CAPÍTULO 19
Las Misiones de Rescate
La Pregunta de los Recursos
Era una mañana de martes. La junta de discernimiento de la Iglesia del Redentor se reunía para hablar sobre algo que habría parecido imposible un año atrás:
Tenían dinero excedente.
No mucho. Pero excedente.
Los negocios agrícolas habían sido exitosos. Las cosechas habían superado las proyecciones. La cooperativa de consumo generaba ingresos consistentes. El colegio estaba abierto y financieramente estable gracias a una combinación de matrículas y donaciones.
En el año anterior, la iglesia había generado una cantidad significativa en ingresos netos después de gastos operativos.
Ahora enfrentaban una pregunta importante: ¿Qué hacemos con esto?
María, la tesorera, presentaba las opciones:
—Podríamos invertir en expandir las instalaciones. Construir un auditorio más grande. Expandir el colegio. Estas son inversiones que aumentarían nuestra capacidad.
Alguien más sugería:
—Podríamos invertir en eventos de evangelismo masivos. Campañas de alcance. Formas de llegar a más gente.
Otro sugería:
—Podríamos comenzar un fondo de educación para seminarios. Preparar gente para el ministerio.
Todos eran sugerencias razonables. Todas eran cosas que iglesias típicamente hacían con dinero excedente.
Pero Lucas se levantaba.
—Quiero proponer algo diferente.
El silencio cayó.
—Creo que deberíamos crear un fondo llamado «Misiones de Rescate». Y creo que deberíamos invertir un porcentaje importante de nuestros excedentes anuales en esto.
—¿Misiones de Rescate? —preguntaba Daniel—. ¿Qué significa eso?
Lucas caminaba hacia el frente.
—Significa esto: mientras estamos aquí en nuestra pequeña iglesia, construyendo comunidad, creciendo espiritualmente, hay cristianos en el mundo que están siendo perseguidos. Realmente perseguidos. Asesinados. Exiliados. Desplazados.
Proyectaba imágenes en la pantalla. Noticias de conflictos en Oriente Medio. Cristianos iraquíes huyendo de militantes radicales. Cristianos sirios en campos de refugiados. Cristianos africanos desplazados por conflicto religioso.
—Aquí es donde creo que deberíamos invertir nuestro dinero excedente. No en alcance a nuevas personas. Sino en rescate de personas que ya creen pero que están en peligro de muerte.
Proseguía:
—Esto significaría: identificar cristianos perseguidos. Ayudarlos a escapar. Proveerles pasajes aéreos. Ayudarlos con documentación legal. Apoyarlos durante la reubicación.
—¿Pero cómo sabríamos a quiénes ayudar? —preguntaba alguien.
—Hay organizaciones que rastrean esto —explicaba Lucas—. Grupos que documentan persecución. Redes de iglesias alrededor del mundo. Podríamos conectarnos con ellas. Podríamos decir: «Tenemos recursos. Queremos rescatar cristianos en peligro».
Daniel preguntaba:
—¿Cuánto costaría rescatar a una familia?
—Depende —respondía Lucas—. Pasaje aéreo para cuatro personas, documentación legal, apoyo inicial para reubicación... Una cantidad considerable por familia.
—Así que podríamos rescatar aproximadamente varias familias por año —calculaba María.
—Exactamente —asentía Lucas—. Varias familias. Aproximadamente cuarenta a cincuenta personas. Personas cuya vida podría estar en peligro. Personas cuya fe necesita ser sostenida, no reclutada.
Hizo una pausa.
—Y hermanos, quiero ser claro: esto no es evangelismo. No estamos haciendo esto para ganar almas. Estamos haciendo esto porque son hermanos y hermanas en Cristo. Porque el Cuerpo de Cristo se cuida a sí mismo.
Se votó.
Fue unánime.
El Primer Rescate
Tres meses después, la iglesia estaba apoyando su primer rescate: una familia iraquí de cuatro personas.
El nombre del cabeza de familia era Samir. Era un maestro de escuela que había sido cristiano durante veinte años. Cuando los militantes radicales capturaron su ciudad, habían comenzado a perseguir a cristianos.
Samir había recibido un ultimátum: renuncia a tu fe, o muere.
Había escapado con su esposa y sus dos hijos, hacia un campo de refugiados en Turquía. Pero en el campo no estaban seguros. Los militantes tenían redes. Y buscaban a cristianos que se habían escapado.
La organización de derechos religiosos que rastreaba esto conectó a Samir con Lucas.
Lucas convocó a la iglesia. Mostró la historia de Samir. Mostró las fotos de su familia en el campamento de refugiados. Mostró el peligro que enfrentaban.
—Podemos salvar esta familia —dijo Lucas—. Pasajes aéreos aquí. Apoyo legal para asilo. Y luego, una comunidad que los recibe.
La iglesia respondió inmediatamente. Alguien donó una cantidad. Otro donó otra. Se reunió el dinero rápidamente.
Un mes después, Samir, su esposa Yasmin, y sus dos hijos, Rayan (ocho años) y Lina (once años), llegaban al aeropuerto de la ciudad.
Lucas estaba ahí para recibirlos.
Samir bajaba del avión, llevando todo lo que tenía en dos maletas. Su familia estaba detrás de él, nerviosa, asustada, pero viva.
Se abrazaron.
Samir lloraba.
—Pastor Lucas, no sabía si lo conseguiríamos. Pensé que estaríamos atrapados en ese campo para siempre.
—Estás seguro ahora —respondía Lucas—. Estás con tu iglesia. Aquí eres hermano.
El Testimonio
Una semana después, Samir estaba parado frente a la iglesia, compartiendo su historia.
Su inglés era bueno, aunque con acento. Pero lo importante no era su acento. Era el contenido.
—Cuando huí —comenzaba—, pensé que estaba solo. Pensé que los cristianos occidentales habían olvidado a sus hermanos y hermanas en oriente. Pensé que estaríamos olvidados.
Su voz temblaba.
—Pero entonces, una organización de derechos religiosos me dijo: «Hay una iglesia pequeña en esta ciudad. Ellos quieren ayudarte».
Pausaba.
—Una iglesia pequeña. En un país diferente. Gente que no me conocía. Y se sacrificaron por mí. Pagaron dinero que podrían haber usado para sí mismos. Lo usaron para salvar mi vida.