CAPÍTULO 12
El Banco de Esperanza
La Reunión de Tesorería
Una semana después, una reunión importante se llevaba a cabo en la sala de la Iglesia del Redentor.
Presentes: Lucas, Daniel, José y María, la tesorera de la iglesia.
María era una mujer de cuarenta y cinco años. Había pasado veinte años trabajando como contadora en un banco importante. Luego, hacía cinco años, había dejado su trabajo para estar más presente con su familia que envejecía. Ahora se ofrecía como voluntaria en la iglesia, manejando las finanzas.
Y aunque era voluntaria, María traía la seriedad y la precisión que había adquirido en décadas de trabajo financiero profesional.
Estaba sentada frente a una computadora portátil. Una hoja de cálculo estaba abierta. Los números eran claramente visibles en la pantalla, aunque María decidió no proyectarlos todos en la pared.
—Bien —comenzaba María—, déjame compartir dónde estamos financieramente.
Presionaba una tecla y aparecía un resumen simplificado en la pantalla.
—Como pueden ver —decía María, apuntando a los totales—, tenemos una situación financiera básicamente sólida. No estamos en deuda severa. Tenemos un pequeño excedente cada año gracias a los diezmos y ofrendas. Pero no tenemos mucho capital de trabajo para una inversión significativa como la que estamos planeando.
Lucas asentía, escuchando.
—Ahora —continuaba María—, para hacer lo que Lucas y Daniel están proponiendo —desarrollo agrícola, construcción de la cooperativa, inicio del colegio—, necesitamos capital considerable.
Traía una segunda página con una lista de conceptos, sin desgloses minuciosos.
—Herramientas, preparación del suelo, semillas, construcción de la estructura de almacenamiento, equipos básicos... —María suspiraba—. La suma total supera ampliamente lo que tenemos en caja ahora mismo. Incluso si usáramos todos nuestros ahorros, no llegamos ni a la mitad de lo necesario.
Había silencio en la habitación.
Daniel lo rompía:
—No tenemos ese dinero. Ni remotamente cercano.
Daniel sentía el peso del fracaso antes de que hubiera comenzado.
Pero Lucas simplemente preguntaba:
—¿Y si pidiéramos un préstamo?
Todos lo miraban.
—¿Qué? —preguntaba Daniel.
—Un préstamo —repetía Lucas calmadamente—. Vamos a un banco. Solicitamos un préstamo basado en nuestras proyecciones de ingresos agrícolas. Pagamos con las ganancias de las cosechas.
—Pero eso es deuda —protestaba Daniel—. Creí que todo esto era diferente. Creí que no estábamos cayendo en el mismo sistema.
Lucas se reclinaba en su silla.
—Daniel, hay una diferencia teológica importante aquí que necesito que entiendas. La deuda injusta —deuda que se toma para enriquecimiento personal o deuda que es predatoria—, eso es pecado. Eso es lo que Dios condena en la Biblia.
Se levantaba y caminaba hacia la ventana.
—Pero la deuda para el bien común, con un plan claro, con la capacidad realista de pagarla, eso es administración. Eso es mayordomía responsable.
Se giraba hacia el grupo.
—Si no tomamos este préstamo, esta visión no se realiza. Las personas continúan sufriendo. La comunidad continúa sin transformación. Eso sería negligencia de nuestra parte.
—Pero ¿y si fracasamos? —preguntaba alguien.
—Entonces pagamos la deuda como mejor podamos. Pero aquí está la clave: estamos saliéndola con honestidad. No estamos pidiendo que la iglesia le dé más diezmos para pagar deuda. Estamos pidiendo que la tierra nos genere ingresos.
María hablaba:
—Lucas tiene razón. Miré a otros modelos: iglesias que han hecho esto. Cuando tienes un negocio productivo que genera ingresos, el modelo es viable. Los bancos lo entienden. Los bancos prestarán basado en proyecciones realistas.
—¿Tienes un banco en mente? —preguntaba Daniel.
—Sí —respondía María—. Hay un banquero llamado Miguel. Solía trabajar en el banco donde yo trabajaba. Ahora es gerente en el Banco de la Comunidad. Y... —pausa significativa— es miembro de esta iglesia.
—¿En serio? —preguntaba Daniel.
—Sí —sonreía María—. Créeme cuando digo que Dios prepara a la gente de antemano. Miguel ha estado buscando formas de invertir en su comunidad. Cuando le cuente esto, estará interesado.
La Reunión Bancaria
Dos semanas después, Lucas, María y Daniel estaban sentados en la oficina de Miguel en el Banco de la Comunidad.
Miguel era un hombre de cincuenta años. Cortés. Profesional. Pero también genuinamente interesado en lo que estaban presentando.
María presentaba el plan:
Mostraba proyecciones de cosechas basadas en las experiencias de José. Mostraba modelos de mercadeo: cómo venderían sus productos a través de la cooperativa. Mostraba análisis realista de rentabilidad.
No era un plan perfecto. Había riesgos.
Pero era un plan sólido. Era serio. Era realista.
Miguel escuchaba cuidadosamente.
Cuando María terminaba, Miguel se reclinaba en su silla.
—Esto es... diferente a la mayoría de solicitudes que recibo. Especialmente de iglesias.
—¿Cómo así? —preguntaba Lucas.
—Bien —sonreía Miguel—, la mayoría de iglesias que piden préstamos los piden para construir edificios más grandes. Para comprar terreno para expansión. Para financiar ministerios que no generan ingresos.
—¿Y nosotros? —preguntaba Lucas.
—Ustedes están pidiendo financiamiento para crear un negocio que beneficia directamente a la comunidad. Que genera ingresos. Que es sostenible. Que es... —pausa— teológicamente sólido en mi opinión.
Se levantaba y caminaba hacia la ventana de su oficina, que daba hacia la ciudad.
—Saben, he estado en esta iglesia durante tres años. He visto lo que Lucas está haciendo. He visto cómo la comunidad realmente se conoce. He visto gente transformada. He visto presencia de Dios.
Se giraba hacia ellos.
—Es diferente a cualquier cosa que he visto en iglesias. Y honestamente, es refrescante. Es verdadero.