CAPÍTULO 11
El Terreno
La Mañana
Era un sábado por la mañana. Aproximadamente tres semanas después de que Daniel y Lucas hubieran orado en la pequeña oficina.
Estaban reunidos en el estacionamiento de la Iglesia del Redentor: Lucas, Daniel, tres miembros de la junta directiva, y José, el anciano de setenta y seis años que era exingeniero agrícola.
En total, cinco autos. Todos dirigiéndose hacia las afueras de la ciudad.
Daniel iba en el auto de Lucas. Conducían por cuarenta minutos, saliendo del área urbana, entrando en regiones donde había más tierra que construcciones. Granjas pequeñas. Terrenos baldíos. La campiña.
Lucas conducía con una calma que Daniel admiraba. No estaba ansioso. No estaba nervioso. Solo conducía, ocasionalmente señalando cosas:
—Esa fue una granja que prosperó hace años. Mira cómo el dueño mantuvo la tierra bien.
Finalmente, se desviaban en un camino de tierra sin pavimentar.
Y entonces, de repente, estaba.
Cincuenta hectáreas. Tierra de color marrón rico, con algunos árboles dispersos, con terrenos ligeramente ondulados. Hermosa en su simplicidad. Productiva en su potencial.
No había cercas sofisticadas. No había letreros. Solo la tierra. Y en el horizonte lejano, una casa pequeña de granja: la casa del dueño anterior, que aún estaba técnicamente en la propiedad.
Los cinco autos se detenían en lo que parecía ser la entrada.
Todos salieron.
Lucas caminaba hacia adelante lentamente, como si estuviera rezando silenciosamente.
Daniel lo seguía.
Los otros miembros de la junta se dispersaban, examinando diferentes partes del terreno.
—Es aquí —decía Lucas simplemente.
No había drama en la voz. No había emoción exagerada. Solo reconocimiento de un hecho importante.
—¿Cómo lo lograste? —preguntaba Daniel—. Cincuenta hectáreas. Esto debe haber sido... caro.
Lucas sonreía.
—El dueño anterior era un granjero jubilado llamado Roberto. Sesenta y ocho años. Había estado aquí durante cuarenta años. Pero su salud estaba fallando. Sus hijos no querían continuar con la granja. Así que quería vender.
Caminaban lentamente por el terreno mientras Lucas hablaba.
—Vino a verme hace seis meses. Había escuchado sobre la iglesia. Había escuchado que estábamos haciendo cosas diferentes. Y preguntó si estaría interesado en comprar su tierra.
—¿Y dijiste que sí? —preguntaba Daniel.
—Dije que no teníamos dinero. Que era imposible. Que probablemente debería vender al mejor postor del mercado.
—¿Y qué pasó?
—Roberto dijo algo que no olvidaré nunca. Dijo: «Pastor Lucas, tengo suficiente dinero. Lo que quiero es que mi tierra sea usada para el bien. Si la vendo en el mercado abierto, probablemente será comprada por un desarrollador que construirá casas. Esa tierra que mi familia cultivó durante cuarenta años se convertirá en un suburbio. Pero si te la vendo a ti, sé que será usada para ayudar a las personas. Y eso vale más que dinero para mí».
Daniel sentía que algo se movía en su pecho.
—¿Así que te la vendió barato?
—Nos la vendió a una fracción del precio de mercado —respondía Lucas—. Y además, nos financió la compra. Así que no tuvimos que obtener un préstamo hipotecario tradicional.
Se detenían en el medio del terreno.
Lucas extendía sus brazos, mirando el paisaje.
—Mira aquí —decía—. Aquí es donde plantaremos los cultivos principales. Tomates, maíz, frijoles. Cosas que se venden bien. Cosas que la comunidad necesita.
Caminaba hacia otro lado.
—Aquí, en esta área más plana, es donde construiremos la cooperativa de almacenamiento. Un lugar donde procesaremos y almacenaremos la comida antes de venderla.
Se movía nuevamente.
—Y aquí, sobre esta loma, donde hay una vista hermosa de toda la propiedad, aquí es donde pondremos el colegio. Un lugar donde nuestros niños puedan aprender rodeados de la naturaleza. Donde puedan ver de dónde viene la comida. Donde su educación esté conectada a la realidad, no solo a libros.
Daniel caminaba con Lucas, imaginando.
No era difícil ver la visión. La tierra estaba ahí. El potencial estaba ahí.
Lo que faltaba era la ejecución.
En ese momento, José se acercaba. El anciano había estado caminando el terreno solo, examinándolo con los ojos de alguien que había pasado su vida entendiéndose con la tierra.
—Lucas —decía, acercándose—. Necesito hablar contigo.
Su expresión no era de desaprobación. Pero sí de seriedad.
—¿Qué pasa, José? —preguntaba Lucas.
—Esto puede ser productivo —decía José, mirando alrededor—. La tierra es buena. El drenaje es aceptable. Hay suficiente luz solar. Sí, esto puede funcionar.
Pausa.
—Pero necesita trabajo genuino. No es solo sembrar semillas y esperar. Requiere educación agrícola. Requiere técnica. Requiere inversión en herramientas adecuadas. Requiere planificación.
Daniel sentía que el peso bajaba nuevamente. Los costos de los que no se había pensado. Las complejidades.
Pero José continuaba:
—He pasado cincuenta años trabajando con tierra. La mayoría de ese tiempo fue para hacer dinero. Para beneficio personal. Pero en mis últimos años, he pensado: ¿qué quiero dejar? ¿Qué puedo dar?
Se dirigía hacia Lucas directamente.
—Tengo conocimiento, Lucas. Tengo experiencia. Tengo conexiones en círculos agrícolas. Si Dios quiere, puedo ayudarte. Puedo enseñarte. Puedo asegurarme de que esto se haga bien.
Lucas abría los brazos y abrazaba a José.
—Gracias, hermano. Gracias.
Se apartaba de José pero mantenía sus manos en los hombros del anciano.
—¿Estarías dispuesto a ser el director de nuestras operaciones agrícolas? No es un puesto pagado. Pero es importante. Es liderazgo.
—Sí —respondía José sin dudarlo—. Sí, estaría honrado.
Daniel observaba este intercambio.
Y se daba cuenta de algo profundo.