Hay momentos en la vida en los que una mujer debe elegir entre la dignidad y la curiosidad.
Aurora Richel, de pie junto a la ventana de su sala con la cortina apartada, descubrió que ella siempre elegía la curiosidad.
—No voy a bajar —se dijo.
Tomás volvió a levantar la mano desde la acera. Llevaba la misma chaqueta de cuero de siempre, la que ella le había ayudado a escoger en una tienda de segunda mano, y el mismo gesto de niño bueno que sabe que ha hecho algo malo pero confía en que lo perdonen por guapo.
—No voy a bajar —repitió—. Me voy a dormir. Soy una persona con dignidad.
Su teléfono vibró.
**Tomás:** Solo cinco minutos. Te traje tus cosas.
—¿Mis cosas?
**Tomás:** Tu cuaderno de dibujo azul. El que dejaste en mi casa. Pensé que lo querrías.
Aurora sintió que el corazón se le encogía. El cuaderno azul. Ahí estaban los bocetos del libro del conejo astronauta, cuatro meses de trabajo, sus mejores páginas. Lo había buscado por todas partes sin atreverse a escribirle.
—Maldito —susurró—. Sabe exactamente dónde pegar.
Se miró de arriba abajo. Pijama de patitos, pantuflas de conejo, el pelo recogido en un moño torcido.
—Perfecto —masculló—. Ni queriendo habría elegido un atuendo más desastroso.
Agarró la chaqueta larga del perchero, se la puso encima para ocultar a los patitos, se calzó unas zapatillas de verdad y salió disparada hacia las escaleras.
Era la una de la madrugada. El edificio entero dormía, o eso creía ella. No se dio cuenta de que, desde el cuarto piso, la puerta del 4B se abría con un clic muy suave, ni de que unos pasos silenciosos empezaban a bajar tras los suyos, siguiéndola a una distancia prudente.
---
—¡Auri!
Tomás abrió los brazos en cuanto la vio salir del portal.
Aurora se detuvo a dos metros, con las manos metidas en los bolsillos.
—No me abraces.
—Vale. —Él dejó caer los brazos, sin perder la sonrisa—. Estás preciosa.
—Voy en pijama.
—Estás preciosa en pijama.
—Tomás.
—Perdón. Es un reflejo.
Estaba igual que siempre: el cabello castaño revuelto con un desorden que parecía accidental pero requería quince minutos de espejo, los ojos verdes, la barba descuidada. Tenía una mochila colgada del hombro y una mirada de arrepentimiento ensayada, de esas que funcionaban en las primeras dos semanas de discusión y luego se volvían una rutina.
—¿Dónde está mi cuaderno?
—Aquí. —Abrió la mochila y sacó el cuaderno azul, con las esquinas gastadas y una mancha de acuarela en la tapa—. Lo guardé todo este tiempo. No lo toqué. Lo juro.
Aurora lo tomó con las dos manos y lo apretó contra el pecho. Le tembló un poco la barbilla.
—Gracias.
—De nada.
—¿Para esto viniste? ¿A la una de la mañana?
—No. —Tomás bajó la mirada, se pasó una mano por la nuca y adoptó ese tono grave que tan bien le conocía—. Vine porque te echo de menos.
—Tomás…
—Déjame terminar. —Dio un paso adelante—. Estos dos meses han sido un desastre. Me di cuenta de que me equivoqué. Contigo. Con todo. Eras lo mejor que tenía y lo dejé escapar por idiota.
—Sí. Lo fuiste.
—Lo sé. Y quiero arreglarlo.
—No hay nada que arreglar.
—Claro que sí. —Otro paso—. Nos queríamos, Auri. Cuatro años no se tiran a la basura.
—Los tiraste tú.
—Y quiero recuperarlos.
Aurora retrocedió un paso, con los ojos escociéndole. Era injusto lo bien que sabía decir las cosas. Si hubiera sido torpe o grosero habría sido facilísimo: «adiós, no, vete». Pero Tomás tenía esa voz suave, esas pausas bien medidas, esa forma de mirar que hacía sentir a una persona como la única en el mundo.
Un truco que, ahora lo sabía, usaba con cualquiera.
—No puedo hacer esto —susurró.
—Solo dame una oportunidad.
—No.
—Por favor.
—No, Tomás.
—¿Hay alguien más?
La pregunta le salió tan rápida y tan seca que Aurora se quedó helada.
—¿Qué?
—Que si hay alguien más. —Los ojos verdes se endurecieron un segundo, y esa expresión, la que casi nunca dejaba ver, le recordó a ella todas las veces que se había sentido pequeña a su lado—. Porque si lo hay, quiero saberlo.
—No tienes derecho a preguntarlo.
—Responde.
Aurora abrió la boca. Quería decir «no», con firmeza, con aplomo, pero algo detrás de sus costillas, esa parte orgullosa y rebelde que había nacido en un elevador atascado, empujó otra respuesta hacia sus labios.
—Sí —dijo.
—¿Sí?
—Sí. Hay alguien.
El rostro de Tomás se descompuso. Fue un destello breve, una mueca de sorpresa y rabia que enseguida se apagó bajo una sonrisa incrédula.
—No te creo.
—Es verdad.
—¿Quién?
Aurora abrió la boca y la cerró. Su cerebro, siempre tan eficiente en las emergencias, se puso a girar como una ruleta.
—Es… un vecino —soltó.
—¿Un vecino?
—Vive aquí. En el edificio. Es muy… alto.
—¿Alto?
—Y arquitecto. Y cocina.
—¿Cocina?
—Muy bien.
Tomás dejó escapar una risa seca.
—Aurora, por favor. Te conozco. Eres pésima mintiendo. Hace dos meses estabas llorando por mí y ahora tienes a un arquitecto alto que cocina. ¿Dónde está?
—Está… durmiendo.
—Claro.
—Arriba. En su casa.
—Ajá.
—Y le va a molestar mucho que hayas venido a esta hora.
—¿Ah, sí? —Tomás cruzó los brazos, con una sonrisa amarga—. Que baje, entonces. Me encantaría conocerlo.
Aurora cerró los ojos. «Perfecto. Brillante. Una mentira con fecha de caducidad de quince segundos».
Y entonces, desde la puerta del portal, una voz grave y tranquila dijo:
—¿Cariño? ¿Todo bien?
Aurora abrió los ojos de golpe.
Mike Barrón estaba en el umbral, con una bolsa de basura en la mano, una camiseta de pijama gris, unos pantalones deportivos y el pelo despeinado como si acabara de levantarse de la cama. Estaba descalzo. Tenía la mirada somnolienta, y un bostezo perfecto, calculado, le arrugó la cara.
#1759 en Novela romántica
#472 en Otros
#223 en Humor
vecinos que se odian, amor romance dudas odio misterio, vecino gruñón
Editado: 21.10.2026