CAPÍTULO 17
El Banquete
Una Noche de Comunión
Era la primera noche del mes. El primer sábado. El día del Banquete Comunitario.
Aproximadamente doscientos treinta miembros de la Iglesia del Redentor estaban convergiendo en el terreno agrícola.
El lugar había sido transformado. Se habían levantado grandes tiendas de campaña: no tiendas lujosas, sino tiendas funcionales que protegían del viento y del polvo. Se habían colocado mesas largas de forma que permitieran la conversación. Se habían traído sillas de la iglesia.
El sol estaba bajando. Las luces solares colgaban de las tiendas, creando una atmósfera cálida.
Y el aroma de comida llenaba el aire.
La comida había sido preparada por equipos rotativos de la iglesia. Esta vez era el turno del equipo dirigido por Rosa, una mujer de cincuenta y cinco años que había aprendido a cocinar de su madre y de su abuela.
El menú era excelente.
No era «comida de iglesia» del tipo: galletitas, jugo, algo que se sabe que será mediocre.
Era:
Pollo asado marinado en una mezcla de especias que Rosa había perfeccionado durante años.
Arroz con verduras frescas de la cooperativa agrícola.
Frijoles en una salsa rica y aromática.
Ensalada fresca con lechuga, tomates, zanahorias: todo de la cooperativa.
Pan casero, aún caliente del horno de la casa de Rosa.
Agua fresca hecha con frutas locales.
Para postre: flan casero, que era el favorito de todos.
Era comida hermosa. Era comida que demostraba que la comunidad podía comer bien juntos sin necesidad de lujo innecesario.
La Mezcla
Cuando comenzaban a llegar, Lucas hacía un punto: no haber asientos separados para «líderes» o personas «importantes».
Todo el mundo se sentaba mezclado.
Un empresario próspero se sentaba al lado de un desempleado.
Una abuela rica se sentaba entre una madre soltera y un jubilado con pensión mínima.
Un profesor universitario se sentaba al lado de alguien que había dejado la escuela en noveno grado.
No era accidental. Era intencional. Lucas aseguraba que la mezcla sucediera porque creía en el poder simbólico y práctico de la igualdad.
En una mesa particular, sucedía algo importante.
El empresario próspero se llamaba Fernando. Tenía su propio negocio de construcción. Había estado en la iglesia durante seis meses. Aún estaba asimilando lo que significaba ser parte de una comunidad así.
Al lado de Fernando estaba Miguel. Miguel había estado desempleado durante once meses. Hacía tres meses había comenzado a trabajar en el proyecto agrícola como empleado pagado. Hacía dos meses había comenzado a trabajar en la cooperativa como asistente.
Estaban comiendo. Conversando sobre cosas simples: el clima, la comida, cómo estaban sus familias.
Luego Fernando preguntaba:
—¿Qué haces, Miguel? ¿Cuál es tu trabajo?
Miguel pausaba un poco, como si no estuviera seguro de si debería compartir sobre sus dificultades previas.
—Bueno —comenzaba—, estuve desempleado durante casi un año. Fue... fue muy difícil. Pero Lucas me ofreció una oportunidad aquí. He estado trabajando en la cooperativa agrícola y en la tienda. Gano dinero real. Es trabajo honesto.
Fernando lo miraba directamente.
—¿Qué tipo de trabajo buscas? A largo plazo, quiero decir.
—Honestamente —respondía Miguel—, construcción, si es posible. Trabajé en construcción antes de desemplearme. Sé cómo hacer el trabajo. Pero nadie me daba oportunidad después que pasó tanto tiempo sin empleo. Es como si tuviera una marca.
Fernando se reclinaba en su silla, pensando.
—¿Sabes? He estado buscando personal de confianza para mi negocio. Construcción residencial. Necesito supervisores de sitio, maestros de obra. Gente que sepa trabajar, que sea de confianza, que tenga ética.
Miraba a Miguel directamente.
—Tú has estado aquí en la iglesia. Te he visto trabajar. Veo tu carácter. ¿Quieres venir a trabajar conmigo? Te pagaré bien. Te daré beneficios. Y hay oportunidad de avance.
Miguel pausaba, como si no pudiera creer lo que escuchaba.
—¿En serio?
—Completamente en serio —respondía Fernando—. De hecho, ¿por qué no vienes el lunes a mi oficina? Te daré un contrato. Comenzaremos en una semana.
Miguel lloraba. No de tristeza. De alivio. De esperanza renovada.
—Gracias —susurraba—. Gracias, hermano.
Fernando simplemente sonreía.
—Para eso estamos. Para cuidarnos.
Los Niños
En otra área de las tiendas, algo diferente estaba sucediendo.
Los niños estaban jugando.
No con conciencia de clase. No con conciencia de quién era «rico» o «pobre». Simplemente jugando.
La hija de Fernando, una niña de nueve años, estaba corriendo con Lucía, la hija de una madre soltera. Estaban jugando a las atrapadas alrededor de las tiendas.
El hijo de Miguel, un niño de siete años, estaba jugando fútbol improvisado con otros niños, algunos cuyos padres eran profesionales, otros cuyos padres ganaban salarios mínimos.
Ninguno de ellos lo sabía. Ninguno de ellos le importaba.
Simplemente eran niños. Eran hermanos y hermanas en una comunidad. Y jugaban juntos sin las capas de preocupación económica que pesaban sobre sus padres.
El Conflicto Reconciliado
Pero no todo era perfecto.
Lucas notaba algo mientras observaba la multitud.
Dos personas, David y Carlos, estaban sentadas lo más lejos posible una de la otra, deliberadamente evitándose.
David había sido mentor de Carlos hacía algunos meses. Pero habían tenido un desacuerdo sobre dinero. Carlos creía que David le debía dinero. David creía que la deuda ya había sido pagada. Habían tenido una discusión áspera. Y desde entonces, no habían hablado.
Hacía un mes, en una reunión de Familia de Cuidado, ambos habían hablado del conflicto, pero aún no lo habían resuelto.
Lucas terminaba su comida y se acercaba a David.