Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 2: Una cena no es una cita

A las 7:12 de la tarde, Aurora Richel ya había cambiado de ropa cuatro veces.

El vestido azul era demasiado «me arreglé para ti». Los jeans con camiseta eran demasiado «vengo a hacer un trámite», que era exactamente lo que ella quería transmitir, pero sonaba mejor en su cabeza que en el espejo. El suéter verde le quedaba bien, pero tenía una mancha de café en la manga. Y la falda negra…

—No —dijo, tirándola sobre la cama—. La falda negra es una declaración de intenciones.

Su departamento parecía el escenario de un naufragio. Había ropa en el sofá, en el respaldo de las sillas y colgando del marco de la puerta. Sobre la mesita de noche, el gallito de cerámica, que ahora estaba en el 4B, le había dejado una marca de polvo con forma de círculo, como un recuerdo de su presencia.

Su teléfono vibró.

Era Camila, su mejor amiga, que vivía a tres ciudades de distancia y que a esas alturas ya conocía la historia completa, con efectos de sonido incluidos.

Camila: A ver, repíteme el plan.
Aurora: Subo. Toco. Recupero mi brasier. Me voy.
Camila: ¿Y la salsa de ajo con mantequilla?
Aurora: No voy a probar la salsa.
Camila: Aurora.
Aurora: No voy a probarla.
Camila: Aurora Richel.
Aurora: …Quizá una cucharadita. Por educación.
Camila: Eso pensé. Ponte la blusa crema, la de los botones pequeños. Con jeans. Es perfecta para «no vine a seducirte pero qué casualidad que me veo increíble».

Aurora miró la blusa crema, colgada de una percha en el armario.

—Maldita sea —murmuró—. Tiene razón.

A las 7:58 estaba frente a la puerta del 4B, con el pelo suelto, la blusa crema, los jeans, un perfume discreto y la firme decisión de no tartamudear.

Levantó la mano.

Antes de que sus nudillos tocaran la madera, la puerta se abrió.

—Puntual —dijo Mike.

Aurora dio un respingo.

—¿Me estabas esperando detrás de la puerta?

—Escuché tus pasos en la escalera. Llevas diez minutos subiendo.

—Es un edificio de cuatro pisos.

—Por eso mismo.

Estaba distinto. Seguía siendo el mismo hombre alto, de barba corta y mirada oscura, pero había cambiado la camiseta manchada por una camisa azul marino con las mangas dobladas hasta los codos. Tenía un trapo de cocina echado al hombro y el pelo ligeramente húmedo, como si acabara de ducharse.

Aurora se obligó a mirarle la cara y no los antebrazos.

—Pasa —dijo él, apartándose del umbral.

El departamento olía a gloria. Ajo dorándose en mantequilla, hierbas frescas y algo más profundo, un caldo que llevaba horas cociéndose a fuego lento. Del equipo de sonido salía un jazz suave, con un saxofón perezoso. Las luces eran cálidas, bajas, y la mesa del comedor, para dos personas, estaba servida con platos de cerámica azul y copas de vino.

Aurora se quedó clavada en la entrada.

—Mike.

—¿Sí?

—Esto es una cena.

—Es una cena.

—Dijiste que era un trámite.

—Dije que pasaras por tu textil. —Cerró la puerta tras ella y se encogió de hombros con una inocencia fingida—. No dije que no pudieras comer algo mientras tanto.

—Eso es manipulación.

—Eso es hospitalidad.

—Tienes una mesa con velas.

—Es luz ambiental.

—Son velas, Mike.

Él las miró como si no las hubiera notado nunca.

—Qué casualidad. Tenía unas sobrando.

Aurora cruzó los brazos, tratando de parecer indignada, pero la comisura de sus labios se le torció por su cuenta.

—No pienso quedarme a cenar.

—Entendido.

—Solo vine por mi ropa.

—Perfecto.

—Así que dámela y me voy.

—Claro. —Mike tomó el cucharón, lo hundió en la olla y probó el caldo con expresión seria—. En cuanto termine de cocinar. No puedo dejarlo ahora. Se arruinaría.

—¿Y cuánto tarda?

—Unos veinte minutos.

—Esperaré en el sofá.

—Como quieras.

Se sentó en el sofá con la espalda recta, las manos sobre las rodillas, como una visita en la sala de espera de un dentista. Mike se movía por la cocina con soltura, picando perejil, ajustando la llama, probando, sazonando. Había algo hipnótico en sus movimientos: precisos, tranquilos, sin ninguna prisa.

—¿Eres chef? —preguntó Aurora, incapaz de contener la curiosidad.

—No.

—Cocinas como uno.

—Cocino como alguien que vive solo y se aburre.

—¿A qué te dedicas?

Mike tardó un segundo en responder.

—Soy arquitecto.

Aurora soltó una carcajada seca, sin poder evitarlo.

—¿Qué?

—Nada. Es solo que… —Se tapó la boca—. El edificio. Los balcones que comunican el sonido. La planta de los ascensores de 1987. Dime que tú no diseñaste esto.

—Por favor. —Mike la miró con una ceja arqueada—. Tengo treinta y dos años. Este edificio es anterior a mi primera comunión.

—Perdón.

—Pero tienes razón —admitió, con un suspiro—. Los balcones son un desastre acústico. Es lo primero que le dije al dueño cuando me mudé.

—¿Y qué te respondió?

—Que era parte del encanto.

Aurora volvió a reír, esta vez con ganas, y la tensión de sus hombros se aflojó un poco. Mike la observó de reojo, con una media sonrisa que intentó disimular detrás del cucharón.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿A qué te dedicas, además de perder lencería y pedir sal?

—Soy ilustradora —respondió ella, con un destello de orgullo—. Libros infantiles, sobre todo. Trabajo desde casa.

—Eso explica los lápices de colores.

—¿Cuáles lápices de colores?

—Los que salieron volando del balcón el día que te mudaste. Cayeron en la acera. Una niña los recogió y se los llevó corriendo.

Aurora abrió mucho los ojos.

—¿Me estabas espiando?

—Me quedé mirando el desastre desde mi ventana. Era la única cosa interesante que había pasado en este edificio en meses.

—Qué honor.

—Lo fue.

Lo dijo con tanta sencillez que a Aurora se le quedó atravesada la respuesta sarcástica que tenía preparada. Mike no la miraba; revolvía la salsa con cuidado. Pero había algo en su voz, un matiz suave, que la descolocó por completo.




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