A la mañana siguiente, Thomas trató de conseguir sus mejores prendas. Si iba a salir, tenía que mezclarse con la juventud actual. Aunque toda su ropa era vieja y seguía apestando a la humedad del Agujero, hizo su mejor intento para verse presentable. Encontró una camisa de cuello alto gris, unos pantalones negros de tela lisa y una chaqueta ligera en los cajones de su pequeña recámara. Le hubiese gustado mirarse al espejo, pero después de una discusión de copas con Knut, habían roto el único que poseía.
Después, salió del cuarto y se dirigió a una puerta redonda, un túnel sin salida que le podía guiar a cualquier otra cámara, con tan solo pensar en el lugar donde quería llegar.
—Derterra—. Un agujero se abrió en medio del círculo de madera que formaban los arcos. La tierra cayó sobre su cabeza y la luz del día lo iluminó. El impulso del aire lo elevó hasta la superficie, venciendo la gravedad.
La tierra lo escupió en medio del bosque de Valtremix. Podía ver el sol de la mañana iluminar las puntas del castillo del orfanato en tonos dorados. El viento soplaba suavemente contra las hojas, y los pájaros cantaban al unísono. Era un sonido que le traía recuerdos. Su madre solía pedirles a las aves que cantaran para él cuando era pequeño. Era una de las pocas cosas buenas que podía recordar.
Thomas llegó al orfanato y vio que todos sus habitantes se dirigían a la escuela. Jamás se había sentido tan libre. Normalmente, iba a un solo lugar y regresaba de inmediato para calmar los nervios de Darcee. Ahora, podía ser libre de caminar por los caminos grabados del reino, sin que nadie sospechara de él. Podría estar haciendo cualquier otra cosa. Y en vez, trataba de encontrar al bebé que habían perdido.
Siempre había pensado en Darcee como su hermana, aunque prima fuera la palabra que saliera de su boca. Ahora pensar que tenía un primo que no había muerto era otra cosa. No confiaba en lo que encontraría ni ilusiones sobre el chico. Probablemente ha llevado una vida mejor que nosotros. ¿Por qué se molestaría en arrebatarle tal lujo?
De pronto, vio al chico caminando hacia Nuevo Feuer. Era alto, con cara delgada y las facciones típicas de un Valtre, y su cabello despeinado caía en rizos castaños sobre su frente. Sabía que era él, pero ¿si es quién piensa qué es? Tendría que descubrirlo. Thomas siguió al chico con una distancia considerable.
La escuela, Valtremix Studium, era el único nombre que respetó Friedrich después de reformar el reino a su imagen. Thomas entró en el área de la preparatoria. Todos los chicos eran solo unos años menores que él, así que sería fácil mezclarse con ellos. El chico pálido caminaba junto con la rubia que casi mataba Knut. No sabía cuál era su nombre, pero podría descubrirlo si se acercaba un poco más.
La rubia se detuvo frente a unas mesas en los jardines de la escuela y el chico siguió su propio camino hacia los pasillos. Thomas se sentó en una banca vacía, teniendo vista hacia ellas. Quería descubrir más cosas de este entorno y no había nada mejor que una charla de chicas.
—En una semana será el torneo de combate de Valtremix —dijo la pelirroja llamada Lea Schulz.
—¿Cuántos años celebran? —preguntó la chica de pelo negro y piel bronceada. Kirsten Braun. Recordó que los Braun alguna vez formaron parte de las familias reales, pero su recuerdo era muy vago.
—No lo sé, según mi padre son más de setecientos —dijo la pelirroja mientras se acomodaba el pelo. Setecientos cinco años con exactitud, pensó, aunque ese dato no era relevante para la ocasión. Ese era más el tipo de asunto de Heiner Novack. La chica siguió hablando. —Lo que importa, es que yo seré la anfitriona del evento —dijo entusiasmada alzando sus brazos mientras las otras reaccionaban emocionadas.
Un torneo para una celebración, sin duda Friedrich sabe cómo entretener al público. Desde su reinado, empezó a crear distintas celebridades con el fin de echar a la basura las viejas costumbres de los Valtre. Aunque Thomas estaba aliviado de que algunas de ellas se hubieran ido. Era hora de cambiar lo viejo por lo nuevo. El mundo moderno cambiaba, y ellos se aferraban a la austeridad.
—¿Quiénes participarán? —escuchó a la rubia. Amalie. No tenía un segundo nombre. Es una huérfana, como yo.
—Adlar, como siempre.
—El apuesto príncipe Hans —dijo Kirsten, la chica bronceada, lanzándole una mirada de complicidad a la pelirroja y ella le pegó con su codo en el brazo.
—Kirsten, no empieces —contestó molesta la pelirroja y volteó a ver a la rubia. —También estarán Oswin, Fred.
—Escuché que Charlotte y otras chicas de último grado calificaron para el torneo.
Thomas ya había escuchado lo suficiente. Entrar en las mentes de esas adolescentes era como una rueda de emociones intensas, halagos y decepciones. Y pensar que Darcee se quejaba de él. Tenía que enfocarse en encontrar a su supuesto primo, pero en ese momento, encontró algo interesante en la mente de Lea que lo distrajo. Ella había volteado a sus espaldas y lo observó.
—Veo que últimamente tienes tus ojos puestos en alguien —sugirió Kirsten. Efectivamente.
Lea retiró rápidamente su mirada con las pupilas bien abiertas, negando lo obvio. —No sé de qué hablas —se distrajo enrollando un mechón de su pelo entre el dedo.