Vainilla con aroma a Idol

Cervezas, servilletas y un beso sin anestesia

En eso llegó Fabiola. Venía casi corriendo y una cara de preocupación que no podía con ella —Amiga, perdóname de verdad. Traté por todos los medios de terminar temprano, pero mi jefe se puso insoportable con unos informes atrasados. ¡Necesito una cerveza ahora ya!

—No te preocupes —le dije, mientras una sonrisa gigante se me instalaba en la cara—. La verdad es que estuve súper entretenida estudiando la anatomía asiática... No te imaginas el monumento de hombre que acabo de ver. (Obvio, en mi mente solo flotaba la imagen del guardia de seguridad).
—¿De qué hablas, Andrea? No te entiendo nada.
—Nada importante, amiga. Vamos rápido al bar, que yo también necesito beber y desconectarme.

Nuestro lugar sagrado es un bar buenísimo, en pleno sector alto de Santiago. Nos instalamos en nuestra mesa favorita: la más oscura y, por supuesto, en el sector de fumadores. Nos pedimos las dos primeras jarras de cerveza y empezamos el clásico bombardeo de ponernos al día. Ya íbamos por la tercera jarra, la conversación estaba en su punto más encendido, cuando de la nada veo que una mano pone una cajetilla de cigarros justo al centro de la mesa.

Miro hacia arriba y ¡pam!: el mismísimo artista asiático del hotel y su guardaespaldas estaban parados al lado de nosotras.

—Chang se disculpa contigo y te trae esto como compensación —dijo el de seguridad, en español—. Aunque... dice que no está de acuerdo con que fumes.

Miré a Chang. El tipo seguía ahí de pie, mirándome. Le sonreí, le di las gracias en modo coqueta y lo invité a sentarse. Fabiola, al lado mío, casi se disloca la mandíbula de la impresión. No entendía un carajo. En dos segundos, la gente del bar empezó a sacar los teléfonos como locos y el administrador del local —oliendo el caos— llegó corriendo a ofrecernos pasar al VIP para que estuviéramos tranquilos.

¡A ver, esperen! ¡¿WAIT?! ¿A un VIP? ¿Yo? ¿Tan ridículamente importante era este hombre? Fabiola me miraba con ojos de "si dices que no, te mato" mientras me daba patadas por debajo de la mesa. Por el bien de mis piernas y de mi outfit, accedí. Nos paramos y seguimos a este par de dioses a la zona reservada.

Ahí, con más calma, nos enteramos de la historia completa: resulta que Chang es un cantante chino famosísimo a nivel mundial. Y claro, ahora todo me cuadraba. Su estética era perfecta: el pelo rubio teñido pero impecable, aros, anillos en casi todos los dedos, un hablar enérgico, pero súper tierno, una sonrisa que derretía y una piel... ¡Dios mío! Mejor que la de mi muñeca de porcelana favorita.

Por otro lado, estaba el guardaespaldas. Tenía los rasgos más duros y marcados, un tipo muy varonil. También era chino, pero hablaba español porque había vivido en México, así que nos hacía de traductor oficial. Igual, Chang hablaba inglés, así que entre una cosa y otra la conversación fluyó de lo más bien.

Seamos honestas: Fabiola y yo ya llevábamos demasiada cerveza en el cuerpo, así que cualquier rastro de timidez chilena había desaparecido por completo. Hablamos de la vida, de las costumbres del otro lado del mundo, de su gira, de su inspiración para componer y hasta de su familia.

Al guardaespaldas le pusimos "Richard", porque su nombre real era un trabalenguas imposible. Nos contó que era hijo único, que le encantaba la acción y que terminó cuidando a Chang casi por azar. La química entre mi amiga y Richard fue instantánea. Ella soltaba esas risotadas ruidosas que la caracterizan y el tipo no le quitaba los ojos de encima.

A Chang y a mí nos daba demasiada risa verlos. Eran un espejo. Mi amiga no anda con rodeos; ella ve lo que quiere y va por ello. Pero creo que ni en sus fantasías más locas Richard se esperó lo que venía. En medio de la conversación, Fabiola se le tiró al dulce y le plantó el beso de su vida. ¡Así, sin anestesia! El tipo quedó tan impactado que se quedó sin aire. Chang y yo abrimos los ojos como platos; del impacto se me soltó el vaso de la mano y dejamos el desastre en la mesa.

Richard la miró fijo, procesando el shock. Siendo chino y trabajando en una industria tan estricta, un arrebato así en público era casi un pecado capital. El tipo miró de reojo hacia la entrada de la zona VIP y revisó los alrededores, asegurándose de que ningún cliente o mesero estuviera espiando con un teléfono. Una vez que confirmó que estaban a salvo de los paparazzis, la seguridad del guardaespaldas se desmoronó: le tomó la cabeza con la mano, le pegó a él y le devolvió un beso de esos que te dejan las piernas de lana: apasionado, pero increíblemente tierno. Fabiola se le colgó del cuello y, literalmente, se olvidaron de que el mundo existía. Siguieron besándose, riéndose y hablando bajito, súper compenetrados.

Ahí fue cuando me entró la incomodidad máxima. Miré a Chang. Yo no sabía ni qué cara poner porque el pobre estaba pálido, en una pieza, mirando la escena con los ojos como platos. Definitivamente, este hombre no tenía en sus planes que las latinas fuéramos tan de armas tomar. Admito que me dio mucha risa verlo tan descolocado. Reaccioné y, usando mis manos para hacer gestos y mi inglés de supervivencia, traté de calmarlo:

—Hey... relax —le dije, apuntando a Fabiola con el pulgar—. Chile is different. Normal here. I promise... no kiss for you. I respect your space. ("Oye, relájate. Chile es diferente, esto es normal aquí. Prometo no besarte, respeto tu espacio") —Le guiñé un ojo.

Él soltó una carcajada limpia, como si le hubiera quitado un peso de encima. El color le volvió al rostro, se relajó un poco y me miró fijo. Me preguntó si quería ir a su show al día siguiente.




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