CAPÍTULO 10
La Propuesta
En la Oficina
Era un viernes por la tarde. Daniel estaba en la pequeña oficina de Lucas en el sótano de la Iglesia del Redentor.
Era una oficina que se ajustaba completamente con el carácter de la iglesia: sin pretensiones. Un escritorio de madera simple. Un estante con libros. Una ventana pequeña que daba al patio trasero.
Lucas había pedido hablar con Daniel. «Necesito compartirte algo», había dicho.
Ahora estaban sentados. Lucas se reclinaba en su silla, sus manos juntas, como si estuviera reuniendo el coraje para decir algo grande.
—Daniel, hace dos semanas eras un hombre perdido. Estabas en una iglesia que no creías que fuera verdadera. Y ahora, después de pasar tiempo aquí, creo que has encontrado algo. ¿Es correcto?
—Completamente —respondía Daniel.
—Bien —continuaba Lucas—. Porque necesito pedirte algo. Algo que podría sonar loco.
—Adelante —decía Daniel.
Lucas respiraba profundo.
—Quiero que me ayudes a estructurar algo más grande.
Daniel lo miraba, confundido.
—¿Más grande? Creí que lo tuyo era pequeño. Creí que era profundidad sobre expansión.
—Lo es —respondía Lucas—. Pero hay una diferencia entre pequeño y profundo. Yo no quiero construir una megaiglesia. Pero sí quiero que lo que estamos haciendo aquí sea replicable. Quiero que sea modelo. Quiero que otras iglesias vean que hay un camino diferente.
Se levantaba y caminaba hacia la ventana, mirando hacia el patio.
—Tenemos doscientos miembros. Es un buen número. Pero para ser sostenible a largo plazo, para poder invertir en las cosas que creo que Dios nos está llamando a hacer, necesitamos estructura. Necesitamos sistemas. Necesitamos visión clara.
Se giraba hacia Daniel.
—Y creo que Dios te ha traído aquí para eso.
Daniel no sabía qué decir. Así que escuchaba.
—Déjame compartirte la visión completa —continuaba Lucas—. Y luego puedes decidir si quieres ser parte de esto.
Se sentaba nuevamente.
—Primero: independencia financiera. No puedo continuar dependiendo de diezmos de miembros que están lidiando con incertidumbre económica. Necesitamos que la iglesia sea financieramente autosuficiente a través de negocios que beneficien a la comunidad. Estoy pensando en negocios agrícolas. Tenemos tierra. Podemos cultivar. Podemos vender. Y esos ingresos pueden sustentar el ministerio y la comunidad.
—Segundo: cooperativas de consumo. Si estamos produciendo comida, podemos venderla a nuestros miembros y a la comunidad a precios justos. Esto no solo ayuda económicamente. También crea temas de conexión. La gente viene a la cooperativa. Conoce a otros. Se conecta.
—Tercero: educación de calidad. Nuestros niños merecen excelencia académica junto con formación de carácter. Estoy pensando en crear un colegio pequeño. No grande. Solo suficientemente grande para que sea personal. Donde cada estudiante sea verdaderamente conocido.
Daniel estaba escuchando, procesando, imaginando.
—Cuarto: ministerios de profundidad. Visitación regular. Grupos pequeños. Enseñanza bíblica que transforma en lugar de solamente informar. Consejería pastoral verdadera. Todo diseñado alrededor de personas reales con necesidades reales.
—Y quinto —y esto es lo más importante—: el Espíritu Santo como centro, no como accesorio. No es algo que invocamos al principio del servicio y luego lo olvidamos. Es la atmósfera. Es lo que respiran las personas cuando entran a la comunidad. Es presencia genuina de Dios.
Lucas se reclinaba de nuevo.
—Cuando junto todo eso, es una comunidad completamente diferente. Es lo que estoy llamando una «Comunidad de Consolidación». No estamos tratando de alcanzar a millones. Estamos tratando de profundizar con los que tenemos. Estamos tratando de demostrar que otra forma es posible.
Daniel permanecía en silencio, procesando.
Finalmente, preguntaba:
—¿Es posible? Realmente, ¿es posible hacer todo esto? ¿Tienes los recursos? ¿Tienes la tierra? ¿Tienes los líderes?
—No completamente —respondía Lucas honestamente—. Tenemos una pequeña cantidad de tierra. Tenemos algunos líderes talentosos. Tenemos miembros que serían parte. Pero no tenemos todo.
—Entonces, ¿cómo lo hacemos? —preguntaba Daniel.
Lucas lo miraba directamente.
—Por fe. Exactamente como Dios nos ha mandado siempre a hacer cosas grandes. Jesús dijo: «Pedid, y se os dará». Yo creo que si somos claros en la visión, si somos honrados en lo que estamos haciendo, Dios proveerá.
—Pero eso es riesgoso —decía Daniel.
—Sí —concordaba Lucas—. Es muy riesgoso. Podría fallar. Podríamos perder dinero. Podríamos decepcionar a gente. Podríamos ser vistos como locos.
Pausaba.
—Pero también creo esto: si no intentamos, si no nos atrevemos a soñar diferente, entonces estamos permitiendo que el sistema actual continúe. Y el sistema actual está roto.
Lucas se levantaba nuevamente y caminaba hacia una ventana diferente, mirando hacia la calle donde estaba la iglesia.
—Afuera hay gente que está sola. Hay gente que está hambrienta —no solo físicamente, sino espiritualmente. Hay gente que quiere comunidad pero no sabe dónde encontrarla. Hay gente que quiere conocer a Dios realmente pero ha sido dañada por iglesias que son más sobre números que sobre nombres.
Se giraba hacia Daniel.
—Y creo que Dios quiere que demostremos que hay un camino diferente. Creo que Él quiere que construyamos un modelo que otros puedan replicar. Creo que quiere un movimiento de iglesias pequeñas, profundas, auténticas que transformen sus comunidades locales.
—¿Y crees que yo puedo ser parte de eso? —preguntaba Daniel.
—Creo que Dios te ha traído aquí por eso —respondía Lucas—. Traes experiencia del mundo de iglesias grandes. Entiendes sistemas. Entiendes estructura. Pero también acabas de salir de ese mundo porque reconociste que algo estaba roto. Eso significa que puedes ayudar a construir algo que no repite los mismos errores.