A las cuatro de la madrugada, Aurora seguía despierta.
Había intentado contar ovejas. Había intentado contar conejos astronautas. Había intentado leer el correo de Ofelia tantas veces que ya se lo sabía de memoria, incluida la coma mal puesta en la tercera línea. Nada funcionaba. Cada vez que cerraba los ojos veía dos imágenes: una ciudad gris y lluviosa con un cartel enorme que decía Londres, y un hombre con las manos llenas de serrín que sonreía en una azotea.
Desde el sofá llegaba el ronquido de Bruno, rítmico, majestuoso, casi tranquilizador.
Se levantó, se puso la chaqueta sobre el pijama de patitos y salió al balcón.
Arriba, el del 4B estaba vacío.
No se oía la guitarra. No se oían pasos. Ni siquiera esa respiración que, según Mike, se escuchaba a través de los barrotes. Solo el rumor de la ciudad dormida y, muy lejos, el ladrido cansado de un perro que no era Napoleón.
—Así que duermes —murmuró—. Qué bien.
Pero no dormía.
Lo supo porque, tres minutos después, la puerta corrediza del cuarto piso se abrió con un chirrido delicado, y una voz baja, ronca de sueño o de otra cosa, dijo:
—No me hagas caso. Estoy mirando las estrellas.
—Yo también.
—Qué casualidad.
—Qué gran casualidad.
Se quedaron callados. Era un silencio distinto al de las otras noches, un silencio con algo roto en el centro.
—Mike.
—Dime.
—No voy a decidir hoy.
—No tienes por qué.
—Y tampoco quiero que hables como si ya hubiera decidido.
—No hablo como si…
—Sí hablas. Dijiste «no pienses en mí» con la voz de alguien que quiere que piense muchísimo.
Una pausa.
—Eres demasiado lista —murmuró él.
—Soy ilustradora. Observo caras.
—Yo no tengo cara ahora mismo.
—Pero tienes voz.
Mike soltó un suspiro largo.
—No quiero ser el motivo por el que renuncies a algo así. Es lo que más temo. Que dentro de diez años mires atrás y pienses: «Pude haber estado en Londres, pero me quedé por un arquitecto con serrín en el pelo».
—Qué descripción tan precisa.
—Es la única que tengo.
—Es una descripción preciosa.
—Aurora.
—No te estoy pidiendo que me retengas. Te estoy pidiendo que no me despidas antes de que yo haya hablado.
Hubo un silencio. Después, un crujido suave: Mike se había sentado en el suelo del balcón, con la espalda contra la pared.
—De acuerdo —dijo—. No te despido.
—Gracias.
—Pero tampoco voy a fingir que me da igual.
—Tampoco quiero que lo finjas.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Estamos de acuerdo.
Y de algún modo, en esa oscuridad, con dos pisos de aire entre ellos, aquello fue casi como tomarse de la mano.
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El lunes amaneció con un cielo gris, pesado, que hacía juego con el humor de todo el edificio.
A las nueve en punto, en el balcón, Aurora se encontró con la cesta de mimbre balanceándose como siempre. Dentro había café, panecillos, mermelada de frutos rojos y una naranja pelada en gajos.
Y una nota.
*«Plan de desayuno: sin contrato, sin presión, con mucha mermelada. M.»*
Sonrió, a pesar de todo.
—Gracias —dijo hacia arriba.
—De nada —respondió él, con una alegría tan perfecta que sonaba ensayada—. ¡Hoy el pan está especialmente crujiente! ¡Y el café, buenísimo! ¡Y el cielo, fantástico!
—Está nublado.
—¡Un nublado magnífico!
—Mike.
—¿Sí?
—Estás haciendo lo de la alegría de oficina.
—No sé de qué hablas.
—Lo de sonreír con demasiados dientes.
—Yo sonrío con los dientes que tengo.
Aurora no pudo evitar reír.
—Eres un desastre.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomé como uno.
Desayunaron así, cada uno en su piso, con un termo que subía y bajaba por la cuerda y una conversación forzadamente ligera que giró alrededor del pastel de tres leches, de la lámina del conejo, del tobillo de Tomás y de la excelente puntería de Napoleón. Ninguno de los dos mencionó Londres. Pero cada vez que el silencio se alargaba un segundo de más, el nombre aparecía entre ellos como una mancha en un mantel limpio.
A las diez, Aurora recibió la llamada.
—Aurora, querida —dijo la voz de Ofelia Sandoval, enérgica, un poco ronca, siempre con una taza de café en algún lugar cercano—. ¿Has leído mi correo?
—Sí.
—¿Y?
—Y me ha dejado sin palabras.
—Eso es bueno. Los ilustradores sin palabras trabajan mejor. —Hubo un chasquido de bolígrafo—. Escucha. Sé que es muy repentino. Pero la feria es en dos meses, y si queremos presentar el libro en condiciones, necesito un sí o un no antes de esta noche.
—¿Esta noche?
—Antes de las ocho. Hay otra ilustradora en lista de espera. No la quiero. Pero tiene un agente muy pesado.
—Entiendo.
—¿Qué necesitas para decidir?
—Hablar con… con mi gente.
—Tu gente. —Ofelia soltó una risa breve—. Qué bonito suena. Tienes hasta las ocho. Un abrazo, Aurora. Y sé valiente.
Colgó.
Aurora se quedó mirando el teléfono. Del otro lado del tejado, una paloma la observaba con curiosidad.
—No me mires así —murmuró—. No tengo respuestas.
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Esa tarde, el 3B recibió una sesión de terapia familiar sin cita previa.
Elena y Remedios ocupaban el sofá. Bruno, apoyado contra la nevera con una manzana en la mano. Camila, conectada por videollamada desde su ciudad, aparecía en la pantalla del portátil, sobre la mesa, con un té y una mirada de sargento. Napoleón dormitaba bajo una silla, ajeno a la solemnidad.
—Bien —dijo Camila, tras escuchar el relato completo—. Resumen.
—Por favor —suplicó Aurora.
—Tienes una oportunidad que sueñas desde los dieciséis años. Tienes un hombre que te quiere desde un salero. Y tienes seis horas para elegir.
—Yo no lo diría así.
—Yo lo digo así porque es verdad.
—¡Camila!
—A ver, que cada una ofrezca su perspectiva. —Camila se aclaró la garganta—. Yo opino que debes ir. Londres es una ciudad que se escribe con tu nombre. Y el hombre, si es el correcto, esperará.
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Editado: 21.10.2026