Vance

Capítulo 3: El oasis artificial

Valerie

Lo peor de encontrar algo extraño no era el miedo que podía provocar, sino lo fácil que resultaba acostumbrarse a la idea de que existía.

Durante los días siguientes, la casa de los Vance apareció en nuestras conversaciones más veces de las que habría querido admitir. Scott seguía convencido de que debajo había un lago, aunque ahora había ampliado sus teorías para incluir un búnker y la posibilidad de que algún millonario hubiera construido allí un refugio privado. Chloe insistía en que ninguna de esas posibilidades justificaba volver, mientras Miller alternaba entre burlarse de Scott y buscar en internet historias antiguas sobre la propiedad.

Declan no participaba demasiado. Cuando le preguntábamos, decía que seguía sin encontrar una explicación para la distribución del edificio y cambiaba de tema.

Yo intenté hacer lo mismo.

Tenía trabajos pendientes, grabaciones que entregar y suficientes problemas reales como para dedicarle tanto tiempo a una casa abandonada. Sin embargo, cada vez que recordaba nuestra primera visita, terminaba pensando en aquella habitación vacía y en la puerta del fondo. Habíamos entrado, escuchado dos golpes detrás de una pared y salido sin averiguar qué había al otro lado. Después, durante la segunda visita, nos habíamos concentrado tanto en las instalaciones exteriores que ni siquiera volvimos a hablar de ella.

La casa seguía teniendo demasiadas preguntas sin respuesta, pero aquella era la más sencilla de comprobar.

Al menos, eso me dije.

El viernes por la tarde, Scott escribió al grupo para preguntar si alguien tenía planes. Chloe respondió con una lista de pendientes que, en otras circunstancias, habría sido suficiente para mantenernos a todos lejos de cualquier aventura. Miller propuso comer algo cerca del campus y Declan preguntó si seguíamos interesados en averiguar qué había detrás de la puerta de madera.

Me quedé mirando la pantalla.

No esperaba que fuera él quien lo propusiera.

Scott contestó casi de inmediato.

Scott: Por fin alguien con iniciativa.

Chloe: No sé si están confundiendo iniciativa con falta de sentido común.

Miller: Podemos mirar la puerta y marcharnos. No hace falta hacer nada más.

Chloe: Eso dijeron la primera vez.

Yo: Y técnicamente nos marchamos.

Chloe: Después de entrar en una propiedad privada.

Scott: Lo importante es que nos marchamos.

Al final, quedamos a las cinco. No era una decisión especialmente sensata, pero tampoco habíamos encontrado una razón convincente para dejar de pensar en la casa. Y, si había algo detrás de aquella puerta, prefería averiguarlo con los demás antes que seguir imaginándolo por mi cuenta.

La persiana metálica continuaba cerrada cuando llegamos.

Scott fue el primero en acercarse, aunque esta vez no hizo ninguna broma sobre cadáveres ni lagos subterráneos. Se agachó para observar el borde inferior y después miró a Declan, que ya estaba comprobando si podíamos levantarla sin hacer demasiado ruido.

—¿Crees que seguirá abriéndose? —pregunté.

—No veo por qué no. El mecanismo funcionó la última vez.

—Eso no significa que debamos probarlo —dijo Chloe desde la verja.

Miller se volvió hacia ella.

—Podemos irnos si quieres.

—No he dicho que quiera irme. He dicho que no deberíamos estar aquí.

—Hay una diferencia importante —comentó Scott—. Una de esas frases permite que nos quedemos.

Chloe suspiró y cruzó el terreno detrás de nosotros.

La persiana cedió después de que Declan y Scott hicieran fuerza al mismo tiempo. El chirrido metálico volvió a resonar por la fachada, aunque me pareció menos fuerte que durante nuestra primera visita. Nos agachamos para pasar y entramos en la habitación vacía.

El olor a polvo, cal y humedad limpia seguía allí.

Miller iluminó las paredes con la linterna. La habitación no parecía haber cambiado: el suelo de cemento estaba despejado, las marcas oscuras continuaban en las esquinas y la puerta del fondo permanecía cerrada.

Me acerqué a ella.

—Es esta, ¿verdad? —pregunté.

Declan asintió.

—No la abrimos la primera vez.

—Porque dijimos que solo íbamos a mirar —recordó Chloe.

—Y miramos —respondió Scott—. Ahora vamos a abrir una puerta. Son actividades distintas.

—No necesariamente.

Scott decidió ignorarla y se acercó a la madera. La manija de latón estaba desgastada, pero no tenía candado ni cerradura visible. Apoyó una mano en ella y miró a Declan, esperando que le diera alguna indicación.

—Antes de abrirla —dijo Declan—, deberíamos comprobar si hay algo detrás.




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