Valentina despertó con el sonido de los autos en la calle y la luz tenue filtrándose por la cortina de su cuarto alquilado. Todavía no abría bien los ojos y ya recordaba el sabor de los labios de Benjamín, la manera en que él la había sostenido justo antes del beso, como si temiera que se fuera.
Se duchó rápido, recogió sus planos, y mientras se trenzaba el cabello frente al espejo, se preguntó en qué momento él se había vuelto parte de sus pensamientos matutinos.
A esa misma hora, en su casa-taller, Benjamín organizaba pinceles, aunque su atención estaba lejos del lienzo. La noche anterior no había dormido mucho. No por ansiedad, sino por algo más suave: un tipo de euforia tranquila. Como si lo que había empezado con ese beso no necesitara apurarse, pero tampoco podía ignorarse.
Él tomó el celular, dudó un segundo, y luego escribió:
📱"¿Vas a estar en la obra esta tarde? Puedo pasar con algo de comida, si te parece".
Valentina sonrió al leerlo. Le gustaba esa mezcla de seguridad y ternura que él tenía. No jugaban, no tanteaban: se estaban eligiendo, sin necesidad de declararlo a gritos.
📱"Sí. Lleva jugo de maracuyá, pero que sea natural, no de sobre".
📱"Hecho. Y tú lleva tu mejor sonrisa de arquitecta limeña".
Ese día se vieron en el terreno donde ella dirigía la restauración. Había polvo, ruido, y obreros bromeando entre andamios. Pero en medio de todo eso, cuando Benjamín llegó con su tupper de arroz con mariscos y un termo de jugo recién exprimido, hubo una pausa. La mirada que se dieron no fue secreta, pero tampoco fue exhibicionista. Fue el tipo de mirada que dos adultos se permiten cuando empiezan a reconocerse el uno en el otro.
No eran novios. Aún no, pero ya había algo nuevo, como si fuera una promesa sin palabras; él la citó al atardecer en Chiclayo para llevarla a cenar, primero tenía que dejar unos documentos y luego se encontrarían a la hora acordada.
La tarde caía con ese resplandor anaranjado que parecía envolver la ciudad en un filtro cálido. Valentina bajó del taxi en la avenida Balta y esperó bajo una farola, mirando hacia el Paseo de las Musas, donde las estatuas blancas de mármol parecían custodiar un espacio fuera del tiempo. Vestía un pantalón beige de lino, blusa celeste, y el cabello suelto; nada ostentoso, pero había algo en ella que brillaba distinto esa noche.
Benjamín la encontró allí. Venía caminando con las manos en los bolsillos, camisa remangada y ese aire de hombre que nunca tiene prisa, pero siempre llega a tiempo.
- "Llegas puntual", dijo ella, apenas ocultando la sonrisa.
- "Te habría esperado toda la vida si era aquí", expresó él.
Caminaron entre las columnas, sin apuro. El Paseo estaba tranquilo, con familias paseando, vendedores de helado y parejas sentadas en las bancas. Las estatuas mitológicas parecían escucharlos en silencio.
- "Cuando era chico, este lugar me parecía como un escenario de película", dijo Benjamín. "Venía con mi papá los domingos. Me decía que las musas solo le hablaban a los que sabían escucharlas".
- "¿Y tú sabías?", preguntó Valentina.
- "No entonces. Pero creo que aprendí", respondió Benjamín con una sonrisa.
Valentina se detuvo frente a la figura de Erato, la musa de la poesía lírica y amorosa. La brisa le agitaba el cabello.
- "¿Tú sabías que yo no iba a quedarme?", preguntó Valentina, sin rodeos.
Benjamín la miró, no había tristeza en su rostro, se reflejaba una gran claridad.
- "Lo supe el primer día que te vi tomando fotos a esa fachada medio destruida como si fuera un castillo. Supe que eras de paso, pero también supe que quería quedarme un rato en ese paso", dijo Benjamín.
Ella asintió, bajando la vista.
- "Yo vine aquí a trabajar, a cerrar un ciclo. A terminar algo que empecé mal. Y no esperaba que tú, (hizo una pausa) que tú fueras una opción real", expresó Valentina.
- "¿Y ahora lo soy?", preguntó Benjamín.
- "Ahora eres inevitable", dijo ella.
Cenaron en un restaurante pequeño, con vista a la calle, pidieron arroz norteño y seco de cabrito. La conversación fue suave al principio, y luego más seria.
- "Mira, Benjamín", dijo ella mientras giraba su copa de vino tinto. "Tú eres de aquí, por eso regresaste. Tienes una vida que amas, una casa-taller que parece un corazón abierto. Y yo no sé si estoy lista para empezar otra historia, con alguien, sin saber si tengo que volver a Lima mañana", añadió.
- "No te estoy pidiendo que decidas todo hoy. Solo quiero saber si vas a dar un paso a la vez, pero conmigo", preguntó Benjamín.
Ella lo miró largo, con una sinceridad que desarmaría a cualquiera, sin ensayo, sin disimulo, con absoluta naturalidad.
- "Sí. Quiero intentarlo contigo. Pero necesito que esto no sea un juego, ni un escape de tu rutina, ni una pausa en la mía", dijo Valentina.
Benjamín estiró la mano sobre la mesa y tomó la de ella.
- "Tampoco quiero un paréntesis, quiero una historia contigo", expresó Benjamín.
El silencio que siguió fue cómodo. Como si, por fin, las palabras no hicieran falta. Esa noche, no hubo besos urgentes ni promesas infladas. Solo dos adultos que decidían empezar algo real, en voz alta, sin disfrazarlo.