Vecino Devuélveme Mi Ropa

Capítulo 5: La suegra, la tía y un perro llamado Napoleón

La mujer del abrigo largo no llegó muy lejos.

Subió los escalones del portal, empujó la puerta de cristal y se encontró con un vestíbulo en penumbra, un buzón lleno de folletos y una silla de plástico donde don Eusebio, el portero, dormía a pierna suelta con un periódico sobre la cara.

Se quitó las gafas oscuras. Tenía unos ojos azules, fríos y muy bonitos, y una expresión de quien lleva demasiado tiempo ensayando un discurso.

—Perdone —dijo.

Don Eusebio no se movió.

—Perdone —repitió, un poco más alto.

El periódico se deslizó hacia abajo y apareció una cara arrugada, con la boca abierta.

—¿Eh? ¿Qué? ¿Quién anda ahí?

—Busco a Mike Barrón. Cuarto B.

—¿A estas horas? —El portero se enderezó, parpadeando—. Señorita, son las doce y media de la madrugada.

—Es urgente.

—Todo es urgente a las doce y media.

—Soy… una vieja amiga.

Don Eusebio la miró de arriba abajo, con una desconfianza que años de chismorreo le habían afilado.

—Ese muchacho ya tiene visitas. Su novia, el hermano de su novia, la madre de su novia que viene mañana, y no sé cuántos más.

—¿Su novia?

—Aurora. Del tercero B. Una chica encantadora. Muy risueña.

El rostro de la mujer se tensó apenas.

—Entiendo. —Guardó las gafas en el bolsillo—. ¿Y a qué hora suele levantarse?

—A las siete. Pero no sale hasta las nueve, porque desayuna en el balcón con ella. Es muy romántico.

—Qué conmovedor.

—¿Quiere dejarle un recado?

La mujer dudó. Sacó una tarjeta de visita del bolso, la miró un segundo, y volvió a guardarla.

—No —dijo—. Volveré mañana.

—¿A qué hora?

—A la que más convenga.

Se dio la vuelta y salió, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y una sensación incómoda en el aire.

Don Eusebio se quedó mirando la puerta cerrada, rascándose la barbilla.

—Esa señorita —murmuró— trae problemas.

Y volvió a taparse la cara con el periódico.

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A las siete de la mañana, el departamento 3B parecía el escenario de un simulacro de evacuación.

—¡LAS COLCHAS! —gritaba Aurora, corriendo de un lado a otro con una escoba en la mano—. ¡Bruno, quita esas colchas del sofá!

—¿Por qué? Son cómodas.

—¡Porque mamá las odia! ¡Dice que huelen a «soltera desesperada»!

—No huelen a nada.

—¡Huelen a mí!

—Pues eso.

—¡Bruno!

El gigante se incorporó, con el pelo revuelto, la camiseta arrugada y el aire desconcertado de un oso al que han despertado en pleno invierno.

—Hermanita, respira. Mamá no viene a inspeccionar. Viene a vernos.

—Viene a inspeccionar, a juzgar y a opinar sobre cómo me peino.

—Eso es cierto.

—Y a buscar defectos en mi vida.

—También cierto.

—Y a mirar a Mike como si fuera un sospechoso en una rueda de reconocimiento.

—Muy cierto. —Bruno bostezó—. ¿Puedo desayunar antes de la ejecución?

Aurora le lanzó un cojín a la cara.

A las siete y media, ya había barrido, fregado, ordenado los lápices de colores, escondido la ropa interior roja («no, no está en el cajón, no me mires así») y colgado sobre la pared del salón una lámina de un conejo astronauta, con la esperanza de que eso diera la impresión de una profesión seria y respetable.

A las ocho, golpeó la puerta del 4B.

Mike abrió con una camisa abotonada hasta el cuello, el pelo húmedo y la cara de alguien que ha dormido tres horas.

—Buenos días —dijo.

—¿Estás bien?

—He dormido como un hombre que sabe que se acerca el fin del mundo.

—Mamá no es tan mala.

—¿Muerde?

—No.

—¿Grita?

—Poco.

—¿Cuántas preguntas hace?

—Mmm. —Aurora se lo pensó—. Entre doscientas y trescientas.

—Perfecto. Me he preparado.

—¿En serio?

—Escribí las respuestas en una libreta.

—¿Tienes libreta?

—Soy arquitecto. Tengo libretas para todo.

Aurora soltó una carcajada nerviosa, y él aprovechó para pasarle un brazo por los hombros y apretarla un segundo contra su costado.

—Todo saldrá bien —le susurró al oído—. Yo me encargo.

—Tú no conoces a mi madre.

—Conozco a tu hermano. Y sobreviví.

—Eso es peor. Mamá es la que le enseñó a mirar así.

—Entonces, que Dios me ampare.

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A las diez en punto, un taxi se detuvo frente al portal.

Aurora, Mike y Bruno, alineados en la acera como un pelotón de fusilamiento, observaron cómo se abría la puerta trasera y salía, con la elegancia de una reina en el exilio, una mujer menuda de sesenta y tantos años, con el cabello plateado recogido en un moño perfecto, un traje de chaqueta color mostaza y un bolso enorme colgado del brazo.

—Mamá —dijeron Aurora y Bruno al unísono.

—Mis niños —respondió Elena Richel, con una voz sorprendentemente dulce—. Qué delgados estáis.

—Yo estoy igual —protestó Bruno.

—Tú estás hecho un oso. Pero delgado por dentro.

Les plantó un beso a cada uno en las mejillas, con la rapidez de quien reparte sellos, y después se volvió hacia Mike.

Se hizo el silencio.

Elena lo observó de arriba abajo, sin pestañear, con la cabeza ligeramente inclinada, y Mike, que había planeado mil frases, comprendió en ese preciso instante que ninguna sería suficiente.

—Mike Barrón —dijo, tendiéndole la mano—. Es un placer, señora Richel.

—Elena.

—Elena.

—Así que tú eres el famoso salero.

Aurora dejó escapar un gemido de agonía.

—Mamá…

—El caldo, el contrato, el novio de mentira… —Elena estrechó la mano de Mike con una firmeza inesperada—. Me han contado una historia muy divertida.

—Puedo explicarlo.

—Estoy segura de que sí. Pero ahora no. —Sonrió, con una calidez genuina que dejó a Mike desarmado—. Primero, déjame ver la casa.

Y sin esperar respuesta, echó a andar hacia el portal.

Fue entonces cuando se abrió la otra puerta del taxi y descendió, con un crujido de rodillas y un resoplido, una mujer pequeña, ancha y arrugada, con una mantilla negra sobre los hombros, un abanico en la mano y un bolso del que sobresalía una cabeza peluda.




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