Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 4: El hermano que llegó con maleta

El pastel de tres leches de la señora Pilar era, según el veredicto unánime de la acera, una obra de arte.

Aurora se había comido dos porciones. Mike, tres. Y los niños de la familia Ortega, que habían sido advertidos de que «un trozo y a jugar», se las habían arreglado para robar un cuarto de bandeja sin que nadie los viera.

—Esto está espectacular —dijo Mike con la boca llena, sentado en el bordillo junto a Aurora, mientras la señora Pilar les tomaba fotos con un teléfono que sostenía al revés.

—No me hables con la boca llena. Eres un novio muy poco presentable.

—Nuestro contrato no incluye modales.

—La cláusula 7.

—No hay cláusula 7.

—La acabo de inventar.

—Eso es fraude legal.

—Es innovación.

Se sonrieron. La mano de él seguía enlazada con la de ella desde hacía casi una hora, y ninguno de los dos había hecho el menor intento de soltarla. Habían empezado a fingir ante los vecinos, pero en algún momento entre el segundo trozo de pastel y el brindis con sidra de don Eusebio, la mentira había empezado a parecerse peligrosamente a otra cosa.

—Oye —dijo Aurora en voz baja—. Gracias por esto.

—¿Por el pastel?

—Por todo. Por la sien, por el contrato, por la cuerda con la cesta.

—Fue un placer.

—Pero no tienes que seguir.

—¿Seguir con qué?

—Con esto. —Señaló con la barbilla a los vecinos, que cantaban una versión desafinada de «Qué bonita es esta noche»—. Si quieres, hablo con ellos hoy y lo aclaro todo.

Mike la miró de reojo, con una expresión que ella no supo descifrar.

—¿Es lo que quieres?

—No lo sé.

—Entonces, no lo hagas todavía.

—¿Todavía?

—Digo… —Se aclaró la garganta—. Que tenemos una cena de club de parejas el domingo, y sería una lástima desperdiciar el vestuario.

—¿Qué vestuario?

—Aún no lo sé. Pero me han dicho que hay que ir de gala.

—¿Quién te lo ha dicho?

—La señora Pilar. Hace cinco minutos. Mientras me daba un pellizco en la mejilla.

Aurora soltó una carcajada tan fuerte que casi se atraganta con la sidra.

Fue entonces cuando, al fondo de la calle, un taxi amarillo frenó en seco.

La puerta trasera se abrió de golpe.

Y una voz de bajo profundo, tan potente que hizo temblar los cristales de las ventanas, rugió:

—¡¡AURORA RICHEL!!

Aurora se quedó paralizada, con el vaso de sidra a medio camino de la boca.

—No —susurró—. No puede ser.

Un hombre inmenso salió del taxi arrastrando una maleta con ruedas. Medía casi dos metros. Tenía los hombros de un luchador de lucha libre, una barba espesa como un arbusto, unos ojos castaños que se parecían a los de ella pero con diez veces más intensidad, y una camiseta con la leyenda *«El hermano mayor siempre vigila»*.

Aurora se puso de pie de un salto.

—¡Bruno!

—¡HERMANITA!

El hombre soltó la maleta, cruzó la calle en cuatro zancadas y la levantó del suelo en un abrazo de oso que le hizo crujir las costillas.

—¡Bruno, bájame! ¡Me estás aplastando!

—¡Cuánto te he echado de menos!

—¡Nos vimos en Navidad!

—¡Hace diez meses! ¡Una eternidad!

La depositó de nuevo en el suelo y la sostuvo por los hombros, mirándola con una mezcla de ternura y de investigación forense.

—¿Estás bien? ¿Comes? ¿Duermes? ¿Estás flaca?

—Estoy perfectamente.

—Tomás me escribió.

El nombre cayó entre los dos como un cubo de agua helada. Aurora sintió que la sonrisa se le congelaba.

—¿Qué te dijo?

—Que estabas mal. Que habías pasado un mal momento. Que estabas saliendo con un tipo del edificio sin conocerlo de nada. —Bruno apretó los labios—. Y que él estaba muy preocupado por ti.

—¡Ese farsante!

—¡Eso mismo pensé yo! Pero luego me enseñó una foto.

Sacó el teléfono, buscó en la pantalla y se la mostró.

Aurora se quedó sin aliento.

Era una imagen tomada desde lejos, a través del cristal de un coche, en la que se veía a una pareja de pie en la acera, de la mano, riendo, rodeados de vecinos. Ella llevaba el pelo suelto. Él, una camisa blanca remangada.

—Me siguió —musitó.

—No. Estaba pasando y os vio. Dice.

—¡Es un acosador!

—Es lo que pensé yo. —Bruno guardó el teléfono, cruzó los brazos y se volvió lentamente hacia la figura que había permanecido de pie, silenciosa, a un par de pasos—. Pero antes de decidirlo, quería conocer al sujeto.

Mike, que hasta ese momento había estado observando la escena con una calma casi científica, dio un paso al frente y extendió la mano.

—Mike Barrón. Encantado.

Bruno miró la mano.

Después miró a Mike, de arriba abajo, con una lentitud medida, como un vendedor de coches usados que evalúa el motor.

—Bruno Richel —dijo al fin, estrechándosela con la fuerza justa para que Mike entendiera que podía haberle roto el hueso—. Hermano de Aurora.

—Lo supuse.

—Hermano mayor.

—También lo supuse.

—Muy mayor. Muy protector. Muy poco tolerante con los novios nuevos que aparecen de la nada.

—Lo comprendo.

—¿Seguro?

—Si yo tuviera una hermana pequeña, haría lo mismo.

Bruno entornó los ojos.

—¿Tienes hermana?

—Una. Se llama Inés.

—¿Mayor o menor?

—Menor.

—¿Qué haces cuando un tipo nuevo se acerca a ella?

—Lo interrogo.

—¿Y si es de buena familia?

—Lo interrogo más.

Una chispa de aprobación cruzó el rostro del gigante.

—Me gusta este.

—¡Bruno! —protestó Aurora.

—No he dicho que me caiga bien. He dicho que me gusta cómo piensa.

—¿Y qué piensas hacer?

—Quedarme.

—¿Quedarte?

—Unos días. —Señaló la maleta—. Tomás me avisó de que necesitabas apoyo. Pedí vacaciones. Vengo para cuidarte.

—No necesito que me cuiden.

—Por supuesto que sí.

—¡Tengo veintiocho años!

—Y un ex tóxico, un edificio lleno de desconocidos y un novio sospechosamente guapo.




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