CAPÍTULO 13
El Primer Cultivo
La Primavera Llega
Era mediados de abril. La temperatura estaba comenzando a subir. Las flores estaban floreciendo en los árboles. El mundo parecía estar despertando de un largo sueño.
Y en las cincuenta hectáreas que habían sido adquiridas, algo importante estaba a punto de comenzar.
Lucas había hecho un llamado a la iglesia:
—Necesitamos que todos vengan. Todos. Desde los niños más pequeños hasta los abuelos más ancianos. Vamos a sembrar juntos.
El sábado por la mañana, aproximadamente ciento cincuenta miembros de la Iglesia del Redentor llegaban al terreno agrícola.
Venían en autos. Algunos en autobús que José había arreglado. Algunos en bicicleta. Algunos caminando, porque vivían lo suficientemente cerca.
Traían herramientas. Traían bolsas de semillas. Traían agua. Traían energía.
El terreno se transformaba de un espacio vacío a un espacio lleno de actividad.
José estaba en el centro, con una gorra de granjero que parecía haber sido usada durante décadas. Estaba llevando un plano simple del terreno.
—Por aquí —gritaba, señalando a un área grande—, sembramos tomates. La demanda es consistente. Los precios son buenos. Podemos vender localmente fácilmente.
Señalaba otra área:
—Por aquí, lechugas, espinacas, zanahorias. Cosas que crecen rápidamente. Cosas que la gente necesita.
Caminaba hacia otra sección:
—Por aquí, frijoles y granos. Eso es menos trabajo intensivo. Y tiene demanda constante.
Un voluntario levantaba la mano:
—¿Y qué hay sobre el maíz? Pensé que íbamos a sembrar maíz.
José pausaba.
—El maíz no. Hablé con algunos colegas. El maíz requiere mucha agua. Requiere mucha tierra. Y los precios de mercado son bajos porque hay mucha competencia de operaciones grandes. Para nosotros, la ganancia sería mínima. Mejor enfocarnos en cosas que realmente venden y que realmente benefician a la comunidad.
Había sabiduría práctica en eso. No era romance agrícola. Era realismo basado en experiencia.
José se dirigía a los diferentes grupos:
—Ustedes, este grupo, van a preparar las camas para los tomates. Necesitan aflojar el suelo. Necesitan mezclar la enmienda que preparamos. Trabajen juntos.
—Este grupo, ustedes van a hacer agujeros para las plantas de lechuga. No muy profundo. Aproximadamente así —mostraba con sus dedos— de profundidad.
—Y este grupo, ustedes trabajarán en los surcos para los frijoles.
Era como una orquesta. José era el director. Los miembros de la iglesia eran los músicos.
La Familia que Trabaja Unida
En una sección del terreno, una familia —padre, madre y dos hijos de ocho y diez años— trabajaba juntos preparando camas para tomates.
El padre cavaba. La madre aflojaba el suelo con un rastrillo. Los niños traían la enmienda en bolsas pequeñas.
El hijo más pequeño, Miguel, se detenía en un momento y preguntaba:
—Papá, ¿por qué estamos haciendo esto?
Su padre se apoyaba en la pala un momento. Respiraba. Miraba alrededor: a los ciento cincuenta miembros de la iglesia trabajando en este terreno, bajo el sol de primavera, creando algo.
—Porque somos comunidad, hijo —respondía finalmente—. Y la comunidad se alimenta a sí misma. No espera que otros le den lo que necesita. Trabaja para obtenerlo.
El niño procesaba esto.
—¿Entonces este alimento será nuestro?
—Parcialmente —respondía el padre—. Parte será para nuestra familia. Parte será vendida en la cooperativa para que otros en la comunidad puedan comprar. Parte irá a las personas que no tienen dinero para comprar. Pero todo, todo, viene de nuestro trabajo conjunto.
El niño miraba el terreno nuevamente, como si lo viera diferente ahora.
—Eso está bien —decía simplemente.
El Almuerzo
Alrededor del mediodía, todos se detenían.
Un grupo de mujeres de la iglesia había preparado almuerzo. No era almuerzo de catering. No había opciones sofisticadas. Era comida sencilla, copiosa, hecha con amor.
Arroz. Frijoles. Pollo asado. Ensalada. Pan casero. Agua fresca hecha con frutas.
Se tendían mantas en el terreno. Las personas se sentaban en círculos. Comían. Hablaban.
Un hombre llamado David estaba sentado con Lucas.
David había estado desempleado hacía dos meses. Había estado buscando trabajo durante ocho meses sin éxito. Su familia estaba en crisis. Las deudas se acumulaban. La esperanza se desvanecía.
Entonces Lucas lo había invitado a trabajar en el proyecto agrícola. Como empleado pagado. Con salario.
—Lucas —decía David, comiendo su almuerzo lentamente, como si saboreara cada bocado de una manera que no había podido hacerlo en meses—, hace dos meses, yo era un hombre roto. Estaba buscando trabajo. Nada. Nadie quería contratarme por mi edad.
Se detenía, emocionado.
—Luego me diste esta oportunidad. Y gané dinero. Dinero real por trabajo real. Y alimenté a mi familia. Mi esposa dejó de estar asustada. Mis hijos dejaron de preguntarse si comerían.
Miraba a Lucas directamente.
—Esto no es caridad, hermano. Esto es dignidad. Y eso vale más que dinero.
Lucas simplemente escuchaba.
—Sé que probablemente no entiendes exactamente lo que significa —continuaba David—. Porque siempre tuviste trabajo. Pero para alguien como yo, el trabajo es más que dinero. Es propósito. Es ser visto. Es saber que aporto algo.
Se volvía hacia el terreno.
—Y aquí, siento que aporto. Que mi trabajo importa. Que no soy un número.
Al Atardecer
Cuando el sol comenzaba a bajar, aproximadamente a las cinco de la tarde, todos se detenían.
El terreno estaba transformado.
Lo que hacía apenas ocho horas había sido tierra vacía ahora era tierra plantada. Camas preparadas. Surcos trazados. Semillas plantadas. El futuro sembrado literalmente en el suelo.
Lucas reunía a todos.
—Hermanos, miren lo que hemos hecho.