia. Pero antes de leer, hacía algo que Daniel nunca había visto hacer en un estudio bíblico formal:

Simplemente hacía una pregunta.

Una pregunta.

No: «¿Alguien puede darnos el contexto histórico?». No: «¿Cuál es la estructura literaria de esta parábola?». No: «¿Cuál es el significado teológico del término "samaritano" en el contexto del Nuevo Testamento?».

Solo esto:

—Antes de que leamos, quiero que pensemos en una pregunta: ¿Cómo puedo amar mejor hoy?

Silencio completo en la habitación.

Daniel podía casi escuchar a la gente pensando. No era una pregunta fácil. No era una pregunta que tuviera una respuesta correcta estándar. Era una pregunta que requería reflexión genuina.

Lucas daba quince segundos de silencio puro.

Luego leía el pasaje. Lo leía de manera lenta, deliberada, permitiendo que cada palabra se asentara:

«Un intérprete de la ley se levantó para tentarle, diciendo: "Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?". Él le dijo: "¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees?". Aquél, respondiendo, dijo: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu fuerza, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo". Y le dijo: "Bien has respondido; haz esto, y vivirás"».

Lucas pausaba.

—El intérprete de la ley sabe la respuesta correcta. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Sabe esto intelectualmente. Pero luego —note esto— siente la necesidad de justificarse.

Continuaba leyendo:

«Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: "¿Y quién es mi prójimo?"».

—Y entonces Jesús cuenta la historia. Y la historia responde: tu prójimo es el que te muestra misericordia. Tu prójimo es el que ve tu necesidad y actúa. Tu prójimo es el que no pasa de largo, sino que se detiene.

Lucas cerraba la Biblia y nuevamente hacía la pregunta:

—Entonces, hermanos, volvamos a nuestra pregunta: ¿Cómo puedo amar mejor hoy? No mañana. No en algún contexto hipotético. Hoy. Este día que estamos viviendo. ¿Cómo puedo ser el Buen Samaritano hoy?

Nuevamente, pausa.

Un hombre en la tercera fila levantaba la mano tímidamente.

—Sí, Fernando —decía Lucas.

—Creo que... creo que necesito perdonar a mi hermana —decía Fernando, su voz temblando ligeramente—. Hace tres meses que no nos hablamos. Tenemos un desacuerdo sobre dinero. Y simplemente... hemos estado evitándonos. Pero escuchar esta parábola... siento que Dios me está diciendo que debo ir a ella. Que debo ser el que se acerca. No importa quién tenga razón.

Había lágrimas en sus ojos cuando decía esto.

Lucas no predicaba. No sermoneaba. Solo asentía:

—Gracias por compartir, Fernando. Eso es lo que hace Dios, ¿verdad? Nos pone en situación de escuchar la Palabra y de repente vemos algo que necesitamos cambiar. ¿Alguien más?

Una mujer levantaba la mano:

—Mi nombre es Isabela. Quiero decir: tengo un vecino que ha estado desempleado durante ocho meses. He estado preocupada por él y su familia. Y simplemente no sabía cómo ayudar sin ser condescendiente. Pero escuchar esta historia... siento que debo simplemente hablar con él. Preguntarle qué necesita. Ser su prójimo.

—Hermoso, Isabela —respondía Lucas—. ¿Ves? No necesitas ser un experto en mercado laboral. Solo necesitas ver la necesidad y preguntar cómo puedes ayudar.

Una mujer mayor levantaba la mano:

—Soy Rosa. Hace dos meses que no visito a mi madre. Ella vive sola. Está envejeciendo. Y estoy ocupada con la vida, con el trabajo. Pero escuchar esto me hace pensar... ella podría estar como Rebeca. Ella podría estar sola esperando que alguien la visite. Pienso ir a verla esta semana. Varios días si puedo.

Lucas le sonreía con calidez genuina:

—Rosa, eso es exactamente lo que significa amar bien. No es un acto extraordinario. Es presencia. Es ir. Es estar ahí.

Alguien más levantaba la mano:

—Pastor Lucas, ¿pero cómo priorizo? Quiero amar a todos, pero no puedo hacerlo todo. ¿Cómo sé a quién amar primero?

Lucas pausaba, pensando genuinamente en la pregunta.

—Creo que Dios pone a ciertas personas en tu radar. Las personas que ves. Las personas cuyas necesidades conoces. Las personas por las que tu corazón se llena de compasión. Esas. No intentes amar al mundo entero. Ama bien a aquellos que Dios ha puesto en tu vida. Y cuando amas bien a esos, el impacto se expande naturalmente.

El grupo continuaba. No era una clase sobre exégesis. No era un análisis profundo de la estructura literaria de la parábola.



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En el texto hay: drama, accion, suspenso

Editado: 09.10.2026

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